César Hildebrandt Blog

agosto 30, 2007

¿Inminente un ataque a Irán?

Filed under: Artículos — cesarhildebrandt @ 10:40 pm

(La Primera) ¿Inminente un ataque a Irán?
Los servicios de inteligencia británico y francés ya lo saben: ha empezado la cuenta regresiva para un masivo ataque aéreo sobre Irán.

Lo realizaría la aviación norteamericana, nutrida de los mapas, las rutas y los blancos preparados por Israel –la tenebrosa potencia nuclear del Medio Oriente, poseedora de 200 bombas atómicas no declaradas ante el organismo de la ONU que controla el uso de la energía no convencional–.

Mientras ayer mataban a tres niños palestinos desde un tanque –tarea que se ha vuelto parte del juego con la que artillería y fusileros afinan su puntería–, los israelíes seguían diciéndole a todos los que escucharan que han empezado a edificar su refugio nuclear de 180 millones de euros, adonde irá a parar el gobierno y el estado mayor militar de Israel cuando los “perversos iraníes” se atrevan a bombardearlos con el uranio que acumulan.

Toda una farsa, desde luego. Los iraníes no están en condiciones de construir una bomba atómica ni en los próximos quince años y la entidad de la ONU que monitorea la central nuclear de Irán así lo ha comprobado. Es la misma alharaca de las “armas de destrucción masiva” que Irak no tenía y por las cuales fue arrasado y se desangra ante la indiferencia del mundo y la impotencia de la ONU.

De lo que se trata es de atacar a Irán y darle “una lección” al país que se atreve a enfrentar a Israel, ganar, encarnado en el Hamas, las elecciones en los territorios palestinos (elección que, como dice Chomsky, fue salvajemente respondida por los Estados Unidos e Israel), defender con éxito su implantación en el sur del Líbano e influir con armas y voluntarios en la eficacia de la resistencia iraquí.

Hay hasta quienes afirman ahora que cuando Bush ordenó el criminal ataque a Irak, Israel trató de convencerlo de que el problema verdadero era Irán. Digamos que Bush se congraciará recién ahora con su aliado y socio de fechorías mesorientales.

La derrota de baja intensidad en Irak y la posibilidad de que un gobierno menos estúpido que el suyo piense de modo distinto apuran a Bush. Lo urge también el lobby judío, que hoy controla buena parte de su gobierno. Y lo empujan también los halcones que hoy sienten la humillación de no poder controlar la situación en Irak a pesar de haberlo devastado.

Es algo tan vulgar como eso de ¿quién manda aquí? Sobre los escombros de Irak y Afganistán, la figura del matón del barrio se alza de nuevo para advertirnos que no está saciado y que hay “un eje del mal”, controlado desde Teherán, que hay que “evaporar”.

Los expertos británicos Martin Butcher y Dan Plesch, citados por la investigadora Larisa Alexandrovna, acaban de publicar un estudio que da cuenta de los preparativos norteamericanos para el ataque que podría ordenar Bush en las próximas semanas (o días).

Estados Unidos tiene ya 10,000 blancos militares, energéticos, infraestructurales y políticos señalados en Irán. El ataque se haría con misiles “Crucero” disparados desde la flota estacionada en el golfo Pérsico, desde bases terrestres del Irak ocupado y del Afganistán próximo, y con bombas de alto tonelaje especializadas en concreto y lanzadas desde aviones norteamericanos.

El objetivo no será tan sólo la instalación nuclear de Natanz, situada en la región central, sino la demolición del país y la caída del régimen, atizando, a su vez, la rebelión en provincias que tienen algún conflicto inter-étnico con Teherán. Esto apunta a la mancha de origen azerí, que incluye las provincias de Balujistán, Kurdistán y Khuzestan.

Hasta ahora se habla de armas convencionales, pero la opción atómica es algo que los generales norteamericanos no pueden descartar –sobre todo cuando hablan de Natanz, la central nuclear de enriquecimiento de uranio que los iraníes han mostrado al mundo varias veces y que está en estadios todavía muy primarios en el complejo proceso de llegar al U235 o producir plutonio con fines agresivos.

Tras la lección de Irak, Estados Unidos no piensa ahora en una invasión en forma sino en la destrucción desde el aire de una forma de vida. Una destrucción de tal nivel que haga posible, por el hambre y el bloqueo naval y terrestre que se impondrá, la insurrección que termine con el incompetente y represivo gobierno de Ahmadineyad.

Es posible que vivamos, pues, otro capítulo deshonroso de una hegemonía que sólo las armas pueden sostener. ¿Permitirá Brown que Gran Bretaña haga el papelón que le encargó el “socialdemócrata” Blair? ¿Se quedará Putin silbando al cielorraso? ¿Volverá a ser la Unión Europea la puta babilónica del gran imperio? ¿Podrá ser el mundo tan sombrío?

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Muerte de Francisco Umbral

Filed under: Artículos — cesarhildebrandt @ 1:38 am

(La Primera) Muerte de Francisco Umbral
Se acaba de morir, en el Madrid de los Austrias, uno de los mayores escritores de periódico que España haya parido. Se llamaba Francisco Umbral y era mi desayuno de cada mañana durante esos años felices que pasé en el país que jamás pensé amar pero que amé profundamente.

La verdad es que era la mitad de mi desayuno. La otra mitad era Eduardo Haro Tecglen, que también se murió años atrás.

