César Hildebrandt Blog

agosto 27, 2007

El Comercio de la muerte

Filed under: Artículos — cesarhildebrandt @ 10:27 pm

(La Primera) El Comercio de la muerte
El diario más viejo del Perú –el más viejo del mundo probablemente, el metafóricamente antiquísimo El Comercio– ama la muerte de las bestias. Por eso es que tiene una página “taurófila” malescrita pero tenaz y por eso es que el viernes pasado nos lanzó a la cara las más repugnantes fotos que este escribidor y amante de los animales haya visto jamás: una res, amarrada al poste que la aproxima a la muerte, mira a la cámara pidiendo auxilio desde sus ojos exaltados; otra res, ya masacrada, yace junto a un charco de sangre y sanguaza mientras un camalero la empieza a jalar del rabo, sabiendo que se deslizará fácilmente en esos propios líquidos acabados de derramar.

Esta última foto ocupa la mitad de una página de este papelote que nada, sino regocijo, siente por la muerte de las bestias. Claro, un diario que dice que el espectáculo de Acho es pariente consanguíneo del arte no podía privarse de exhibir las fotos del camal de Chincha en plena actividad y en plena muerte. Sólo que esta vez se pasó de la raya. He hablado con algunas personas que comparten mi hermandad con los animales y me han dicho lo que yo pensé desde que vi esas fotos: El Comercio no tiene derecho de exhibir su tanatolatría como si fuera una virtud, siendo, como es, una de sus vergüenzas.

Y publica esas fotos atroces con un titular que le debe resultar familiar: “Alerta para matarifes”. Lo que no sabe es que ha alertado a muchos de sus lectores respecto del carácter malsano de algunos de sus editores, entre ellos el señor que escribe los “editoriales” de primera página, el señorón de tonterías tan sistemáticas y huachafadas tan redondas que, para usar el lenguaje de la tradición, podría ser tomado como el Belmonte de los Forrest Gump (de todo el mundo mundial, como diría el entrañable personaje del cine).

El Comercio nunca deja de sorprender con sus majaderías. El lunes 30 de julio del 2007, en la página once (tenía que ser) de ese cuadernillo que titula “Luces” y que alumbra la cultura peruana con su foco ahorrador de 25 vatios, se permitió publicar un artículo titulado “Un mecanismo anula el dolor al toro bravo en la lidia”.

Ya el título era idiota y hubiese bastado con él, pero un señor de nombre Bartolomé Puigróss, editor de esa sección, se lanzó a recoger la tesis de un madrileño que debe ser plumífero a sueldo de los matarifes con culito (o sea los toreros), y que ha llegado a la conclusión de que las betaendorfinas (hormonas del placer) liberadas en la lidia neutralizan el dolor del toro. Es más, el plumífero en cuestión señala que los toros que no son arponeados por las banderillas ni desgarrados por la pica ni finalmente asesinados por un analfabeto vestido de maricón (o sea el torero otra vez), es decir los toros bien tratados como en Portugal, ésos sufren más que los banderillados y los matados lentamente en las plazas de la barbarie.

Un encanto de teoría, en resumen. Una tesis “científica” escrita por alguien que acaba de sufrir un severo accidente cerebrovascular. Ya quisiera tener al citado plumífero madrileño, presentado en El Comercio como si de Gregorio Marañón se tratara, a mi alcance para ponerlo bajo el mandato interrogador de don Martín Rivas. Estoy convencido de que sus betaendorfinas se multiplicarían como células cancerosas al ver al maestro Rivas, en traje de luces, preparar sus alicates, afilar el bisturí, enchufar el cuchillo Moulinex y hacerle recordar las mejores imágenes de “Maratón de la muerte”, cuando a Dustin Hoffman un nazi le perfora un diente sano. ¡Cómo gozaría! ¡De qué modo neutralizaría todo asomo de sufrimiento gracias al chorreo de betaendorfinas! ¡Exijo verlo en tan dulce trance!

Pero, claro, así es El Comercio: un diario que ama el cuplé, baila con el pasodoble, homenajea implícitamente a diario a su fundador chileno, dice que los toreros son tan artistas como El Greco –aunque su director crea que el Greco se casó con Jacqueline Kennedy– y sólo es moderno cuando los chicos de Somos hacen su trabajo o cuando Falabella se pone gótica y nos avienta a sus modelos con ropa y todo.

Lo que El Comercio toca lo envejece. He visto a columnistas briosos adquirir un aire ceniciento a poco de instalarse en sus dominios. He visto a articulistas llenos de promesas perecer ahogados en la sopa de sobre de ese estilo que debe haber inventado Foncho Miró Quesada: consomé de nada, insipidez a ocho columnas. He visto a cronistas talentosísimos huir de la guadaña igualadora con la que los jefes de ese diario decapitan las anomalías del ingenio. Ese diario es como una wikipedia pero con ábacos: cree en el punto de vista neutral (de hecho fue neutral frente al fascismo de los años 30) y se niega a amanecer en el siglo XXI. Por eso ama las páginas de sociales, que recuerdan a “Variedades” de los años 30 del siglo pasado, y por eso se permite hacer, cada semana, la apología de esa matanza a la que acuden, por lo general, las que huelen a Chanel y los que se esfuerzan de madridismo bamba ensalivando un “Cohiba”.

