César Hildebrandt Blog

agosto 7, 2007

La bomba rubia

Filed under: Artículos — cesarhildebrandt @ 9:09 pm

(La Primera) La bomba rubia
Ayer, Hiroshima volvió a recordar la bomba que la borró del mapa en 1945.
Alguna vez estuve en esa ciudad, invitado por el gobierno japonés, y visité el imponente Museo de la Paz.

Lo que vi me dejó estupefacto. Vi una caja fuerte gigantesca que parecía haber sido estrujada por una fuerza colosal. Era la caja fuerte del Banco de Hiroshima, sobre cuyo domo estalló el artefacto bautizado como Niñito y que equivalía a veinte mil toneladas de dinamita.

A las puertas de ese banco, esperando a que abriera sus puertas, a las 8:16 minutos de aquella mañana del 6 de agosto de 1945, se encontraba un indigente sentado en una escalera. De él sólo quedó una mancha grasienta dibujada en tres escalones que fueron sacados de su lugar y puestos en el museo con el nombre de Sombra sobre una piedra. Fue uno de los miles de evaporados en los primeros milisegundos de la explosión.

Vi anteojos calcinados, cántaros de metal derretidos, fotos de quemados en llaga viva, niños con las pieles colgando, estadísticas de la leucemia galopante que fue la derivación más recurrente de la radiación. Vi el mal en dosis superlativa, vi a la bestia que reina en la creación ejerciendo su poder, vi al mal repetido en un caballo campesino que encaneció de pronto a pesar de estar a diez kilómetros del centro de la explosión.

Hay quienes creen que el napalm se inventó para la guerra de Vietnam. No es cierto. Las bombas de napalm fueron las que en 1945 devastaron Tokio con incendios que cubrieron más de la mitad de la capital japonesa. Estados Unidos no quería ganar la guerra: sus halcones demandaban humillar y desaparecer al enemigo. Y ya no se trataba de blancos militares sino del terror contra los civiles, terror lanzado desde los 9,000 metros que podían alcanzar los B-29. Terror impune, como el de hoy en Irak o Afganistán.

Sólo el 10 de marzo del 45 Estados Unidos lanzó sobre Tokio 412,500 bombas de napalm, arrasando con el 50 por ciento de la ciudad, matando a 100,000 japoneses y logrando temperaturas de 800 grados centígrados en los blancos mayores –casi todos civiles–.

Japón estaba exánime. Lo único que pedía era rendirse con algunas condiciones, es decir con cierto sentido del honor. Lo planteó así a través de los soviéticos. Kantaro Suzuki, el primer ministro, sabía que la guerra se había perdido un año atrás.

Truman escogió el fuego. Churchill ya le había dicho que sí, que lanzara la bomba. La verdad es que necesitaban probar cuán lejos había llegado eso de bombardear con neutrones los núcleos pesados del uranio 235 o del plutonio 239.

Y lo probaron con creces.

La bomba no tocó ningún blanco militar importante, ni el puerto ni las plantas industriales de la ciudad de Hiroshima, sede del segundo ejército nipón.

El plan era lanzar la bomba de uranio 235 armada por el equipo de Oppenheimer en el centro de la ciudad, es decir donde más bajas civiles podía causar. Y reventaría a 640 metros de altura porque así podría matar mejor. Los paracaídas amarillos que cayeron con ella eran censores que debían medir sus efectos.

Primero fue una enormidad violácea que derivaría de inmediato al blanco enceguecedor. El núcleo de la explosión alcanzó los 50 millones de grados centígrados. Trescientos metros a la redonda fueron disueltos por el calor y, de inmediato, la bola primaria alcanzó el tamaño suficiente, la presión necesaria y el calor difuso indispensable para matar a 80,000 japoneses en un zarpazo de cinco segundos de infierno puro.

La onda expansiva fulminó toda vida a dos y medio kilómetros de distancia y las alteraciones de la presión atmosférica produjeron vientos calcinantes que llegaron a dispararse a 800 kilómetros por hora. Cuatro segundos después de la explosión la masa de gel incandescente empezó a subir, formando el hongo que ya se había dibujado en Álamogordo y succionando miles de metros cúbicos de oxígeno. Los sobrevivientes dijeron que todo olía a plomo derretido.

Cinco kilómetros cuadrados de Hiroshima –los más densamente poblados– se convirtieron en ceniza instantánea. Los vientos asesinos de 500 grados centígrados, transportados por la onda de choque, subieron el radio de la devastación a 10 kilómetros. El 92 por ciento de las edificaciones de material noble de Hiroshima había colapsado y el pasto tuvo iridiscencias rojas.

Luego vino la lluvia negra, un manto de radiactividad y carboncillo menudo de todos los cadáveres ascendidos a la atmósfera.

Para decirlo con las palabras que ayer pronunciara el alcalde de Hiroshima: “Los sobrevivientes envidiaron a los muertos”.

De visita en ese museo me di de bruces con la historia: millones de cadáveres, asesinos condecorados, malditos que debemos recordar cuando buscamos alguna calle.

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2 comentarios »

  1. Los Aliados eran unos hijos de puta, se pintan como heroes y santos, pero fueron igual de crueles que los nazis, me enoja ver como pudieron cometer tantos crimenes y ser perdonados solo por ser “antifascistas”

    Comentario por Anonimo — enero 23, 2010 @ 7:25 pm | Responder

  2. Hace años leí este artículo y otra vez me volvió a estremecer.

    Comentario por Mariel — agosto 3, 2017 @ 8:43 pm | Responder


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