A Jaime Campmany, otro difunto, se le podía leer pero por su boca hablaba Franco, gritaban los legionarios y mandaba callar la Falange. Lo que pasa es que era tan culto y divertido que hasta su militancia en las ferocidades del vencedor de la guerra civil pasaba a segundo plano.

Esos eran los tres platos diarios del columnismo español. Umbral en El Mundo, Haro Tecglen en El País y Campmany en el ABC, donde yo trabajaba porque así lo quiso mi monárquico amigo Luis María Anson, continuaban la tradición del periodismo como goce literario y el hábito estupendo de la columna como caja china o caja de Pandora.

Eran columnas para lectores. Y lo que pasa en España es que hay lectores, a diferencia de Lima, donde la mayor parte de los lectores son los que leen medidores de luz y leyendas de revistas dadas al calzón. Y eran columnas que no huían de la candela, que disparaban a matar pero con una clase que a veces daba ganas de ser el blanco. Qué tipazos eran los tres para mantener, con sus espaldas, el edificio del periodismo español de ideas y de gracias. Qué espantosa diferencia con el periodismo nuestro, sembrado de estiércol tercermundista y pobres diablos con pinta de celebridad.

Qué tipazo era Umbral para escribir todos los días algo que valiera la pena en un periódico que no valía la pena, como era –y es– El Mundo, un periódico que eligió ser reaccionario, mentiroso y aznarista sólo porque ya estaba El País antes que él y porque, además, la plata fundacional la puso el banquero fraudulento Mario Conde, el de Banesto.

Pero no importaba. Uno cogía El Mundo con guantes quirúrgicos, leía la primera y volteaba el mamotreto, porque en la última página estaba Umbral en plan de contentarnos.

Umbral, que jamás pisó una universidad y que apenas fue al colegio, era una fuerza de la naturaleza para construir, cada mañana, una columna que era pura arquitectura futurista y en la que no sobraba un alféizar. Sabía, además, que lo más malo que puede sucederle a un periodista –aparte de aburrir– es volverse tan predecible como el té de las cinco de los Windsor cornudos. Así que, cuando menos te lo esperabas, salía hablando bien de quien no podía ser y hablando mal de quien no parecía merecerlo, con la resuelta arbitrariedad de aquellos que pueden, gracias a las palabras, convencernos de algo que jamás debimos admitir.

Es cierto que en los últimos años escoró demasiado al lado de Pedro J., el director de El Mundo, y que esa mezquindad prestada para con Zapatero, por ejemplo, le fruncía el ceño a la columna otrora libertina. Pero no me cabe la menor duda de que con la muerte de Umbral, a los 72 años, el periodismo escrito en español pierde a una de sus últimas estrellas.

Una vez entrevisté a Umbral en su casa de La Moraleja. Me recibió pensando que le hacía bien a su márketin salir en alguna tele sudaca y fue muy amable. Estaba sentado en un auténtico trono de mimbre, que era su manera de ser rey del café Gijón, y en la pared de al lado colgaba un retrato suyo hecho al óleo y pintado, a no dudarlo, por un pintor que tenía que adorarlo o temerle mucho. Durante toda la entrevista no se apartó de un vaso de whisky, no se quitó la bufanda blanca con la que podía ahorcarte y no dejó de tratar a Vargas Llosa con la punta del pie. “Es un magnífico ensayista”, decía. Y en su exagerado “Diccionario de Literatura” añade: “Faulkneriano en su primera novela, incomprensible en la segunda, realista aburrido y numeroso en las siguientes, lo que tiene Mario Vargas Llosa es una gran pluma de ensayista…” Se odiaban minuciosamente. Y cuando Umbral escribía o decía cosas como ésa yo pensaba que lo que quería, al final, era un entierro breve y con pocas personas, aquellas no tocadas por sus perversidades.

Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 1996, Premio Cervantes en el 2000, Umbral deja libros memorables como “Mortal y rosa”, la historia novelada de un hijo muerto prematuramente, o “Leyenda del César visionario”, una de las más inteligentes aproximaciones a Franco que se hayan escrito. Ya los críticos literarios se encargarán de comentar su legado y ojalá que al hacerlo prescindan del provocador profesional que se ganó la mar de enemigos. Porque como periodista o como escritor, Umbral ha sido uno de los grandes.

Con Umbral muere alguien importante para el periodismo mundial. Umbral venía de Ramón Gómez de la Serna y conduce a Manuel Vicent, ese valenciano que escribe como los dioses y al que, felizmente, la parca no parece todavía rondar.

agosto 28, 2007

A la derecha de Fujimori

Filed under: Artículos — cesarhildebrandt @ 7:07 pm

(La Primera) A la derecha de Fujimori
¿Se podía estar más a la derecha que Fujimori? Digamos que era difícil pero no imposible.

Lo cierto es que ese autor profesional de hazañas llamado Alan García Pérez lo ha logrado.

Él ha demostrado que a la derecha de Fujimori no estaba el abismo sino el Apra. Un Apra, claro, refundada, reacabada, metamorfoseada.

Un Apra que ya ascendió al cuché y a las grandes ligas. Que ya no necesita pedirle plata a Dionisio Romero (para la campaña) sino que es la encarnación política de Dionisio Romero. Un Apra que Aldo Mariátegui bendice, don Julio Favre aprueba, George Bush saca como ejemplo y el pobre César Zumaeta payasea desde la cabina de RPP.

Un Apra que, como daño colateral todavía controlable, asiste a la renuncia masiva de los dirigentes del Comité Regional de Trujillo (ocho de doce), a la rebelión abierta de Wilbert Bendezú en Lima y al hormigueo insurrecto de por lo menos tres bases importantes de Lima.

Y no es que esos chúcaros pidan socialismo. Lo que piden es que alguien recuerde el 20 por ciento de las promesas electorales con las que el Apra llegó al poder. Piden coherencia con las viejas prédicas, los polvorientos eslóganes, el hayismo sangrante que es lo último que puede quedar en el llamado partido del pueblo.

Porque cuando Haya transó con el Perú oligárquico lo hizo sacándole un pelo al lobo peludo del rivaagüerismo: un cierto consenso sobre el diálogo, la idea germinal del frente de clases aliadas por el interés común del desarrollo, un pacto de esencia entre el capital y el trabajo.

Haya nos dejó una socialdemocracia en rebajas, un coche Fórmula 1 donde el motor es el capital y el freno de mano es el trabajador. Pero esto que está haciendo García está a la derecha de Beltrán, es la ultra del fujimorismo. Es el dominio absoluto de los mismos realistas que combatieron al lado del virrey La Serna.

El señor Carranza, por ejemplo, presiona para que se vea su proyecto sobre venta masiva de lo poco que queda de Estado en algunas empresas importantes. ¿Su proyecto? No me hagan reír. Carranza es un sirviente de los organismos internacionales encargados de premiar a los buenos y castigar a los malos (premiar a Uribe y a García, castigar a Correa y a Morales), de la banca buitre mundial (la que compra deuda de Zimbawe a 4 millones de dólares y se la revende al mismo Zimbawe, bajo extorsión, a 40 millones de dólares, y del corporativismo desatado que galopa sin cabeza haciendo del planeta un gran negocio.

Y a ese servidor uniformado del monitoreo internacional lo tiene García sabiendo quién es y qué representa. No es que lo tolere. Es que se lo plantaron y no hay cómo discutirlo. Como le plantaron a la ciudadana emocionalmente chilena Verónica Zavala y a la ciudadana expectaticiamente española Cayetana Aljovín.

Ahora, cuando quieren vender (a capitales chilenos si es posible) los puertos que puedan, ahora, digo, le han dado a un señor que desprecia la ecología y que defendió a Lucchetti como si del morro de Arica se tratara, la reconstrucción –con la menor cantidad de controles por la emergencia– de las ciudades afectadas por el terremoto. Es el mismo señor que, según Indecopi, fue parte de la conspiración pollera que congeló la producción y mató a las mejores gallinas reproductoras para empujar al alza el precio del pollo. El mismo que se enfrentó al Tribunal Constitucional cuando éste falló en contra de la Telefónica en el caso de 570 trabajadores sindicalizados despedidos. El mismo que quiere que la Universidad Católica vaya a manos de Cipriani. El mismo que quiere ver preso (como cadáver político) al elegido presidente regional de Áncash. El mismo que ha criticado hasta el agravio a la Comisión de la Verdad, pidiendo que sus conclusiones no fuesen publicadas. El mismo que llamó “marcha de marxistas” a la que convocó monseñor Bambarén para respaldar la lucha en contra de la corrupción. Sí, el mismo señor Julio Favre que acaba de decirle a la agencia Efe: “Hay que comprender que aquí tenemos una buena oportunidad para hacer una gran ciudad”.

Vuelve el doctor García a apostar por un hombre y no por una institución –esta es una observación generalizada–. Y vuelve a hacer lo que le da la gana, sin consulta alguna con regiones, alcaldías o pobladores. Eso es lo que hace, al fin y al cabo, con el partido que le legó, como herencia impersonal y sólo en custodia, el señor Haya de la Torre. Lo que pasa es que el albacea se quedó con todo.

García fue de izquierda hasta la irresponsabilidad en 1985. García es hoy de derecha hasta la irresponsabilidad –si tenemos en cuenta la revolución de expectativas frustradas que puede estar incubándose en las zonas pobres del país–. O de izquierda, hace 20 años, o de derecha, hoy. ¿Y el centro? Es que para eso se necesita a un hombre con idea de los largos plazos. Izquierda/Derecha. Hay diversas formas de la bipolaridad.

P.D. Dicen que hoy fallan los jueces chilenos. ¿Valdrá la pena traer a Fujimori para que sea juzgado bajo la protección de un gobierno tan afín al suyo? Tengo muchas dudas.

agosto 27, 2007

El Comercio de la muerte

Filed under: Artículos — cesarhildebrandt @ 10:27 pm

(La Primera) El Comercio de la muerte
El diario más viejo del Perú –el más viejo del mundo probablemente, el metafóricamente antiquísimo El Comercio– ama la muerte de las bestias. Por eso es que tiene una página “taurófila” malescrita pero tenaz y por eso es que el viernes pasado nos lanzó a la cara las más repugnantes fotos que este escribidor y amante de los animales haya visto jamás: una res, amarrada al poste que la aproxima a la muerte, mira a la cámara pidiendo auxilio desde sus ojos exaltados; otra res, ya masacrada, yace junto a un charco de sangre y sanguaza mientras un camalero la empieza a jalar del rabo, sabiendo que se deslizará fácilmente en esos propios líquidos acabados de derramar.

