César Hildebrandt Blog

agosto 3, 2007

Haya y Alan García

Filed under: Artículos — cesarhildebrandt @ 9:20 pm

(La Primera) Haya y Alan García
Un gato le dijo a un ratón que hicieran un pacto social. El ratón lo aceptó.
Una hiena le dijo al cachorro de un leopardo que firmaran el acuerdo nacional. El cachorro firmó con la pata delantera derecha.

Un oso hormiguero le sugirió a una hormiga que se inscribieran en el Consejo Nacional del Trabajo. La hormiga le hizo caso.

La fábula, por supuesto, terminó mal para el ratón, el cachorro de leopardo y la hormiga.

Al margen de profecías lastimeras, la verdad es que el arte del cojudeo ha llegado a ser notable con Jorge Del Castillo y eximio en Alan García. De ese talento elástico, de esa tarumba ideológica, ha vivido el Apra desde que en 1954 Haya de la Torre “se diera cuenta” de que sus libros primeros padecían de infantilismo y que lo maduro era sentarse a negociar con Manuel Prado, el Banco Popular, Chupito Ortiz de Zevallos, Manuel Cisneros y la santa patrona del billetón, o sea la francesa Clorinda Málaga.

Así que se sentó a negociar. Y como resultas de esos conversados de conversos salieron la Convivencia con don Manuel –educado en Francia, heredero de una famosa huida–, la reconciliación plena con los Estados Unidos, “el interamericanismo económico sin imperio”, la Cenicienta, el tango Apache y las primeras mariposas amarillas de ese Macondo doctrinario en que se convirtió el Apra.

Y mientras todo caía como la fruta madura y todos decían que Sánchez se parecía cada día más al Conde de Lemos, Haya loqueaba a sus audiencias con un discurso que era la megafonía de la ambigüedad.

-Que sí hay imperialismo como última etapa del capitalismo en las grandes potencias, pero que esa última etapa se convierte en primera etapa cuando aterriza en las afueras de Chichen Itzá y en las inmediaciones de la huaca Pucllana. Y siendo que lo último de allá es lo primero de acá, no podemos prescindir de esos capitales modernizantes, aunque hay que saber tratar con ellos –decía, más o menos, el líder.

Y, claro, uno se preguntaba qué tenía que ver todo eso con sentarse a almorzar con Eudocio Ravines, que era agente de la CIA en sus horas extras, y con Pedro Beltrán, que era norteamericano a tiempo completo, y con don Julio de la Piedra, que fabricaba tanto ron Pomalca como leyes reaccionarias, y con un etcétera de impresentables que le iba presentando don Ramiro Prialé, para quien todo valía, y que le iba recomendando don Carlos Enrique Melgar, que era el gótico de Punta Negra y el que hacía el jarabe de lengua más alucinante de todo Macondo.

Fue tan reaccionaria el Apra que don Fernando Belaunde Terry llegó a ser el revolucionario de los sesenta. Y cuando Belaunde tomó el poder aupado por los milicos que habían desconocido el triunfo de Haya en 1962, las huestes parlamentarias del odriismo –con Tutankamon a la cabeza y Drácula de portavoz– se matrimoniaron con las de Haya –previa boda pública– y juntas formaron el santo hogar de la Coalición Apra-UNO, que mediatizó la reforma agraria de Belaunde, le hizo la vida imposible al régimen, acumuló enormes presiones sociales y creó la atmósfera perfecta para que los militares de izquierda, en 1968, pusieran en un avión al presidente y empezaran a desarrollar algunas de las reformas largamente prometidas por el Apra.

Tanto así, que en 1974 Haya reclamó, en el discurso por el día de su cumpleaños, la autoría de la mayor parte del proceso de cambios que los militares –que ya habían tenido que matar a Javier Heraud y a Luis de la Puente– comenzaron (y no culminaron) para evitarle al Perú la amenaza comunista.

Por supuesto que cuando el régimen militar se deshizo, el Apra también reclamó la contrarreforma que siguió y su apoyo a Morales Bermúdez así lo demostró.

Cuando Haya enferma y la Constituyente está en plena tarea es como cuando el que sabe que va a morir sólo piensa en su legado y se dedica a lo importante. Y Haya se redime presidiendo una Constituyente que produce un documento socialmente avanzado y probablemente insuperable en lo que a la América Latina se refiere.

Haya muere queriendo quizás rectificarse y su testamento casi ológrafo es la Constitución de 1979. Ese testamento que hoy se niega a acatar su sucesor, el doctor Alan García. No sé en qué instancia del más allá pueda estar Haya, pero esté donde le corresponda estar, debería exigirle a García un poco más de respeto.

Anuncios

Dejar un comentario »

Aún no hay comentarios.

RSS feed for comments on this post. TrackBack URI

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Blog de WordPress.com.

A %d blogueros les gusta esto: