César Hildebrandt Blog

enero 17, 2007

Bandada de cuervos

Filed under: Artículos — cesarhildebrandt @ 5:56 am

(La Primera) Bandada de cuervos
James Brown murió hace tres semanas. Hasta ahora, sin embargo, no puede ser enterrado y yace, embalsamado dentro de un féretro sellado al vacío, en su casa de Beech Island, Carolina del Sur. Unos guardias de seguridad custodian el cadáver y un aire acondicionado de helarse trata de demorar su deterioro.

Como perros hambrientos, sus hijos múltiples, sus variadas esposas, los abogados al tanto por ciento, batallan por quedarse con alguna presa del botín funerario mientras el cuerpo de Brown ha pasado del rosáceo del maquillaje mortuorio al marfil de la momificación que ya ha empezado.

El abogado Buddy Dallas ha cerrado la casa del rey del soul bajo el argumento de que su aparente viuda Tomy Rae Hinnie no es su viuda. Arguye que Hinnie, que era corista de la banda y que ahora tiene 36 años, se casó con Brown estando todavía casada y que, por lo tanto, no tiene ningún derecho sobre la vasta herencia en disputa. Además, acaba de sonreír al enterarse de que el testamento del músico del peluquín lacio y las botas con un toque diamantino, excluye a Hinnie y a su hijo de cinco años de edad.

Pocos recuerdan en estos días carroñeros que este verdadero innovador de la música negra norteamericana nació en una choza de Georgia, fue abandonado por su madre, criado por una tía que regentaba una posada de putas y obligado por el hambre a apañar algodón siendo un niño y, algunas veces, más tarde, a robar accesorios de automóviles.

Debutó como delincuente en forma a los 13 años con un robo a mano armada, estuvo tres años en un reformatorio y otros tres en la cárcel central de Georgia. Su opción era convertirse en un canalla profesional o intentar la música que siempre le había apasionado pero de la que la miseria lo había alejado.

A los veinte años empezó, entonces, su carrera musical y la acumulación de esa fortuna que ahora no lo deja descansar en paz. Dicen los entendidos que su mejor contribución a la música fue el funk, sustrato noble de la innoble música disco y abuelo del callejero hip-hop. Pero toda su formación de autodidacto terco empezó en las iglesias bajo la influencia del gospel, hermano mayor del soul.

Los que lo conocieron dicen también que en su esplendor, y, a pesar del éxito y de los millones que sus grabaciones produjeron, Brown nunca dejó de echar de menos a la madre que no tuvo, al padre semivago que lo entregó a una tía tratante de negras y, en fin, a la infancia que la miseria le robó sin remedio.

Alguna vez Brown, que tenía borracheras muy malas y euforias muy agresivas por la coca, le pegó una tunda a su mujer, Hinnie, y fue a la cárcel por ello y por posesión de drogas. Hace unos días, Hinnie se apareció en el programa de Larry King y confesó que sí, que le pegaba, que se pegaban, “pero sólo porque somos muy apasionados”. Hinnie no sólo ha confesado eso: ha hablado de las dentaduras postizas de Brown –varias, por si acaso– y de sus incompetencias sexuales a causa de una próstata irritada. Como se ve, la ex corista de la banda es una divertida fronteriza.

Como si todo esto fuera poco ha salido una vieja secretaria de Brown a demandarlo por 106 millones de dólares, acusándolo de haberla violado, pistola en mano, en 1988.
“Todo se arregla bailando”, dijo alguna vez Brown.

Si supiera qué banda de cuervos danza alrededor de sus restos habría dejado las cuentas más claras y pagado más impuestos. Sí, porque el fisco del tío Sam también revisa papeles para ver qué tajada del cadáver se lleva a sus arcas.

enero 16, 2007

Camisa de fuerza

Filed under: Artículos — cesarhildebrandt @ 6:51 am

(La Primera) Camisa de fuerza
Bajo el sello de la Presidencia de la República apareció el domingo último un aviso firmado por Alan García –así, Alan García a secas– cuyo contenido debería ser examinado por una junta médica.

Hay síntomas cada vez más claros de que los problemas del doctor García, presidente constitucional de la República, se están agravando y el texto en referencia es una de esas dolorosas pruebas.