Esta última foto ocupa la mitad de una página de este papelote que nada, sino regocijo, siente por la muerte de las bestias. Claro, un diario que dice que el espectáculo de Acho es pariente consanguíneo del arte no podía privarse de exhibir las fotos del camal de Chincha en plena actividad y en plena muerte. Sólo que esta vez se pasó de la raya. He hablado con algunas personas que comparten mi hermandad con los animales y me han dicho lo que yo pensé desde que vi esas fotos: El Comercio no tiene derecho de exhibir su tanatolatría como si fuera una virtud, siendo, como es, una de sus vergüenzas.

Y publica esas fotos atroces con un titular que le debe resultar familiar: “Alerta para matarifes”. Lo que no sabe es que ha alertado a muchos de sus lectores respecto del carácter malsano de algunos de sus editores, entre ellos el señor que escribe los “editoriales” de primera página, el señorón de tonterías tan sistemáticas y huachafadas tan redondas que, para usar el lenguaje de la tradición, podría ser tomado como el Belmonte de los Forrest Gump (de todo el mundo mundial, como diría el entrañable personaje del cine).

El Comercio nunca deja de sorprender con sus majaderías. El lunes 30 de julio del 2007, en la página once (tenía que ser) de ese cuadernillo que titula “Luces” y que alumbra la cultura peruana con su foco ahorrador de 25 vatios, se permitió publicar un artículo titulado “Un mecanismo anula el dolor al toro bravo en la lidia”.

Ya el título era idiota y hubiese bastado con él, pero un señor de nombre Bartolomé Puigróss, editor de esa sección, se lanzó a recoger la tesis de un madrileño que debe ser plumífero a sueldo de los matarifes con culito (o sea los toreros), y que ha llegado a la conclusión de que las betaendorfinas (hormonas del placer) liberadas en la lidia neutralizan el dolor del toro. Es más, el plumífero en cuestión señala que los toros que no son arponeados por las banderillas ni desgarrados por la pica ni finalmente asesinados por un analfabeto vestido de maricón (o sea el torero otra vez), es decir los toros bien tratados como en Portugal, ésos sufren más que los banderillados y los matados lentamente en las plazas de la barbarie.

Un encanto de teoría, en resumen. Una tesis “científica” escrita por alguien que acaba de sufrir un severo accidente cerebrovascular. Ya quisiera tener al citado plumífero madrileño, presentado en El Comercio como si de Gregorio Marañón se tratara, a mi alcance para ponerlo bajo el mandato interrogador de don Martín Rivas. Estoy convencido de que sus betaendorfinas se multiplicarían como células cancerosas al ver al maestro Rivas, en traje de luces, preparar sus alicates, afilar el bisturí, enchufar el cuchillo Moulinex y hacerle recordar las mejores imágenes de “Maratón de la muerte”, cuando a Dustin Hoffman un nazi le perfora un diente sano. ¡Cómo gozaría! ¡De qué modo neutralizaría todo asomo de sufrimiento gracias al chorreo de betaendorfinas! ¡Exijo verlo en tan dulce trance!

Pero, claro, así es El Comercio: un diario que ama el cuplé, baila con el pasodoble, homenajea implícitamente a diario a su fundador chileno, dice que los toreros son tan artistas como El Greco –aunque su director crea que el Greco se casó con Jacqueline Kennedy– y sólo es moderno cuando los chicos de Somos hacen su trabajo o cuando Falabella se pone gótica y nos avienta a sus modelos con ropa y todo.

Lo que El Comercio toca lo envejece. He visto a columnistas briosos adquirir un aire ceniciento a poco de instalarse en sus dominios. He visto a articulistas llenos de promesas perecer ahogados en la sopa de sobre de ese estilo que debe haber inventado Foncho Miró Quesada: consomé de nada, insipidez a ocho columnas. He visto a cronistas talentosísimos huir de la guadaña igualadora con la que los jefes de ese diario decapitan las anomalías del ingenio. Ese diario es como una wikipedia pero con ábacos: cree en el punto de vista neutral (de hecho fue neutral frente al fascismo de los años 30) y se niega a amanecer en el siglo XXI. Por eso ama las páginas de sociales, que recuerdan a “Variedades” de los años 30 del siglo pasado, y por eso se permite hacer, cada semana, la apología de esa matanza a la que acuden, por lo general, las que huelen a Chanel y los que se esfuerzan de madridismo bamba ensalivando un “Cohiba”.

Por eso “El Comercio” parece todavía, a pesar de ser el mejor diario del país (cómo será la crisis de la prensa peruana), el mausoleo que tanto odió don Manuel González Prada.

agosto 25, 2007

Tiempo de rectificaciones

Filed under: Artículos — cesarhildebrandt @ 8:40 pm

(La Primera) Tiempo de rectificaciones

Hay una epidemia de salud en el gobierno. Primero está el ministro Allan Wagner, que admite que el Instituto de Defensa Civil está en ruinas sin necesidad de terremoto y que, por lo tanto, habrá que reorganizarlo de cabo a rabo. Luego está don Jorge del Castillo, que celebra a su manera –más bien exquisita, hay que decirlo– la anulación de la compra de los patrulleros de marca Joy Way mientras, de boca para afuera, defiende al flambeado ministro Luis Alva Castro. Lo que nos ha dicho implícitamente el jefe del gabinete es que esa transacción está bien abortada porque era, como todo el mundo sabe, un desastre con olor a abombado. Y, por último, está don Rafael Rey, que se crucifica otra vez en público y reconoce que su idea de ponerle “7.9” a un pisco recordatorio era una sombría tetudez. Claro, no lo dice así (ha llamado “quizás inoportuno” al nombrecito), pero a mí me parece que el hombre se dio cuenta de que había metido la pata hasta el muslo doncel y que había abierto la puerta para que en Chincha se produjera la cachina “7.7”, en Ica el vino “Señor de los temblores” y en Cañete, que no podía quedarse atrás, el cóctel “Richter 8”.