Por eso “El Comercio” parece todavía, a pesar de ser el mejor diario del país (cómo será la crisis de la prensa peruana), el mausoleo que tanto odió don Manuel González Prada.

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agosto 25, 2007

Tiempo de rectificaciones

Filed under: Artículos — cesarhildebrandt @ 8:40 pm

(La Primera) Tiempo de rectificaciones

Hay una epidemia de salud en el gobierno. Primero está el ministro Allan Wagner, que admite que el Instituto de Defensa Civil está en ruinas sin necesidad de terremoto y que, por lo tanto, habrá que reorganizarlo de cabo a rabo. Luego está don Jorge del Castillo, que celebra a su manera –más bien exquisita, hay que decirlo– la anulación de la compra de los patrulleros de marca Joy Way mientras, de boca para afuera, defiende al flambeado ministro Luis Alva Castro. Lo que nos ha dicho implícitamente el jefe del gabinete es que esa transacción está bien abortada porque era, como todo el mundo sabe, un desastre con olor a abombado. Y, por último, está don Rafael Rey, que se crucifica otra vez en público y reconoce que su idea de ponerle “7.9” a un pisco recordatorio era una sombría tetudez. Claro, no lo dice así (ha llamado “quizás inoportuno” al nombrecito), pero a mí me parece que el hombre se dio cuenta de que había metido la pata hasta el muslo doncel y que había abierto la puerta para que en Chincha se produjera la cachina “7.7”, en Ica el vino “Señor de los temblores” y en Cañete, que no podía quedarse atrás, el cóctel “Richter 8”.

Si a esto se suma la reculada congresal que expectoró a tres políticamente indeseables de la comisión de Fiscalización, estamos ante el sano escenario de gente que admite errores, deglute el sapo acabado de servir y se dispone a enfrentar la próxima pregunta.

Y ya ven: el mundo no estalla, el gobierno no se cae, la democracia no se pulveriza y este diario, a pesar de su barcelonismo futbolístico descarado, sigue subiendo en el querer de la gente.

Los que no se rectifican alguna vez es porque son obstinados o porque están muertos (que es una forma de obstinarse). Los vanidosos extremos, por ejemplo, tienen la idea de que reconocer un error le quitará algunas onzas de mármol al busto que los inmortalizará. Así pensaba ese genio (y también vasto asesino) llamado Napoleón, que murió virgen de autocríticas e incapaz de reconocer las desgracias innumerables que le había propinado a Europa.

Así piensa, aunque no lo pueda admitir, nuestro doctor García.

El problema del vanidoso no es sólo que la grandeza se confunde con la hinchazón (y lo que está hinchado no es sano, como dijo San Agustín) sino que espera de los demás algo que los demás no le darán nunca: la admiración sin dudas, la anuencia incondicional.

De allí el sufrimiento que produce la vanidad, enfermedad casi inexorable en la demasiado larga juventud, recuerdo de mala sombra en la madurez. Donde la vanidad gobierna hay un yo herido clamando por resarcimientos y tramando venganzas por el eterno desaire que padece.

Por eso es que tragarse un sapo, de vez en cuando, no sólo es una hazaña otorrinolaringológica sino un gesto de sanación.

Por eso podemos dejar constancia de la buena salud, por ejemplo, de los ministros Wagner, Rey y Del Castillo, que hacen lo que al doctor García le está impedido: aceptar que en algunas ocasiones uno, como cualquier lóbrego mamífero (Vallejo dixit), se equivoca a toda orquesta. Como dijo alguien: quien está lleno de sí mismo resulta que está vacío. Y nada suena mejor que el vacío.

agosto 24, 2007

Que se lleven a Alva en patrullero

Filed under: Artículos — cesarhildebrandt @ 8:43 pm

(La Primera) Que se lleven a Alva en patrullero
Si una empresa tuviese que comprar masivamente algo que necesita con urgencia, le haría el encargo a la gerencia de compras y adquisiciones.

Bueno, ¿qué pasaría si la gerente de compras –digamos, una señora apellidada Mazzetti– permitiese, por negligencia o interés, que unos subalternos metieran la mano para subir el precio de los bienes en combina con los proveedores?

Digamos que el presidente de la compañía –un señor apellidado García– la despide y todo el mundo, o casi todo el mundo, aplaude ese gesto correctivo.

Entonces, el señor García nombra a uno de sus más allegados ejecutivos nuevo gerente de compras y le encarga comprar ya no N de esos productos sino N más el 50% de N. ¡Todo un desafío! ¡Esta vez nada puede fallar!