Ya no hablemos de lo ininteligible de algunos de sus párrafos ni de su puntuación inexistente (“…el cual (el pueblo) responde por inmensa mayoría más sanción y energía contra los delitos atroces”); ya no aludamos a sus inconsistencias de género (“la violación… seguido de muerte”); ya no nos ensañemos con su chabacanería (“… ”no puede argumentar” en vez de “no se puede argumentar”) ni con sus comas sustituyendo al punto seguido y complicando todo el sentido del último párrafo (“… está y estará la voluntad mayoritaria del pueblo, es doloroso que mientras el 85% de la población…”). Ya no hablemos, en suma, del carácter –formalmente indigno de la investidura presidencial– de ese mamarracho presentado como  tesis personal.

Hablemos, más bien, de lo que encierra, como significado, el aviso publicado en la página 5 del diario Correo. Por encima de nuestros compromisos internacionales adquiridos en la asamblea constituyente que presidió Haya de la Torre, más allá de lo formulado por el Tribunal Constitucional en relación a la pena de muerte, acusando a “la clase política”, es decir al Congreso que ya rechazó su propuesta, de estar “de espaldas al pueblo” y “de intentar bloquear su voluntad”, un Alan García bonapartista se yergue, otra vez, como el mesiánico guía de las multitudes y su único intérprete posible.

Llega a decir el texto presidencial que por encima de la Constitución “está y estará la voluntad mayoritaria del pueblo”, sin recordar que la juramentación protocolar del cargo lo obligó a invocar a Dios para prometer que respetaría la Constitución y las leyes.

Este anuncio de golpe de Estado blanco y unipersonal, este delirante salto a la garrocha por encima de todo el ordenamiento jurídico, no han tenido, por parte de la oposición, una respuesta adecuada. Es más, no han tenido ni siquiera una respuesta. Y de esa ausencia inmensa de oposición y crítica se aprovechan el doctor García y sus fantasmas, el doctor García y su vocación de zarpazo, el doctor García y su creencia de que todos somos sus súbditos, sus humoristas destajeros, sus Madeinusa consultadas y los pobres diablos que sólo le piden permiso para seguir adulándolo –o tragándose ya no sapos sino tiranosaurios, como es el caso del respetable y muy estoico doctor Jorge del Castillo–.

Por encima de la Constitución no puede estar nadie. Sus mecanismos de modificación están debidamente formulados y no pueden ser reemplazados por ocurrencias noctámbulas. La Constitución es, por ende, una camisa de fuerza. Felizmente.

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He recibido una tercera citación de la trigésima fiscalía en lo penal de Lima pidiéndome algo que no puedo dar: los disquetes de un audio que contenía la conversación entre Genaro Delgado Parker y Fernando Olivera y que difundí en el occiso programa de Canal 2. Consta en la grabación de ese programa que en el mismo, en vivo y en directo como se dice, entregué esos disquetes a quien era, en ese momento, un pulcro fiscalizador. Me refiero al hoy mascota del doctor García, el señor Velázquez Quesquén. Su oficina los tiene y se niega, al parecer, a entregarlos al ministerio público. Y como Velázquez Quesquén se niega, el ministerio público me amenaza con denunciarme “por la comisión del delito de resistencia y desobediencia a la autoridad, contemplado en el artículo 368 del código penal… ” No sé –ni me interesa– si esos disquetes son “de primera generación”, como se señala en la citación. Lo único que sé es que son los únicos que tuve y que fueron esos los que difundí. ¿Podría la doctora Adelaida Bolívar impedir la continuación de este abuso jurisdiccional? ¿O se trata de fregarme a toda costa?

enero 14, 2007

Treinta años de hostilidad

Filed under: Artículos — cesarhildebrandt @ 6:49 am

(La Primera) Treinta años de hostilidad
Se acaba de desmentir la reconciliación de esos dos grandes escritores que son Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa.

Como se sabe, hace más de 30 años, en el vestíbulo de un cine mexicano, Vargas Llosa noqueó a García Márquez con un derechazo sorpresivo al mentón.

Como se sabe también, todo se debió a los coqueteos de caribe aventajado que García Márquez tuvo a bien lanzarle, en Barcelona, a Patricia Llosa de Vargas, quien se encontraba más que desconsolada porque Mario estaba en Nueva York y la pareja había tenido uno de esos pleitos recurrentes en los matrimonios.

