César Hildebrandt Blog

julio 23, 2006

El divino esperpento

Filed under: Artículos,Críticas — cesarhildebrandt @ 5:23 pm

(La Primera) El divino esperpento
Cuando el Apra se volvió una versión palabrera del Banco Popular y desposó a la oligarquía que había combatido, Javier Valle Riestra quiso irse al monte a pelear.
Ni peleó ni se fue al monte, sino que regresó al Apra pidiendo el perdón que Haya le exigía a sus súbditos contritos.

Cuando Alan García vivía en París sin aguacero y el Apra parecía en coma profundo, Valle Riestra salía a la TV a despotricar de García y a hablar posmodernamente del partido que –lo pensaba, no me digan que no- él debía heredar.

Cuando García regresó y se puso el partido al hombro y le dio respiración boca a hocico y ocurrió lo de la resurrección sin corazón de Jesús, Valle Riestra volvió a hablar bien de Alan García.

En el intervalo de esta divertida obra el tribuno cantó la mejor de sus arias.
Cuando Fujimori ya había acogotado el poder judicial, descerrajado a la fiscal de la nación, disuelto al Tribunal Constitucional, arropado al ladrón y asesino que era su socio y de quien ya se conocían ingresos siderales e inexplicables de dinero, decidido su segunda e ilegal reelección, premiado al grupo Colina con dinero y ascensos y despreciado todo lo que podía ser decente en la política y en su vida personal; cuando Fujimori, digo, ya era el jefe de la yakuza andina, Javier Valle Riestra se vistió de princesa meiji y acudió al Palacio.

El emperador que saqueaba el que no era su país le propuso entonces un número digno de Las Vegas: él sería primer ministro de un gabinete que no opinaba y mandaría sobre ministros que sólo a su shogún obedecían y estaría en todos los desfiles, discursos y tomaduras de pelo protocolares de ese Haití nipón que fue el Perú con el sátrapa. Valle Riestra aceptó inmediatamente y a las pocas horas se ponía el fajín y esgrimía su investidura como si del mismísimo general Petain se tratara.

Fujimori bailó calato en su ducha aquella noche: había logrado que el mejor hablado de los senadores vitalicios de la decadencia se convirtiera en su mayordomo y, de paso, le recordaba al Apra moribunda qué fácil era para su imperio tentar a sus cuadros y sumarlos a la causa de la podredumbre.

Valle Riestra dijo entonces –y allí están los archivos por si acaso– que Fujimori era un patriota que sólo estaba entre mapas y maquetas y que él lo convencería de que no fuera a la reelección para que su gran obra no quedase en entredicho ante la historia.

El día del mensaje presidencial de 1998 Fujimori dijo que esperaba dejar un país sólido al fin de su mandato. No dijo qué mandato, por supuesto, pero Valle Riestra salió en seguida a defender a su amo diciendo que Fujimori era un proletario (sic) que se expresaba de un modo que pocos podían interpretar correctamente y que él (Valle Riestra) acababa de oír en ese discurso la promesa de Fujimori de no violar la ley postulando otra vez.

Desde luego que sólo Valle Riestra escuchó eso. Y el tiempo lo desmentiría de modo implacable.

Alguien le preguntó que qué hacía en ese gobierno y él arrugó el entrecejo romano, levantó el mentón toscano y malbarateó su inteligencia respondiendo:
-He logrado la amnistía para Leonor la Rosa (que encima de torturada iba a ir presa), que la policía se retire de las universidades y estoy tratando de democratizar al gobierno.

Que era como decir que iba a desarmar a Winchester, hacer un convento en la Nené y lograr que Gilberto Siura se bañase.

Ñangas. Pamplinas. Vírgenes llorando. Bacalaos. Lo que Valle Riestra quería era volver a salir en las fotos y añadir un título más a su hoja de vida. Estar en el candelero, en suma, que el síndrome de abstinencia duele en las tripas.

Para expiar ese reciente pasado de fujimorista provisorio, Valle Riestra, el tribuno más entrevistado por La Razón y el enemigo más corrosivo del sistema anticorrupción, pidió un sitio en la lista de congresistas apristas. “Por los viejos tiempos, Alan”.

Salió elegido, claro, porque tiene pico de oro y corazón de plata y hay mucha gente que lo aprecia, incluyendo a Martha Chávez y a Moisés Wolfenson.