El nuevo gerente de compras –un señor apellidado Alva– recibe toda la confianza del señor García y empieza la tarea. La acomete con aplomo y la resuelve en un dos por tres, como buen ejecutivo que es. Y, por supuesto, recibe todo el apoyo del presidente de la compañía, el señor García, quien defiende la adquisición hecha por tratarse de “productos garantizados”, responde a los impugnadores diciéndoles que tienen intereses mezquinos en favorecer a otros proveedores (los tradicionales), y asegura la limpieza de la operación afirmando que “es una de las operaciones más transparentes que haya visto, entre otras cosas porque nos hemos ahorrado once millones de soles en la compra”.

Entonces los impugnadores retroceden, los escépticos se callan, la portátil aplaude, la gente se olvida del asunto y las secretarias de intendencia regresan a su lima de uñas con más chismes que nunca en la cartera.

Entonces, ocurre lo increíble. Una tarde, cuando todos creían que los bienes comprados estaban ya siendo embarcados en algún puerto de la nueva China (la de Mao o menos), la secretaria del señor Alva –no el señor Alva– anuncia en un memo discreto que la compra queda anulada porque el proveedor no ha presentado, el día señalado, una garantía adicional considerada como imprescindible.

¿Qué cosa?

¿La secretaria de Alva comunica algo tan grave?

¿Y el señor Alva, que había defendido ante el directorio del Congreso la compra? ¿Y el señor García, que había defendido al señor Alva ante la asamblea de accionistas, o sea todos los cojudetes de la patria (la inmensa minoría de todos nosotros)?

Ni García ni Alva aparecen en estas primeras horas.

Y, mientras tanto, estallan los rumores. Entonces era cierto que el tal proveedor era un sinvergüenza que en vez de plantas de mantenimiento tenía un tallercito de auténtica mala muerte. Entonces era cierto que el tal proveedor había vendido armas en vez de patrulleros y reclutado mercenarios para Irak en vez de técnicos en planchado y pintura. Entonces era cierto que los bienes en cuestión estaban sobrevaluados en 40 por ciento. Entonces era cierto que ni siquiera China usaba esos vehículos como patrulleros. Entonces era cierto que el asunto apestaba.

Y entonces, por extensión, resulta perfectamente entendible por qué este gobierno de tantos incapaces juntos está haciendo del shock económico un aborto, de Juntos un proyecto nobilísimo que no termina de aterrizar, de Crecer un folleto en papel plastificado, del chorreo un sueño del Sahara, de la compra de patrulleros una interminable película de Hitchcock y del terremoto una demostración de cómo se puede desafinar de modo tan sinfónico cuando se quiere ayudar con el propósito pero no con la cabeza.

La pregunta es, entonces: ¿qué hacemos con el presidente de la compañía, el que metió sus manos al fuego, tal como lo hiciera hace años con los remigios del primer reinado? Ya no pregunto qué hacer con el señor Alva, por supuesto, porque su destino, como el de los yanquis, es manifiesto: que se lo lleve un patrullero y lo devuelva a las puertas del Congreso.

agosto 23, 2007

Si yo creyera en Dios

Filed under: Artículos — cesarhildebrandt @ 8:44 pm

(La Primera) Si yo creyera en Dios
Si yo creyera en Dios me preguntaría por qué el estado del Vaticano nos envía doscientos mil dólares como ayuda para las víctimas de los terremotos del sur. Me parecería una limosna escandalosamente avara teniendo en cuenta que un título nobiliario dado por el Papa cuesta, según el tarifario de servicios vigente, alrededor de un millón doscientos cincuenta mil euros.

Si yo creyera en Dios me preguntaría por qué Dios, que todo lo puede, permitió que el local de una iglesia sepultara en su caída a familias enteras y dejara con vida al sacerdote del templo, señor José Torres Mota (39), haciendo quizás uso de un derecho de preferencia ostensiblemente sectario.

Si yo creyera en Dios me preguntaría por qué los cielos que él gobierna desde el principio no protegieron el templo del Señor de Luren, el santuario de la Beatita de Humay, la iglesia de San Clemente, locales que temblaron de un modo más bien pagano desnudando sus vejeces, sus descuidos de mantenimiento y sus muy terrenales adobes asesinos.

Si yo creyera en Dios me preguntaría por qué ese niño de doce años, que ya había vadeado la desgracia el día del terremoto, murió al cuarto día a causa de una pared que se cayó por la fuerza de una réplica. ¿Es que los niños deben ser testeados dos veces en cuatro días por el infortunio?

Si yo creyera en Dios, en fin, preguntaría, con todo el respeto de un creyente, por qué los rezos resultan tan inútiles y las plegarias tan desatendidas cuando de las placas de Nazca y Sudamérica se trata. Me refiero no sólo a estos muertos nuestros de hace una semana sino a aquellos muertos de 1970: setenta mil cadáveres de un solo guadañazo. ¿Fue ése un sacrificio multitudinario, una venganza, una colosal arbitrariedad, una distracción del que todo lo puede?