El instinto de novelista alfa, aprendido en Aracataca, le dijo a García Márquez que era un buen momento para intentar la escalada. El cálculo fue errado y el truco de la ruta perdida y la noche estrellada al regreso de una cena colectiva no sirvió para nada: Patricia fue el muro de Berlín, la muralla china y la esposa en regla que siempre ha sido.

Cuando Mario regresó –que fue al muy poco tiempo-, Patricia le contó todo, con pelos y señales –bueno, felizmente había sólo señales en la frustrada aventura de don Gabo-. Mario, que para algunos casos sigue siendo el macho de Diego Ferré, juró vengarse. Y la ocasión se presentó en aquel cine mexicano, cuando el escritor colombiano se acercó a darle la mano, inconsciente de que Mario estaba al tanto de su intento traicionero. Inconsciente también de que el que pudo ser su rival de amores iba al gimnasio todos los días y tenía una pegada temible.

Ver a García Márquez tumbado en el mármol del piso –un testigo nuestro fue el desaparecido Francisco Igartua-, auxiliado por todos los que pudieron acercársele, preguntándose de dónde había venido ese recto de derecha, fue el acontecimiento social y chismográfico de la época. Ni él ni Vargas Llosa contaron jamás su versión de los hechos y eso se entiende: para ambos resultaba vergonzoso eso de querer entrar al descerraje en un matrimonio amigo, en un caso, y eso de sentir celos latinos demostrados a la mexicana, en el otro.

Vargas Llosa se sintió doblemente traicionado. En noviembre de 1971, bajo el sello de siempre de Barral Editores, colección Biblioteca Breve de Balance, había aparecido “García Márquez. Historia de un deicidio”, un libro monumental dedicado a estudiar a ese fenómeno de la literatura universal en el que se había convertido, en sólo cuatro años, el autor de “Cien años de soledad”. A ese libro, que era una biografía del Gabo y un análisis de lo que se ha llamado “el libro más importante del siglo XX escrito en español”, Vargas Llosa le había dedicado, como a todos sus libros pero en dosis probablemente más encarnizadas, horas, semanas, meses de acopio de información, análisis y redacción. Era un libro de 666 páginas –sí, 666- y era tan exhaustivo que llegaba a aburrir. Allí Mario comparaba “Cien años de soledad” con “Madame Bovary” y “El Quijote” y el deicidio del título consistía en que el mundo creado por García Márquez era tan ambicioso, estaba tan cósmicamente estructurado, era tan convincente a pesar de sus ilusionismos, que constituía un ejemplo perfecto de uno de los pocos sueños cumplidos en la literatura de todos los tiempos: el novelista como Dios pagano creando un universo paralelo, el novelista usurpando la Creación.

“Quien se sirve de toda la realidad humana como cantera para un fin tan egoísta y demencial (rivalizar con Dios) sólo puede lograr su propósito sirviendo esa vocación con un egoísmo y una demencia semejante”, escribe Vargas Llosa refiriéndose a García Márquez. El libro tiene como epígrafe una cita de Conrad de “El agente secreto” y, al final, un reconocimiento de Vargas Llosa a quienes hicieron posible su escritura. La lista la encabezan sus amigos “Mercedes y Gabriel García Márquez”.
Consumada la traición de Barcelona, el deicida sería Mario. Jamás volvió a hablar de García Márquez, aunque siempre lo alude cada vez que se refiere a los intelectuales que le toleran todo a Fidel Castro.

Decía Benavente, creo, que los enemigos sólo son temibles cuando empiezan a tener la razón. En este caso no nos movemos en el mundo calculable de la razón sino en el manglar de los gruñidos territoriales. Y, desde la perspectiva de cualquier ética, puede decirse que el derechazo de Vargas Llosa estuvo bien dado. Con lo que se demostró, por enésima vez, que se puede escribir con brillo insuperable, ganar el Nobel, ser un gigante de la creación y, al mismo tiempo, compartir con la humanidad las miserias más de entrecasa.

enero 13, 2007

Enamorado de la muerte

Filed under: Artículos — cesarhildebrandt @ 6:47 am

(La Primera) Enamorado de la muerte
El doctor Alan García está enamorado de la muerte. Ahora dice que, aunque sea solo, luchará por imponer la pena capital a los violadores y a los terroristas.