Y ahora resulta que el señor no quiere ir al Congreso, que, según sus propias palabras, sólo iría para mirar a Luciana León y que lo que quiere es Washington, no el perro de Condorito sino la capital norteamericana donde funciona la OEA.

El señor congresista juramentado quiere largarse a Washington a vivir de una sinecura internacional en una organización difunta como es la OEA y en un país donde, en las calles, sólo podrá hablar con chicanos y afines porque sólo sabe decir good morning y how much.

Y el Apra II quiere cambiar el reglamento del congreso, la ley de no se qué, el decreto de urgencia que firmó nosecuantitos, la ley orgánica de a mí qué me importa para que el señor Valle Riestra se vaya a Washington a conocer salvadoreñas.

¿Y ésta es la nueva Apra?
¿Así que un congresista juramentado quiere renunciar a un cargo irrenunciable y el partido de García pone la ley patas arriba para complacerlo? ¿Así empezamos?

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julio 22, 2006

Martha Hildebrandt

Filed under: Artículos,Críticas — cesarhildebrandt @ 4:37 pm

(La Primera) Martha Hildebrandt
Martha Hildebrandt es un carácter embutido en un cactus. Si la inteligencia fuera dinero, Martha sería una señora Trump viviendo en Manhattan, donde gruñiría en inglés por la pobreza idiomática del Post y caminaría por el Central Park con ese aire de ex ministra del Interior de alguna dictadura de la Europa oriental.

Pero como la inteligencia sólo alcanza para pagar la luz y el teléfono y ser especialista en Bolívar o en filología comparada vende pocos ejemplares y obtiene poco reconocimiento, Martha tuvo que incursionar en la política siguiendo el único instinto que jamás le ha fallado: la adicción por el poder y la autoridad.

Fue funcionaria con Velasco Alvarado, ese chino de Castilla que quiso evitar el comunismo y que sólo se cuadraba ante ella, sonando los tacones como si se tratara de presentarse ante la mismísima mariscala. En esa época era socialista a rabiar y caviar de Beluga, una Rosa de Luxemburgo que iba a la ópera en visón y tintineando de pulseras doradas.

Pero así y todo convirtió la cultura en una prioridad y la edición y los premios a la producción académica en una cosa de todos los días en un país donde la gente seguía murmurando al leer y creyendo que el noticiero 24 horas era el colmo de la exquisitez cosmopolita.

Hizo obra aquí y en la Unesco, en París, donde sí le reconocieron el equipaje académico de ekeka sudamericana y la trataron a cuerpo de reina.

Más tarde comparó a Alan García con Simón Bolívar cuando García mandaba como un huno desde sus balconazos decretando que el cemento bajara, que la leche proliferara por el milagro de las ubres y que los domingos fueran lunes para que la gente siguiera trabajando.

Pero García era, al final, un demócrata y eso terminó por decepcionarla. ¿Cómo era eso de estatizar la banca y luego dejarse amedrentar por la grita de Vargas Llosa y el colchón de Pardo Mesones? No, ese no era un comandante en jefe como el Fidel con quien hizo tan buenas migas.

Porque a ella lo que le fascina es el ejercicio de la autoridad, el grito mandón, la unanimidad concentrada en un caudillo. Hubiera sido leguiista, benavidista, sanchezcerrista, odriista y, desde luego, como resultó siendo, fujimorista.

A esos predios llegó defendiendo a Fujimori en la TV, cuando la inteligencia del país censuraba al autócrata y se reía de sus vulgaridades gramaticales. Fue entonces que esta purista acérrima del habla culta soltó la tesis de que Fujimori se equivocaba a ratos con el castellano porque esta era su segunda lengua, considerando el japonés ancestral que tampoco hablaba bien.

Se olvidó de que la mayor parte de la generación de Fujimori aprendió el idioma del país que los acogió y lo habló con solvencia y creatividad. Se olvidó de los Watanabe, los Tanaka, los Tsuchiya, ejemplares en el decir y en el hacer.

Y de resultas de esta coartada, que ocultaba el hecho comprobado más tarde de cómo Fujimori despreciaba la historia del Perú aporreando simbólicamente su idioma oficial, Martha fue enamorando al Yamamoto de tantos Pearl Harbor domésticos.

Durante la década de Montesinos y su compadre extranjero, Martha defendió con elocuencia los logros del gobierno –que los tuvo–, calló hasta en esperanto sus desaprobaciones y recibió encargos sombríos que cumplió con la eficacia de su talento de generala en eterna disponibilidad.