Si yo creyera en Dios me preguntaría si la cierta desdicha que parece estar enamorada de nuestro país no lo está como respuesta divina a nuestras peores debilidades. Debilidades como, por ejemplo, amar la podre, lo que explica el fujimorismo irreductible de ciertas gentes, las excusas encontradas por cierta hampa intelectual para justificar a Bryce, la pasión con la que entregamos el país a los apetitos venidos de fuera, la necesidad casi biológica que tienen millones de peruanos de burlar la ley y desalentar la honradez.

Si yo creyera en Dios me preguntaría, pero sólo en voz muy baja, si esto de las catástrofes no tiene algo que ver con la rabia de un ser superior que mira a este país y se da cuenta –porque todo lo sabe– de que este es un país que admira a Genaro Delgado Parker, se rinde ante la inteligencia de Vladimiro Montesinos, escucha a Carlos Raffo, adora el tundete, está convencido de que Piérola fue un tipazo, soporta un discurso del doctor García gritado ante las ruinas de Pisco, protege a los delincuentes cuando la policía los busca por los barrios, se ríe idiotamente cuando Macera baila el baile del Chino, le cree a El Comercio como si de la Biblia se tratara, suspira por el TLC convertido en panacea y daría no se sabe qué ni cuánto para que Washington decidiera anexarnos como si fuéramos iraquíes.

Todo eso me pasaría si creyera en Dios. Pero, claro, soy agnóstico. Y por eso estoy exonerado de preguntas tan mortificantes.

Además, miro los ojos asustados de un niño palestino, de una niña en Darfur, de dos niños en el Congo, miro la foto de Bush y su pandilla y mi agnosticismo se quintuplica (si eso fuera posible).

agosto 22, 2007

Limpiando una comisión

Filed under: Artículos — cesarhildebrandt @ 8:45 pm

(La Primera) Limpiando una comisión
Esta columna que generalmente está dedicada a denunciar admite hoy, como lo ha hecho en otras ocasiones, que hay instituciones y personas que luchan por hacer bien las cosas.

Tras la denuncia de que la Comisión de Fiscalización del Congreso iba a ser esterilizada con la presencia de Menchola (el de la señorita Kú), el fujimorista Pando (el de la señorita Reátegui Prado), y la aprista Tula Benites (la del señorito Cuadros Noriega), las bancadas han reaccionado, los portavoces se han avergonzado y las decisiones han corregido tamaño desvarío.

Resulta entonces que, gracias también a la presión resuelta del presidente del Congreso, sale de la Comisión de Fiscalización este trío de joyas de la farándula parlamentaria. Respecto de Francisco Escudero, de la UPP, se han considerado dos cosas: primero, que la denuncia penal abierta en Trujillo ha sido ya desestimada por el Poder Judicial; y, en segundo lugar, que el gesto aquel de zamparse a la oficina de Edgar Villanueva fue, en todo caso, un pecado venial de parroquiano angurriento. Puede discutirse esto último, pero lo cierto es que el tal Escudero no tiene abierto un proceso en el Congreso, como sí lo tienen los tres defenestrados.

En todo caso, de cuatro, tres. De tres villanos de la cundería, de tres vivazos (as) criollazos (as), se ha salvado la comisión encargada de velar por el honor del Congreso.

El Congreso, al que el Ejecutivo siempre ha querido masacrar a pesar de lo funcional que le resulta, demuestra con esto que tiene mucha más capacidad de reacción de lo que suponíamos y que su relación con la prensa no es la de un paranoico bonapartista –que todo lo ve mezquindad concertada y conspiración a dúo– sino la de un poder que reconoce que, al igual que la prensa, se puede equivocar.

Porque la rectificación, doctor García Pérez, no degrada sino que enriquece. Usted llegó a decir alguna vez que el peor error de su carrera política había sido confiar demasiado en los demás. Cuando me dijo eso, en un set de televisión, sentí vergüenza ajena. Pensé: ¿Y la hiperinflación? ¿Y Enci? ¿Y la corrupción que galopaba al lado de los diarios cambios de precios? ¿Y El Frontón? ¿Y etcétera?
Pensé: ¿Qué clase de ego hidráulico hay que tener para decir que uno confió demasiado cuando los millones que confiaron en uno fueron defraudados?

Y ahora mismo, doctor García: insiste usted en atarantar a los periodistas extranjeros con modales de cachaco. Y, claro, uno se pregunta: ¿Por qué tanta amabilidad con los chilenos y tanta bronca con la prensa española? ¿Y por qué tantas concesiones millonarias a la Telefónica y tanto maltrato a los bomberos españoles que no cobran? Y, claro, uno también recuerda que usted, hasta ahora, no le ha dicho a los millones que le votaron por su centroizquierdismo sereno y maduro por qué se volvió, a las 24 horas de elegido, el derechista joseantoniano que es hoy. ¿Es que el pueblo no se merecía una explicación? Pues no, dirá usted, señor doctor. Pero a nosotros, modestamente, nos parece que sí, que los ingenuos que vieron en usted a un socialdemócrata escarmentado y al borde de la sabiduría –y que ahora ven en Palacio a un Toledo estirado e inteligente en castellano, como se dice en las notarías– sí se merecían una aclaración veloz, como esa que tuvo usted la valentía de encarar cuando lo del niño prodigioso del que no nos había contado por las buenas.