Lo que no dice es que él ya aplicó la pena de muerte informal a 261 terroristas rendidos y esgrimiendo trapos blancos. Él era el comandante supremo de las Fuerzas Armadas cuando éstas decidieron poner en práctica la doctrina de tierra arrasada que fundara años atrás el generalísimo Clemente Noel Moral, el que le echó gasolina a la hoguera de Ayacucho.

García fue el autor intelectual y Mantilla –la bisagra con el montesinismo de aquel entonces y el de ahora– el veedor, ¿recuerdan?

En cuanto a que “aunque sea solo”, se trata de otra mentira salida de ese géiser de mentiras que es muchas veces la boca del señor presidente constitucional de la República. Él sabe que la mayoría de la gente está con la pena de muerte, que a las multitudes que lo escuchan prometiendo cosas se les haría agua la boca si aquí ahorcaran, inyectaran o balearan a los terroristas pescados infraganti (como aquellos de Ayacucho que acaban de soltar después de difamar) y, más aún, a los violadores como el Monstruo de Armendáriz, cuya culpabilidad se decretó por el testimonio de un turronero.

Es que el doctor García, que necesita su ración de antilitio con urgencia para que la euforia no le haga una mala pasada, interpreta a las muchedumbres hambrientas como nadie. Sólo él puede entender su apetito de muerte, su preferencia por los atajos legales, sus ganas de reproducir la experiencia de Ilave –alcalde lapidado por la justicia popular– a lo largo y ancho del país, como dicen los locutores de Radio Nacional. Sólo él y Lourdes Alcorta, embajadora plenipotenciaria de la muerte, pueden captar la urgencia popular de distraerse como lo hacía el populacho francés cuando lo del Terror. Sólo el doctor García y Giampietri, ese Grau al revés, saben qué es eso de la justicia calibre 7.65 y qué el castigo de Dios con silenciador.

¿Qué pasa con el doctor García y la muerte?
A su partido le fusilaron por la vía del linchamiento uniformado a unos tres mil militantes. Los apristas mataron a 18 militares del cuartel O’Donovan, a Sánchez Cerro, a los esposos Miró Quesada en 1935, a Pancho Graña en el 45 –y hay un pequeño etcétera que permanece en la ambigüedad histórica–.

¿Esa es la muerte de la que está enamorado el doctor García? ¿Esa es la levadura de la que emana su discurso? ¿Quiere que recordemos esos años de barbarie, cuando el Apra quería cambiar el país y mataba para lograrlo? ¿Y quiere que lo recordemos hoy, cuando, superado el quinquenio 85-90, el Apra ni mata –felizmente– ni quiere cambiar nada? ¿O será el recuerdo del grupo Rodrigo Franco, el que mató a Saúl Cantoral y estaba dirigido desde el ministerio del Interior con la anuencia presidencial, el que atormenta y aproxima a la idea de la muerte, como si de una pesadilla se tratara, al doctor García?

Este obseso por la muerte debería preocuparse por la mortalidad infantil, que es una pena de muerte de clase. O de la muerte de los ancianos abandonados, que es una sentencia social. O la muerte lenta de los niños contaminados por el plomo minero, que es un veredicto del sistema. O de la muerte de los tuberculosos que siguen muriendo, lo que es un fallo casi arbitral del ministerio de Salud.

Tal vez sea que, para tranquilizar su conciencia, el doctor García quisiera ver hecha ley de la república la que fue ley salvaje de sus esbirros en el Frontón, Lurigancho y Santa Bárbara. ¿Habría así una limpieza retroactiva de su memoria, doctor García?
La pena de muerte estará siempre asociada a su inutilidad absoluta, a su crueldad siempre posible y a la estadística posibilidad de haber sido impuesta por error, racismo o apresuramiento. La pena de muerte es un asesinato estadual que ensucia el concepto mismo de la autoridad. Y, por último, la pena de muerte siempre será auspiciada por locos, fanáticos y criminales encubiertos de diversa índole.