Si a esto se suma la reculada congresal que expectoró a tres políticamente indeseables de la comisión de Fiscalización, estamos ante el sano escenario de gente que admite errores, deglute el sapo acabado de servir y se dispone a enfrentar la próxima pregunta.

Y ya ven: el mundo no estalla, el gobierno no se cae, la democracia no se pulveriza y este diario, a pesar de su barcelonismo futbolístico descarado, sigue subiendo en el querer de la gente.

Los que no se rectifican alguna vez es porque son obstinados o porque están muertos (que es una forma de obstinarse). Los vanidosos extremos, por ejemplo, tienen la idea de que reconocer un error le quitará algunas onzas de mármol al busto que los inmortalizará. Así pensaba ese genio (y también vasto asesino) llamado Napoleón, que murió virgen de autocríticas e incapaz de reconocer las desgracias innumerables que le había propinado a Europa.

Así piensa, aunque no lo pueda admitir, nuestro doctor García.

El problema del vanidoso no es sólo que la grandeza se confunde con la hinchazón (y lo que está hinchado no es sano, como dijo San Agustín) sino que espera de los demás algo que los demás no le darán nunca: la admiración sin dudas, la anuencia incondicional.

De allí el sufrimiento que produce la vanidad, enfermedad casi inexorable en la demasiado larga juventud, recuerdo de mala sombra en la madurez. Donde la vanidad gobierna hay un yo herido clamando por resarcimientos y tramando venganzas por el eterno desaire que padece.

Por eso es que tragarse un sapo, de vez en cuando, no sólo es una hazaña otorrinolaringológica sino un gesto de sanación.

Por eso podemos dejar constancia de la buena salud, por ejemplo, de los ministros Wagner, Rey y Del Castillo, que hacen lo que al doctor García le está impedido: aceptar que en algunas ocasiones uno, como cualquier lóbrego mamífero (Vallejo dixit), se equivoca a toda orquesta. Como dijo alguien: quien está lleno de sí mismo resulta que está vacío. Y nada suena mejor que el vacío.

agosto 24, 2007

Que se lleven a Alva en patrullero

Filed under: Artículos — cesarhildebrandt @ 8:43 pm

(La Primera) Que se lleven a Alva en patrullero
Si una empresa tuviese que comprar masivamente algo que necesita con urgencia, le haría el encargo a la gerencia de compras y adquisiciones.

Bueno, ¿qué pasaría si la gerente de compras –digamos, una señora apellidada Mazzetti– permitiese, por negligencia o interés, que unos subalternos metieran la mano para subir el precio de los bienes en combina con los proveedores?

Digamos que el presidente de la compañía –un señor apellidado García– la despide y todo el mundo, o casi todo el mundo, aplaude ese gesto correctivo.

Entonces, el señor García nombra a uno de sus más allegados ejecutivos nuevo gerente de compras y le encarga comprar ya no N de esos productos sino N más el 50% de N. ¡Todo un desafío! ¡Esta vez nada puede fallar!

El nuevo gerente de compras –un señor apellidado Alva– recibe toda la confianza del señor García y empieza la tarea. La acomete con aplomo y la resuelve en un dos por tres, como buen ejecutivo que es. Y, por supuesto, recibe todo el apoyo del presidente de la compañía, el señor García, quien defiende la adquisición hecha por tratarse de “productos garantizados”, responde a los impugnadores diciéndoles que tienen intereses mezquinos en favorecer a otros proveedores (los tradicionales), y asegura la limpieza de la operación afirmando que “es una de las operaciones más transparentes que haya visto, entre otras cosas porque nos hemos ahorrado once millones de soles en la compra”.

Entonces los impugnadores retroceden, los escépticos se callan, la portátil aplaude, la gente se olvida del asunto y las secretarias de intendencia regresan a su lima de uñas con más chismes que nunca en la cartera.

Entonces, ocurre lo increíble. Una tarde, cuando todos creían que los bienes comprados estaban ya siendo embarcados en algún puerto de la nueva China (la de Mao o menos), la secretaria del señor Alva –no el señor Alva– anuncia en un memo discreto que la compra queda anulada porque el proveedor no ha presentado, el día señalado, una garantía adicional considerada como imprescindible.

¿Qué cosa?

¿La secretaria de Alva comunica algo tan grave?

¿Y el señor Alva, que había defendido ante el directorio del Congreso la compra? ¿Y el señor García, que había defendido al señor Alva ante la asamblea de accionistas, o sea todos los cojudetes de la patria (la inmensa minoría de todos nosotros)?

Ni García ni Alva aparecen en estas primeras horas.

Y, mientras tanto, estallan los rumores. Entonces era cierto que el tal proveedor era un sinvergüenza que en vez de plantas de mantenimiento tenía un tallercito de auténtica mala muerte. Entonces era cierto que el tal proveedor había vendido armas en vez de patrulleros y reclutado mercenarios para Irak en vez de técnicos en planchado y pintura. Entonces era cierto que los bienes en cuestión estaban sobrevaluados en 40 por ciento. Entonces era cierto que ni siquiera China usaba esos vehículos como patrulleros. Entonces era cierto que el asunto apestaba.