No culpe a la prensa de todo, señor presidente. Haga como el Congreso: rectifique algunas cosas. Saque usted a esa ministra que anda siempre ocupada con la Telefónica. Reconozca que Indeci ha sido parte de la catástrofe. Admita que su desinformación inicial tiene responsables. No siga diciendo que todo anda bien en Pisco y que sólo los periodistas se empeñan en decir lo contrario. ¿O es que el autismo resulta inexorable en quienes gobiernan nuestras repúblicas del sur? ¿O es que se critica a Chávez pero al mismo tiempo, y secretamente, se le envidia?

agosto 21, 2007

Presidente sin litio

Filed under: Artículos — cesarhildebrandt @ 8:47 pm

(La Primera) Presidente sin litio
Un grupo de bomberos españoles fue baleado en Pisco mientras excavaba en una escombrera en busca de víctimas. Afortunadamente, ninguno de ellos fue herido, pero algunas balas rebotaron en un muro ruinoso y pudo tratarse de un incidente fatal. Cuando los socorristas se quejaron, el doctor Alan García le dijo al jefe del grupo, miembro de la ONG hispana K-9 De Creixell, lo siguiente:

“El que tenga miedo que se vaya”.

La frase, reseñada primero por la agencia de noticias Efe, fue difundida al mundo a través de la enviada especial del diario ABC, de España, Carmen de Carlos, una periodista sin ninguna inclinación por el amarillismo. En portada, ABC tituló al día siguiente: “Un grupo de bomberos españoles deja Perú tras ser tiroteado”. ¿Pensarán los cientos de miles de lectores del ABC que todos los peruanos somos como el doctor García? Espero que no.

Lo cierto es que el jefe del K-9 De Creixell, el bombero español Pedro Frutos, ordenó a su gente el inmediato retorno a Madrid. (Y hasta ahora el obscenamente inepto Luis Alva Castro no sabe de dónde vino la balacera).

Por supuesto que se fueron a la primera oportunidad. Ellos, que se habían pagado sus propios pasajes y habían traído equipos ligeros de rescate y dos perros especialistas en hallazgo de cadáveres o sobrevivientes, se largaron de esa ciudad devastada que es Pisco. Lo hicieron después de que Frutos le dejara a la enviada del ABC esta frase que quedará para la posteridad y el recuento: “Estábamos dispuestos a ayudar en todo, pero el caos reinante es uno de los peores que he visto y he estado en nueve terremotos en distintas partes del mundo”.

Ahora, a las seis y treinta de la tarde de este lunes, cinco días después del terremoto, leo en el diario digital 20 Minutos, de España, un despacho de Efe que da cuenta de la iracunda impotencia de los médicos españoles llegados a Pisco. Ellos no pueden trabajar porque todo su equipo médico y hasta su ropa se han quedado en Lima, en maletas varadas y arrumadas como las miles de cajas que la incompetencia del gobierno ha inmovilizado para mal de los pisqueños, los chinchanos, los cañetanos, los iqueños y los huancavelicanos. No sólo eso. Junto al equipo quirúrgico y de emergencia, junto a la ropa, también estaban en Lima, a la hora de escribir estas líneas, 90 toneladas de ayuda humanitaria llegada, junto a los médicos, en un avión de la Cooperación Española.

Al partir a Pisco desde Lima, los médicos españoles recibieron la promesa de que todo lo llegado en el avión de la AECI –Agencia Española de Cooperación Internacional– estaría en Pisco en menos de seis horas. Un día y medio después, nada –ni las carpas traídas desde Madrid ni la potabilizadora de agua– estaba en el centro de la emergencia. Cuando los médicos se quejaron, el doctor García expresó, con su grosería interminable:

–“Cuando uno viene a ayudar no se queja mucho. Viene a ayudar nomás”.

Y enseguida, copiando a La Razón, su actual diario favorito, se quejó de las ONG preocupadas por los derechos humanos. Parecía el almirante Giampietri, el mayor Martin Rivas, la señora Keiko Fujimori, el que dio las órdenes para lo del Frontón, el que acalló lo de Cayara, el que sabía del grupo Rodrigo Franco, el que conocía de las andanzas financieras de todos los remigios de su entorno. Parecía todo menos el presidente de la república del Perú. Qué vergüenza.

agosto 20, 2007

Réplicas en el Congreso

Filed under: Artículos — cesarhildebrandt @ 8:48 pm

(La Primera) Réplicas en el Congreso
El gobierno ha aprovechado estos días de drama y confusión para hacer de las suyas en el Congreso que preside Luis Gonzales Posada, el hombre que prometió nuevos tiempos con los mismos odres.

Lo más grave que ha hecho es inhabilitar a la Comisión de Fiscalización llenándola de prontuariados.