Cuando la revolución francesa condenó a Luis XVI a la guillotina, el diputado jacobino Louis Legendre propuso que, luego de la ejecución, el cadáver del monarca fuera dividido en 82 trozos para que cada una de las provincias de la naciente república recibiera el suyo. La moción fue rechazada por excesiva. Como nos lo recuerda Vicente Vega, Legendre había sido un hábil carnicero parisino.

enero 12, 2007

Friday 13

Filed under: Artículos — cesarhildebrandt @ 6:46 am

(La Primera) Friday 13
Salimos de ver El niño –una película sobrevalorada por la crítica oficial– y queremos comer algo. Entramos a un café pero la lista nos decepciona, así que caminamos unos pasos sin rumbo hasta que vemos el letrero de algo que parece llamarse Fridays, o algo parecido. Parece lo único abierto a esa hora de la trasnoche.

Una música espantosa nos recibe apenas cruzamos el umbral. No es música: es un tamtam primordial a 200 decibelios por tímpano. Pienso que los oídos me supurarán si sigo oyéndola. Le digo a la camarera que, por favor, la bajen un poco. Me lo promete.

Nos sentamos mientras camareros y camareras pasan con sus uniformes rojos y sus sombreros para todos los gustos: tricornios, panamás, boinas, gorras, sombreros de ala ancha, de arlequines, de relojeros locos. Sus tirantes parecen metálicos de tantos pines que llevan: ¿los habrá condecorado Mario Poggi?

El tamtam no es nada a la hora de los cumpleaños. Y nos advierten que hay dos. Por cada uno sufriremos como chinos desafectos los gritos salvajes, los silbidos con el dedo índice doblado entre los labios, los cacerolazos de las camareras y los camareros que celebran el happy birthday.

Todos parecen adiestrados para hacer el mundo más hostil, más invivible, más oligofrénico. Todos tienen entre 18 y 25 años y parecen (o son) felices con lo que hacen. ¿Quién inventó esto? ¿De qué paraje donde mataban apaches dormidos sale esta franquicia? ¿De qué gusto a lo Bush viene este modo de parodiar al infierno? ¿O esta es creación heroica y modelo nacional?

Muchachos y muchachas pueblan las mesas mientras el tamtam no cesa, matando 40,000 neuronas por segundo, desactivando millones de sinapsis, atacando el hipotálamo, provocando diminutos derrames en el lóbulo parietal derecho, obligando a que la gente grite para ser escuchada. Y la gente grita, claro, para imponerse a los gritos que la desafían desde las otras mesas y en medio de esa gritería universal sólo se pueden distinguir risotadas, blasfemias, putasmadres, choques de vasos contra las mesas y risitas agudas y propiciatorias de chicas que se han pasado de margaritas.

El lugar es como un barco sellado que sigue su rumbo al Mar de los Sargazos, su único destino posible. Tan sellado que nada exterior se le aproxima. No estoy en un restaurante, pienso: me he iniciado en un rito satánico.

Y cuando todo está a punto de volverte loco y convertirte en asesino en serie de una sola noche, cuando estás calculando los múltiples usos que puede tener tu tenedor, entonces pasa el cajero decorado con un sombrero que es un enorme zapato mientras el tamtam arrecia y en la TV, al mismo tiempo, está Fox deportes y desde la mesa te mira, por fin, el cadáver de un pollo hecho trizas y una salsa oscura que hace juego con tu humor. En la mesa de atrás dos adultos gordos beben aturdidos una cerveza mientras –estoy seguro– traman un crimen. Como yo.

enero 11, 2007

La mujer inventada

Filed under: Artículos — cesarhildebrandt @ 6:45 am

(La Primera) La mujer inventada
Ha muerto Carlo Ponti, el que inventó a Sofía Loren. Ha muerto a los 94 años, demasiado viejo para recordar el brillo de su vida y, por lo tanto, exonerado de todo verdadero sufrimiento.

Era abogado graduado con todas las de la ley, pero el cine lo llamó con todos sus imanes: la posibilidad de crear un mundo paralelo mucho más coherente que el real, el glamour de sus mujeres, la sal de sus noches y lo inacabable de su ferocidad.