Encargos, por ejemplo, como el de negar el terrorismo de Estado, las masacres del grupo Colina, la monra de los Hermoza Ríos y la defenestración del Tribunal Constitucional tras la “interpretación auténtica” del artículo 112 de la Constitución, esa sucia maniobra que permitió la segunda reelección del hoy prófugo.

Y todo lo hizo fulminando con un grito a cuanto alfeñique oratorio se le parase por delante y con la habilidad dialéctica que sólo la da el masaje neuronal de los libros.
Hace algunos días, Martha volvió a demostrar que está en forma tratando como a una maruja invertebrada a una animadora de la tele.

Porque su inteligencia brilla a los 81 años de su edad como si se hubiese conservado en formol y su carácter parece una espada toledana que hiere y decapita, si es necesario, a quien ose contrariarla.

Si la inteligencia fuese capital, Martha se trataría de tú a tú con Bill Gates.
Pero la inteligencia es un don, así como la estupidez es un déficit genético.
Así que si la coherencia y los valores fueran también un capital, Martha pediría limosna bajo un puente de la vía expresa.

julio 13, 2006

Sin ruleros

Filed under: Artículos,Críticas — cesarhildebrandt @ 6:09 am

(La Primera) Sin ruleros
Dennis Falvy cantaba “Sácate los ruleros” en público pero en privado gruñía “te voy a sacar el alma”. Era el defensor del consumidor de más decibeles pero le susurraba a su ex que la consumiría a fuego lento y en olla de barro.

¿Cómo puede un hombre caer a esos abismos? Es el amor, compadre, maldito consejero. El amor que un día tropieza con el matrimonio y luego con los hijos y mañana con el bostezo a dúo y a veces, muchas veces, con el odio hecho de días clonados y de malos alientos viceversos.

Es el amor que hierve y que lo quiere todo y que por eso termina perdiéndolo todo.
Por eso es que el amor no debe llegar al punto de la combustión ni al filo de la navaja. Los amores pálidos duran más y son más creíbles. Nunca terminan en el vocerío.

¿Qué le pasó a Falvy?
Su caso, convertido en desgracia pública, es no sólo amor atravesado sino muchas otras cosas que exceden al individuo.

Se trata del poder mal entendido y de la ilusión del poder convertida en chaveta. Falvy solía merodear por los programas políticos con sus expedientes en el sobaco y esa cara de neón que lo hacía socio involuntario de “Los Jardines de la Paz”.
Se hizo conocido lanzando desafíos que nadie recogió pero mantuvo una imagen de hombre generoso preocupado por los demás.

No sé qué tipo de favores financieros y tributarios hizo en Frecuencia Latina, pero los imagino. La cuestión es que, a la edad de la jubilación, le dieron por fin el programa soñado (que ahora ya sabemos por qué se llamaba No Negociable).

Y, de pronto, ese hombre que cogió con suerte el último tranvía se sintió poderoso. La tetuda tele, la gratificación del reconocimiento facial, los halagos en falsete, le hicieron creer que era omnipotente y que estaba más allá del bien y del mal.

¡Socorro! El veneno de la tele en dosis altas puede hacer de una buena persona un saco infecto de viscosidades. Y si la persona no es tan buena, pues la tele le da una maestría en forajidez, vanidad a lo bestia y sensación de inimputabilidad.

Allí está el reportero Ortiz, que en su reinado llegó a ser el sádico de la pantalla más perfecto que el tubo electrónico haya parido. O la reportera ayer izquierdosa e idealista que hoy chorrea arribismo y paporretas de teleprónter. La tele te puede sacar el alma, si te dejas, como promete hacer Falvy con la madre de su hijo.

Y sales allí con cara de diácono mientras eres un monstruo de entrecasa. Claro que el catalizador de la tele sólo funciona con buena materia prima. Hay que tener la patología del cuentero para que la tele te catapulte a la falsa gloria y para que las endorfinas de la vaina te hagan creer Batman o Gatúbela.

Hay que no haber leído demasiado para que te la creas y le menees la cola a Ivcher. Hay que carecer de personalidad para crear el personaje que terminarás siendo si sigues el libreto de la tele.

Porque la tele es el atajo hacia la felicidad para todos los egos lisiados, la vagina plástica para los solitarios de corazón y el premio de la consolación para las damas con inteligencia de mascota.

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