Ha puesto de presidente en Fiscalización a Francisco Escudero, de la UPP, el sujeto aquel que tuvo que ser desalojado por la policía cuando ocupó, antes de jurar como parlamentario, la oficina de Edgar Villanueva. Sí, el mismo que vive en pindingas por una denuncia de estafa entablada en una sala penal de Trujillo. Ése será el señor presidente y el voto dirimente de la Comisión encargada de despachar asuntos éticos y arbitrar sobre conflictos de intereses. Para este logro ha sido fundamental, desde luego, la colaboración de UPP, ese establo del oportunismo que hoy es despensa de votos venales, tránsfugas de todo linaje y zorrillos de compañía.

Integra, además, la dicha comisión el señor Wálter Menchola, el segundo de Solidaridad Nacional, el hombre que contrató a la señorita Karen Kú como asistente iletrada del Congreso…y con 3,000 soles mensuales de sueldo, el tardonovio de la señorita Kú, la misma que declaró pertenecer también a Solidaridad Nacional pero no supo explicar por qué si entró al Congreso por recomendación de su panzón crepuscular (o sea Menchola) estaba en la planilla del amigote Martín Pérez, también congresista y también de Unidad Nacional. Ya veremos al señor Menchola, muy acucioso él, tirando la primera piedra a la hora en que otros congresistas hagan lo mismo que él (o cosas peores). Dicen que su rabo de paja llega –partiendo del Congreso– hasta las proximidades de Huacho.

Otro pertinente miembro de Fiscalización es, por supuesto, Ricardo Pando Córdova, el fujimorista denunciado por el Procurador del Congreso por los presuntos delitos de infracción constitucional, peculado y falsedad genérica. La acusación se deriva de las investigaciones en torno a Liliana Reátegui Prado, quien fue, durante meses, una empleada fantasma que, en realidad, trabajaba como profesora de pre-escolares en un nido. Esta señorita cobró durante meses un sueldo asignado por Pando y entregado a domicilio por la empleada congresal Paula Felipa Loayza, quien también ha sido acusada de complicidad. ¿Se imaginan qué fiscalizador será el señor Pando, que fue uno de los que también se opuso a eliminar la renta básica de la Telefónica? ¿Se llegan a imaginar su ceño adusto ante cada indicio de inmoralidad?

Y, por último, no podía faltar en esta granja porcina –y para completar la cuota femenina tan reclamada siempre por las ONG feministas– la señorita Tula Benites Vásquez, del Apra, quien contrató como asistente a un señor Cuadros Noriega, que jamás se apareció por el Congreso, no recogió ni siquiera su carné de identidad y cobraba todos los meses desde una cuenta instalada electrónicamente en Trujillo –fue, dicen muchos, una manera “heterodoxa” de driblear la austeridad decretada por el doctor Alan García Pérez, jefe político de esta Tula que quema–.

Este cuarteto de puritanos, esta troika ejemplar, hará que la Comisión de Fiscalización del Congreso conduzca al otrora parlamento a simas de descrédito no holladas por el hombre o los insectos.

Y después se preguntan por qué mucha gente cree que la democracia es prescindible. Pues bien, digámoslo: la Comisión de Fiscalización del Congreso no es hoy parte de la democracia. Es parte de la náusea.

agosto 18, 2007

Qué buenos se han vuelto todos

Filed under: Artículos — cesarhildebrandt @ 8:49 pm

(La Primera) Qué buenos se han vuelto todos
Don Genaro Delgado convoca a la solidaridad “de todos los peruanos”…

“hermanados por el mismo dolor”, dice Madeinusa en Canal 2…

“Porque la tragedia nos une”, dice Alejandro Guerrero…

“Y nos desafía a todos a colaborar con nuestros hermanos”, dice en Canal 9 esa señorita que le lustró las botas a Fujimori…

“¿Qué mejor momento que este para estar unidos”, se pregunta la ministra que está en planilla de la Telefónica y que por eso no la puede criticar…

“La cruzada del amor”, dice el alcalde de Bellavista…

“Pase usted a donar, por favor”, dice el animador…

“¡Qué lindo gesto!”, dice la locutora al ver a alguien entregando una frazada…
“¡Tarjeta roja a la indiferencia!”, grita Carlos Álvarez…

“Las donaciones se pueden hacer en las siguientes cuentas del Banco de Crédito…”, manda decir el hombre que no quiere pagar 54 de millones de soles en impuestos…

“Se está enseñando a amar”, dice la narradora de noticias…

“Muchas gracias, almirante”, dice el doctor Alan García cuando le anuncian que están llegando a Pisco doscientos infantes de marina para custodiar el orden…

“Por el Perú somos capaces de todo”, dice el ministro de Vivienda…

“Nunca hemos visto tanta solidaridad”, dice el reportero de Día D…

“Es en estos momentos cuando se prueba el amor por la patria”, dice el cómico Benavides…

“El Perú se da la mano”, repite Tula…

“Agua, ropa de abrigo, linternas: eso es lo que más necesitamos”, dice Christian Thorsen…