Comenzó su carrera de productor –jamás pretendió usurpar el papel de los directores– en plena segunda guerra mundial con algunas modestias que no es preciso recordar ahora. Pero en 1950, asociado a Dino de Laurentis, entró en la pantalla grande y se convirtió en lo que fueron, en sus respectivos ámbitos, un Zanuck o un Levine.

Para Federico Fellino produjo “La Strada”, para Vittorio de Sicca hizo “Bocaccio 70” y para Roberto Rosselini “Europa 51”, sólo por citar unos ejemplos.

Pero su gran creación no tuvo soporte de celuloide aunque sí mucho de laboratorio. Se llamó Sofia Villani Scicolone y era una napolitana poderosa cuando Ponti la vio, la tasó, la imaginó, la desvistió y la empezó a construir como la diva que sería después, cuando hizo “Deseo bajo los olmos”, junto a Anthony Perkins, o “Houseboat,” al lado de Cary Grant, y más tarde, cuando ganó el Oscar por su resplandeciente actuación en “Dos mujeres”, de Vittorio de Sicca, película por la que ganaría también el premio a la mejor actriz en los festivales de Cannes, Berlín y Venecia.

Aunque alguna vez Sofía ha dicho “todo lo que ven se lo debo al spaghetti”, lo cierto es que Ponti fue quien la convirtió de actricita insignificante en “Quo Vadis” –donde hizo de extra junto a su madre– y de modelo de fotonovelas baratas a tantas liras la hora, en lo que llegó a ser: un busto viajero a la sensualidad italiana, al desparpajo napolitano, un monumento a la belleza que persiste y que es lo único que queda cuando has perdido una guerra y sólo parece haber pleitos por la escasez y tripas que suenan por la noche.

Claro que Ponti tuvo que refinar esa joya encontrada en la orilla donde se lava la ropa. Dicen que le enseñó a peinarse, a vestirse, a comer sin ruidos, a gozar sin alaridos, a coquetear lo estrictamente necesario, a no salir en fustán a ningún balcón, a afeitarse las axilas si el papel de la próxima película no exigía lo contrario y a acudir al dentista como si se tratara de la misa del domingo. Y dicen que lo que más le costó fue que aprendiera a guardar silencio cuando no tenía mucho que decir, que era casi siempre, y a no decir barbaridades sobre algunos temas delicados, como el pudor femenino, cuando delante había una condesa color ceniza o un prelado vestido de cuervo.

Por casarse con Sofía Loren, es decir con su alter ego femenino, Carlo Ponti fue sometido a un juicio por bigamia y tuvo que huir de Roma y refugiarse en París. Allí produciría, en 1958, la espectacular “Dr. Zhivago”, dirigida por David Lean, con la que ganaron seis Oscar y el aplauso mundial. Hacia los 80, el fisco italiano, que no produce sofías sino berlusconis, lo persiguió acusándolo de evasión de impuestos y tráfico de obras de arte. Lo de la evasión era cierto –¿cómo no estar tentado de hacerlo en un régimen tributario como el italiano?– y lo del tráfico de obras de arte, también. Y como ambas cosas eran ciertas, la justicia de Italia, que mucho le debe a los Luciano y a los Gambino todavía, lo absolvió cuatro años después, en 1983.

Lo curioso es que nadie lo acusó de tráfico de obras de arte por volver universal a aquel patrimonio nacional vestido de mujer que él conoció como jurado de un concurso de belleza.

enero 10, 2007

El olor del dinero

Filed under: Artículos — cesarhildebrandt @ 6:43 am

(La Primera) El olor del dinero
Los neoyorquinos en masa fueron alcanzados antes de ayer por un olor parecido al gas butano, un olor a flato universal, a amenaza de sarín inventado (porque el gas sarín real es inodoro) y, en suma, un olor a necesidad pública que venía de más allá del río Hudson mirado desde la orilla de Manhattan.

Nueva York es una ciudad maravillosa y loca donde, alguna vez y en un solo día, este columnista fue interceptado por un mendigo asaltante que recaudaba fondos para su crac y, pasados unos minutos, vio cómo un hombre impecablemente vestido de la cintura para arriba –pero carente de pantalones y apenas luciendo unos calzoncillos ralos– se empeñaba, con argumentos constitucionales, en entrar en un restaurante de lujo custodiado por dos gorilas entrenados para rechazar a estrafalarios como él.