Y entonces, por extensión, resulta perfectamente entendible por qué este gobierno de tantos incapaces juntos está haciendo del shock económico un aborto, de Juntos un proyecto nobilísimo que no termina de aterrizar, de Crecer un folleto en papel plastificado, del chorreo un sueño del Sahara, de la compra de patrulleros una interminable película de Hitchcock y del terremoto una demostración de cómo se puede desafinar de modo tan sinfónico cuando se quiere ayudar con el propósito pero no con la cabeza.

La pregunta es, entonces: ¿qué hacemos con el presidente de la compañía, el que metió sus manos al fuego, tal como lo hiciera hace años con los remigios del primer reinado? Ya no pregunto qué hacer con el señor Alva, por supuesto, porque su destino, como el de los yanquis, es manifiesto: que se lo lleve un patrullero y lo devuelva a las puertas del Congreso.

agosto 23, 2007

Si yo creyera en Dios

Filed under: Artículos — cesarhildebrandt @ 8:44 pm

(La Primera) Si yo creyera en Dios
Si yo creyera en Dios me preguntaría por qué el estado del Vaticano nos envía doscientos mil dólares como ayuda para las víctimas de los terremotos del sur. Me parecería una limosna escandalosamente avara teniendo en cuenta que un título nobiliario dado por el Papa cuesta, según el tarifario de servicios vigente, alrededor de un millón doscientos cincuenta mil euros.

Si yo creyera en Dios me preguntaría por qué Dios, que todo lo puede, permitió que el local de una iglesia sepultara en su caída a familias enteras y dejara con vida al sacerdote del templo, señor José Torres Mota (39), haciendo quizás uso de un derecho de preferencia ostensiblemente sectario.

Si yo creyera en Dios me preguntaría por qué los cielos que él gobierna desde el principio no protegieron el templo del Señor de Luren, el santuario de la Beatita de Humay, la iglesia de San Clemente, locales que temblaron de un modo más bien pagano desnudando sus vejeces, sus descuidos de mantenimiento y sus muy terrenales adobes asesinos.

Si yo creyera en Dios me preguntaría por qué ese niño de doce años, que ya había vadeado la desgracia el día del terremoto, murió al cuarto día a causa de una pared que se cayó por la fuerza de una réplica. ¿Es que los niños deben ser testeados dos veces en cuatro días por el infortunio?

Si yo creyera en Dios, en fin, preguntaría, con todo el respeto de un creyente, por qué los rezos resultan tan inútiles y las plegarias tan desatendidas cuando de las placas de Nazca y Sudamérica se trata. Me refiero no sólo a estos muertos nuestros de hace una semana sino a aquellos muertos de 1970: setenta mil cadáveres de un solo guadañazo. ¿Fue ése un sacrificio multitudinario, una venganza, una colosal arbitrariedad, una distracción del que todo lo puede?

Si yo creyera en Dios me preguntaría si la cierta desdicha que parece estar enamorada de nuestro país no lo está como respuesta divina a nuestras peores debilidades. Debilidades como, por ejemplo, amar la podre, lo que explica el fujimorismo irreductible de ciertas gentes, las excusas encontradas por cierta hampa intelectual para justificar a Bryce, la pasión con la que entregamos el país a los apetitos venidos de fuera, la necesidad casi biológica que tienen millones de peruanos de burlar la ley y desalentar la honradez.

Si yo creyera en Dios me preguntaría, pero sólo en voz muy baja, si esto de las catástrofes no tiene algo que ver con la rabia de un ser superior que mira a este país y se da cuenta –porque todo lo sabe– de que este es un país que admira a Genaro Delgado Parker, se rinde ante la inteligencia de Vladimiro Montesinos, escucha a Carlos Raffo, adora el tundete, está convencido de que Piérola fue un tipazo, soporta un discurso del doctor García gritado ante las ruinas de Pisco, protege a los delincuentes cuando la policía los busca por los barrios, se ríe idiotamente cuando Macera baila el baile del Chino, le cree a El Comercio como si de la Biblia se tratara, suspira por el TLC convertido en panacea y daría no se sabe qué ni cuánto para que Washington decidiera anexarnos como si fuéramos iraquíes.

Todo eso me pasaría si creyera en Dios. Pero, claro, soy agnóstico. Y por eso estoy exonerado de preguntas tan mortificantes.

Además, miro los ojos asustados de un niño palestino, de una niña en Darfur, de dos niños en el Congo, miro la foto de Bush y su pandilla y mi agnosticismo se quintuplica (si eso fuera posible).

agosto 22, 2007

Limpiando una comisión

Filed under: Artículos — cesarhildebrandt @ 8:45 pm

(La Primera) Limpiando una comisión
Esta columna que generalmente está dedicada a denunciar admite hoy, como lo ha hecho en otras ocasiones, que hay instituciones y personas que luchan por hacer bien las cosas.

Tras la denuncia de que la Comisión de Fiscalización del Congreso iba a ser esterilizada con la presencia de Menchola (el de la señorita Kú), el fujimorista Pando (el de la señorita Reátegui Prado), y la aprista Tula Benites (la del señorito Cuadros Noriega), las bancadas han reaccionado, los portavoces se han avergonzado y las decisiones han corregido tamaño desvarío.