“Sólo víveres: no dinero”, dice Enrique Ocrospoma, alcalde de Jesús María…

“Puedes poner tu ayuda en la cuenta abierta para este propósito humanitario en el Banco Falabella…”, dice la publicidad en TV…

“Los dos equipos más grandes del fútbol peruano se unen en este momento”, dice Phillip Butters…

“Sólo el amor y la solidaridad pueden sacarnos de esta situación”, dice el cura junto a un camión de Cáritas…

“Toda la ayuda del Apra está yendo al Grupo 8 para ser embarcada en el avión que parte”, dicen en el local de Alfonso Ugarte…

Una epidemia de amor se ha desatado en el Perú. De pronto, todo parece una postal ilustrando un cuento de Hans Christian Andersen: Carlos Raffo piensa, los de siempre tienen el corazón en la mano, las colectas se multiplican, los teléfonos que no funcionaban se vuelven gratuitos, las compañías de seguros que odian a la muerte se compadecen de tantas muertes, Michelle Bachelet nos quiere, Jessica Tapia llora, Alejandro Guerrero habla del bienestar de los peruanos, las hienas auxilian a las mariposas heridas, los lobos cuidan de las ovejitas y las viudas negras recolectan su veneno para que fabriquemos antídotos con él.

¡Qué maravilla! ¡Qué país grandioso!

¿Es que no recordábamos que hay millones de peruanos que viven exactamente igual que los damnificados de Chincha?

¿Es que no sabemos que la intemperie es la casa de millones de peruanos?

¿Es que desconocíamos que millones de peruanos no tienen agua, igual que los sobrevivientes de Pisco?

¿Es que no sabemos que hay millones de peruanos que no tienen ningún muro que se les caiga?

¿Es que dudábamos de que hubiera cientos de miles de peruanos que están esperando una ración de comida decente cada día?

¿Es que necesitábamos un terremoto para recordar que hay seres humanos, como nosotros, que no viven como seres humanos?

¿Necesitamos más terremotos para darnos cuenta de que tenemos que cambiar este modelo injusto que pretende ser inalterable?

agosto 17, 2007

Economía de mercado

Filed under: Artículos — cesarhildebrandt @ 8:51 pm

(La Primera) Economía de mercado
La economía de mercado funciona como un reloj en el Perú: cuando la gente quiere viajar en mancha para ver a sus muertos, heridos, o sobrevivientes, o cuando quiere viajar para ver si sus casas se han rajado o desplomado, o para consolar a la tía o a sus padres por algún nuevo luto, entonces las empresas de transporte como Soyuz aumentan el precio de sus pasajes hasta duplicarlo. Eso se llama atender de inmediato las señales de la demanda. Eso es Adam Smith con su Tirifilo más, Milton Friedman con su Lastenio al costado, la mano invisible y el dedo medio en ristre.

Un día vino la Telefónica española y se compró la vieja y lerda compañía peruana del ramo. Prometió pagar dos mil millones de dólares pero pagó efectivamente mil cuatrocientos. Y ahora, cuando ya sacó varias veces su inversión, descubrimos que su red es de arañita, que los teléfonos fijos colapsan al primer terremoto y los móviles se callan a la primera sacudida. Es que la Telefónica ha vendido muchos más aparatos que los que podría servir y ha hecho un cálculo mezquino sobre la utilización promedial de la red. Es eso –y no los leves daños sufridos en su infraestructura– lo que nos incomunicó y silenció durante horas la noche del miércoles.

Eso también se llama economía de mercado pero a lo bestia: sin reglas, con ministra delivery, con Osiptel de mano enyesada y con un Congreso que suena siempre ocupado.

Y ni qué decir de Claro, mano. Como que nos dijeron que eran los que siempre podían y de tanto decirlo nos lo hicieron creer. A la hora señalada, sin embargo, los muchachos de Carlitos Slim fallaron como si fueran los arquitectos que salieron a la luz en el terremoto mexicano de 1985, cuando miles se enteraron de que sus edificios tenían más arena que cemento, más vacío que llenura y más pisos que lo que sus cimientos aguantaban. O sea, el PAN mesmamente, mano, con su Calderón y todo: economía de mercado en la versión de Pancho Villa, marketing para cholos que siguen viéndose encantados en los espejitos que les reparten.

Mientras los muertos crecían minuto a minuto la noche trágica del miércoles, en el Canal 3, de la Telefónica, tres mamertos de antología idiotizaban la pantalla. Y en el 6, de la Telefónica, seis entidades grises como la nube que nubla tu camino decían cualquier cosa sobre cualquier cosa en un programa que parece producido por nadie e imaginado por ninguno. Y en el canal 20, de la Telefónica, el aburrimiento de siempre cundía mientras en Cañete los muertos empezaban a ser puestos en una vereda porque no había para más.

O sea que nos incomunican y encima se burlan de nuestros muertos. Nos bloquean la voz y nos dan su ración habitual de imbecilidades en pantalla. Claro, están en el Perú, el país que compra patrulleros chinos que China no usa, el paísito que permite que Duke Energy se apropie de la laguna de Parón y la desagüe para fines contaminantes, la republiquita que tiene que rogarle a Repsol para que nos dé parte de nuestro gas para empezar a hacer petroquímica y para que no se vaya a llevar todo a California (o a México, o a Chile, marque usted lo correcto), el paísete que hace subastas inversas de un solo postor y el que permite que pilotos forasteros y sin permiso de trabajo –procedentes del único país que nos odia– dominen su cielo manejando los aviones de la compañía que reemplazó a la empresa aérea nativa, vendida hace años, por 21 millones de dólares, a unos maleantes mexicanos que sólo pagaron catorce. Vendida por un presidente que años más tarde juraría morir peleando por el Japón, su verdadera patria. Esto último es una variante nuestra de la globalización.

agosto 16, 2007

Terremoto

Filed under: Artículos — cesarhildebrandt @ 8:53 pm

(La Primera) Terremoto
Cuando tiembla la tierra somos nadie, más ínfimos que nunca, más anecdóticos que siempre. ¿Valía la pena tanta vaina si en cualquier momento podemos morir de cornisa? ¿Y esa batalla, que parecía magna, no es mezquina a la luz de esta reventazón subterránea que nos pone a tiro del miedo? Como si la tierra nos dijera, pero a gritos: recuerden lo que son, pobres diablos. Y hasta los que creemos en el agnosticismo nos preguntamos, con la boca a media caña, si no será que hay alguien que quiere castigar lo brutos que somos, lo imbéciles que somos, lo sanguinarios que somos, lo reincidentes y malévolos que nos gusta ser.

Ondulan los asfaltos (no se incendian, como en el poema de Moro), los vidrios chillan y el retrato de mi abuelo Benjamín Pérez Treviño se cae de una mesa y la mujer hecha de tuercas que compré en Artco aparece en el suelo, como si alguien hubiese querido abusar de ella, y mi perra Molly Bloom vuelve a morir lanzándose en retrato desde una repisa de la cocina.

Fue un largo minuto y medio de meneo grandioso, de polvo colosal. Fueron muchísimos segundos de obscenidad entre placas que se frotaban y olones que lo festejaban, todo bajo el cielo de Chincha y a costa, como siempre, de los más pobres. Porque los terremotos casi sólo matan o arruinan a los pobres. La escala de Richter no mide la intensidad de un movimiento sino el carácter medio aristocrático de las tembladeras.

¿Siete punto cinco en la escala de Richter? –pregunta un jefe de redacción. Y de inmediato despacha sus equipos al Agustino, a Villa María del Triunfo, a Vitarte, donde reinan la quincha y los palos cruzados, el adobe con remiendo o la lata, el techo aligerado cuando hay plata, la madera de rebusque, la viga de demolición. Allí vibra la noticia, digamos.

Los extremos se tocan. Donde hay concreto el terremoto es sólo espanto. Y donde hay estera no hay daño posible: esa pobre gente vive como después de un terremoto crónico, el terremoto de la miseria sin chorreo, el maremoto de las leches aguadas. Esas pobres gentes no tienen nada que se les pueda caer y podrían resistir un sismo de grado 10. Alguna ventaja tiene que dar el hecho de morir cada día en las fenomenales dunas de Lima.

El terremoto de 1687 destruyó la pequeña Lima de aquel entonces. Pequeña es un decir: contaba ya con 67 iglesias y sus respectivos campanarios. Todo se vino abajo.

El libro de Enrique Silgado y Alberto Giesecke cuenta que fue el virrey Melchor de Navarra y Rocafull, duque de La Palata, quien la reconstruyó.

Pero en 1746, como si de maldición se tratara, otro enorme sismo, en combina con un maremoto, la trajo abajo nuevamente. Fue el virrey José Manso de Velasco quien se encargó de levantarla por segunda vez. Las crónicas del padre Murúa repiten la historia oral del terremoto que desapareció Arequipa durante el reinado de Túpac Yupanqui (1471-1493), cataclismo de origen volcánico causado por la erupción del Misti.

Somos tierra de terremotos. No teníamos uno desde 1974. Treinta y tres años después de ese episodio –ocurrido un 3 de octubre, el día que Velasco celebraba como el día de su revolución– el suelo nos recordó anoche que estamos en el cinturón de fuego del Pacífico –donde se produce el 75% de los grandes sismos– y que, al frente de nuestra costa central, los acomodos de las profundidades, los viajes de las placas continental y de Nazca, desatan porciones de energía difíciles de imaginar. Giesecke afirma en su famoso libro sobre la sismicidad en el Perú que el total de terremotos producidos cada año por las diez placas del planeta Tierra equivalen a una explosión de 120 millones de toneladas de dinamita –algo que está por encima de cualquier cálculo termonuclear–.

Mi teoría –extremista, desde luego; imposible de probarse, por supuesto– es que la Tierra está harta de tanto idiota hablando de globalización.

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