Resulta entonces que, gracias también a la presión resuelta del presidente del Congreso, sale de la Comisión de Fiscalización este trío de joyas de la farándula parlamentaria. Respecto de Francisco Escudero, de la UPP, se han considerado dos cosas: primero, que la denuncia penal abierta en Trujillo ha sido ya desestimada por el Poder Judicial; y, en segundo lugar, que el gesto aquel de zamparse a la oficina de Edgar Villanueva fue, en todo caso, un pecado venial de parroquiano angurriento. Puede discutirse esto último, pero lo cierto es que el tal Escudero no tiene abierto un proceso en el Congreso, como sí lo tienen los tres defenestrados.

En todo caso, de cuatro, tres. De tres villanos de la cundería, de tres vivazos (as) criollazos (as), se ha salvado la comisión encargada de velar por el honor del Congreso.

El Congreso, al que el Ejecutivo siempre ha querido masacrar a pesar de lo funcional que le resulta, demuestra con esto que tiene mucha más capacidad de reacción de lo que suponíamos y que su relación con la prensa no es la de un paranoico bonapartista –que todo lo ve mezquindad concertada y conspiración a dúo– sino la de un poder que reconoce que, al igual que la prensa, se puede equivocar.

Porque la rectificación, doctor García Pérez, no degrada sino que enriquece. Usted llegó a decir alguna vez que el peor error de su carrera política había sido confiar demasiado en los demás. Cuando me dijo eso, en un set de televisión, sentí vergüenza ajena. Pensé: ¿Y la hiperinflación? ¿Y Enci? ¿Y la corrupción que galopaba al lado de los diarios cambios de precios? ¿Y El Frontón? ¿Y etcétera?
Pensé: ¿Qué clase de ego hidráulico hay que tener para decir que uno confió demasiado cuando los millones que confiaron en uno fueron defraudados?

Y ahora mismo, doctor García: insiste usted en atarantar a los periodistas extranjeros con modales de cachaco. Y, claro, uno se pregunta: ¿Por qué tanta amabilidad con los chilenos y tanta bronca con la prensa española? ¿Y por qué tantas concesiones millonarias a la Telefónica y tanto maltrato a los bomberos españoles que no cobran? Y, claro, uno también recuerda que usted, hasta ahora, no le ha dicho a los millones que le votaron por su centroizquierdismo sereno y maduro por qué se volvió, a las 24 horas de elegido, el derechista joseantoniano que es hoy. ¿Es que el pueblo no se merecía una explicación? Pues no, dirá usted, señor doctor. Pero a nosotros, modestamente, nos parece que sí, que los ingenuos que vieron en usted a un socialdemócrata escarmentado y al borde de la sabiduría –y que ahora ven en Palacio a un Toledo estirado e inteligente en castellano, como se dice en las notarías– sí se merecían una aclaración veloz, como esa que tuvo usted la valentía de encarar cuando lo del niño prodigioso del que no nos había contado por las buenas.

No culpe a la prensa de todo, señor presidente. Haga como el Congreso: rectifique algunas cosas. Saque usted a esa ministra que anda siempre ocupada con la Telefónica. Reconozca que Indeci ha sido parte de la catástrofe. Admita que su desinformación inicial tiene responsables. No siga diciendo que todo anda bien en Pisco y que sólo los periodistas se empeñan en decir lo contrario. ¿O es que el autismo resulta inexorable en quienes gobiernan nuestras repúblicas del sur? ¿O es que se critica a Chávez pero al mismo tiempo, y secretamente, se le envidia?

agosto 21, 2007

Presidente sin litio

Filed under: Artículos — cesarhildebrandt @ 8:47 pm

(La Primera) Presidente sin litio
Un grupo de bomberos españoles fue baleado en Pisco mientras excavaba en una escombrera en busca de víctimas. Afortunadamente, ninguno de ellos fue herido, pero algunas balas rebotaron en un muro ruinoso y pudo tratarse de un incidente fatal. Cuando los socorristas se quejaron, el doctor Alan García le dijo al jefe del grupo, miembro de la ONG hispana K-9 De Creixell, lo siguiente:

“El que tenga miedo que se vaya”.

La frase, reseñada primero por la agencia de noticias Efe, fue difundida al mundo a través de la enviada especial del diario ABC, de España, Carmen de Carlos, una periodista sin ninguna inclinación por el amarillismo. En portada, ABC tituló al día siguiente: “Un grupo de bomberos españoles deja Perú tras ser tiroteado”. ¿Pensarán los cientos de miles de lectores del ABC que todos los peruanos somos como el doctor García? Espero que no.

Lo cierto es que el jefe del K-9 De Creixell, el bombero español Pedro Frutos, ordenó a su gente el inmediato retorno a Madrid. (Y hasta ahora el obscenamente inepto Luis Alva Castro no sabe de dónde vino la balacera).

Por supuesto que se fueron a la primera oportunidad. Ellos, que se habían pagado sus propios pasajes y habían traído equipos ligeros de rescate y dos perros especialistas en hallazgo de cadáveres o sobrevivientes, se largaron de esa ciudad devastada que es Pisco. Lo hicieron después de que Frutos le dejara a la enviada del ABC esta frase que quedará para la posteridad y el recuento: “Estábamos dispuestos a ayudar en todo, pero el caos reinante es uno de los peores que he visto y he estado en nueve terremotos en distintas partes del mundo”.

Ahora, a las seis y treinta de la tarde de este lunes, cinco días después del terremoto, leo en el diario digital 20 Minutos, de España, un despacho de Efe que da cuenta de la iracunda impotencia de los médicos españoles llegados a Pisco. Ellos no pueden trabajar porque todo su equipo médico y hasta su ropa se han quedado en Lima, en maletas varadas y arrumadas como las miles de cajas que la incompetencia del gobierno ha inmovilizado para mal de los pisqueños, los chinchanos, los cañetanos, los iqueños y los huancavelicanos. No sólo eso. Junto al equipo quirúrgico y de emergencia, junto a la ropa, también estaban en Lima, a la hora de escribir estas líneas, 90 toneladas de ayuda humanitaria llegada, junto a los médicos, en un avión de la Cooperación Española.

Al partir a Pisco desde Lima, los médicos españoles recibieron la promesa de que todo lo llegado en el avión de la AECI –Agencia Española de Cooperación Internacional– estaría en Pisco en menos de seis horas. Un día y medio después, nada –ni las carpas traídas desde Madrid ni la potabilizadora de agua– estaba en el centro de la emergencia. Cuando los médicos se quejaron, el doctor García expresó, con su grosería interminable:

–“Cuando uno viene a ayudar no se queja mucho. Viene a ayudar nomás”.

Y enseguida, copiando a La Razón, su actual diario favorito, se quejó de las ONG preocupadas por los derechos humanos. Parecía el almirante Giampietri, el mayor Martin Rivas, la señora Keiko Fujimori, el que dio las órdenes para lo del Frontón, el que acalló lo de Cayara, el que sabía del grupo Rodrigo Franco, el que conocía de las andanzas financieras de todos los remigios de su entorno. Parecía todo menos el presidente de la república del Perú. Qué vergüenza.

agosto 20, 2007

Réplicas en el Congreso

Filed under: Artículos — cesarhildebrandt @ 8:48 pm

(La Primera) Réplicas en el Congreso
El gobierno ha aprovechado estos días de drama y confusión para hacer de las suyas en el Congreso que preside Luis Gonzales Posada, el hombre que prometió nuevos tiempos con los mismos odres.

Lo más grave que ha hecho es inhabilitar a la Comisión de Fiscalización llenándola de prontuariados.

Ha puesto de presidente en Fiscalización a Francisco Escudero, de la UPP, el sujeto aquel que tuvo que ser desalojado por la policía cuando ocupó, antes de jurar como parlamentario, la oficina de Edgar Villanueva. Sí, el mismo que vive en pindingas por una denuncia de estafa entablada en una sala penal de Trujillo. Ése será el señor presidente y el voto dirimente de la Comisión encargada de despachar asuntos éticos y arbitrar sobre conflictos de intereses. Para este logro ha sido fundamental, desde luego, la colaboración de UPP, ese establo del oportunismo que hoy es despensa de votos venales, tránsfugas de todo linaje y zorrillos de compañía.

Integra, además, la dicha comisión el señor Wálter Menchola, el segundo de Solidaridad Nacional, el hombre que contrató a la señorita Karen Kú como asistente iletrada del Congreso…y con 3,000 soles mensuales de sueldo, el tardonovio de la señorita Kú, la misma que declaró pertenecer también a Solidaridad Nacional pero no supo explicar por qué si entró al Congreso por recomendación de su panzón crepuscular (o sea Menchola) estaba en la planilla del amigote Martín Pérez, también congresista y también de Unidad Nacional. Ya veremos al señor Menchola, muy acucioso él, tirando la primera piedra a la hora en que otros congresistas hagan lo mismo que él (o cosas peores). Dicen que su rabo de paja llega –partiendo del Congreso– hasta las proximidades de Huacho.

Otro pertinente miembro de Fiscalización es, por supuesto, Ricardo Pando Córdova, el fujimorista denunciado por el Procurador del Congreso por los presuntos delitos de infracción constitucional, peculado y falsedad genérica. La acusación se deriva de las investigaciones en torno a Liliana Reátegui Prado, quien fue, durante meses, una empleada fantasma que, en realidad, trabajaba como profesora de pre-escolares en un nido. Esta señorita cobró durante meses un sueldo asignado por Pando y entregado a domicilio por la empleada congresal Paula Felipa Loayza, quien también ha sido acusada de complicidad. ¿Se imaginan qué fiscalizador será el señor Pando, que fue uno de los que también se opuso a eliminar la renta básica de la Telefónica? ¿Se llegan a imaginar su ceño adusto ante cada indicio de inmoralidad?

Y, por último, no podía faltar en esta granja porcina –y para completar la cuota femenina tan reclamada siempre por las ONG feministas– la señorita Tula Benites Vásquez, del Apra, quien contrató como asistente a un señor Cuadros Noriega, que jamás se apareció por el Congreso, no recogió ni siquiera su carné de identidad y cobraba todos los meses desde una cuenta instalada electrónicamente en Trujillo –fue, dicen muchos, una manera “heterodoxa” de driblear la austeridad decretada por el doctor Alan García Pérez, jefe político de esta Tula que quema–.

Este cuarteto de puritanos, esta troika ejemplar, hará que la Comisión de Fiscalización del Congreso conduzca al otrora parlamento a simas de descrédito no holladas por el hombre o los insectos.

Y después se preguntan por qué mucha gente cree que la democracia es prescindible. Pues bien, digámoslo: la Comisión de Fiscalización del Congreso no es hoy parte de la democracia. Es parte de la náusea.

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