Nueva York es Babel pero sin Antiguo Testamento. Es una ciudad que el dinero ha querido ennoblecer a la fuerza para que parezca un pedazo de Europa y pueda competir, culturalmente hablando, con Boston o Filadelfia. Pero uno sale del Moma y se encuentra con un taxista etíope, un salchichero salvadoreño y una mesera haitiana que no se ha limpiado bien las uñas. Y no te digo si caminas por Queens, dondo todo es posible y nadie es amable y no sabes de dónde saldrá un colombiano con una bazuca rumbo a su trabajo.

Pero Nueva York es también Broadway caminado entre sus luces, óperas majestuosamente montadas y, de pronto, Woody Allen comiéndose un omelet con cara de mosquita muerta (por lo menos así era, hasta que Woody decidió ganar su guerra de Corea propia y hubo de huir a Londres). Y también es el ombligo del mundo en cuanto a cine mundial se refiere y a librerías de todos los gustos.

Toda esta breve crónica neoyorquina me sirve para imaginar la cara que habrán puesto las secretarias de piernas largas y los ejecutivos despiadados camino a sus búnqueres cuando empezó la ola de ese olor que nadie ha podido describir con exactitud.

Ahora se sabe que ese olor puede haber provenido de los residuos industriales y vertederos de desechos comunes del condado de Secaucus, en el fronterizo estado de Nueva Jersey. Es decir, puede haberse tratado de un olor a mierda venteada –asqueroso pero inofensivo desde el punto de vista de la seguridad–. Porque cuando las narices empezaron a fruncirse y las preguntas a hacerse el alcalde Bloomberg ordenó la evacuación de algunas escuelas, el cierre de ventanas y la interrupción de los trenes que tuviesen como destino a Manhattan.

Así de paranoica se ha vuelto Nueva York desde aquello del 11 de septiembre. Un basurero maloliente puede parecer un ataque aéreo de algún vengador tóxico, así como una cara demasiado marrón y una conducta huraña te pueden costar una detención inmediata en el mostrador de una aerolínea.

Yo dudo, sin embargo, que el famoso olor haya provenido de residuos provenientes de la ciudad de los Soprano. Algo me dice que ese olor, que imagino como coles hirviendo en el cielo, es el olor de la bolsa de Nueva York, el olor del dinero, el olor de las empresas vinculadas al aparato militar cuyas acciones ayer crecieron levemente mientras aviones norteamericanos sobrevolaban Bagdad, vigilaban Kabul y bombardeaban Mogadiscio, Somalia, causando más de 30 muertos en una nueva guerra ajena. Para mí que así huelen los cadáveres islámicos cuando se mezclan con el aroma del uranio empobrecido de las balas y el fósforo de las bombas en el que ardes gritando que Alá es lo más grande.

enero 9, 2007

El Sutep tiene que cambiar

Filed under: Artículos — cesarhildebrandt @ 6:42 am

(La Primera) El Sutep tiene que cambiar
Las cifras son tan contradictorias que dan risa. A las 4 de la tarde el ministerio de Educación insistía en que el 70% de los maestros había acudido a la evaluación convocada por las autoridades. El Sutep sostenía que, a nivel nacional, el 80% de sus afiliados había desasistido al examen.

Con monitoreos como esos, ¿cómo creer en la seriedad del conteo? Cuando las pasiones y el deseo de demoler al adversario se imponen a cualquiera otra consideración los resultados son partes de batalla, guerra sicológica, mentiras recíprocamente lanzadas.

El ministerio de Educación y el Sutep no deberían ser adversarios. Deberían ser socios en la tarea de replantear los fundamentos de la educación pública, deteriorados desde hace cuarenta años.

¿Por qué tenemos maestros tan malos?
Porque hemos hecho todo lo posible por lograrlo.
Es como si nos quejáramos del transporte público después de las leyes salvajes dadas durante el fujimorismo para la importación del saldo japonés de su parque automotriz.

O como si nos preguntáramos por qué Lima está cercada por la miseria cuando hemos trabajado en ello prolijamente y por tantos años consagrando todas las invasiones, alentando el tráfico de terrenos, admitiendo el caos como doctrina urbana y creyendo en las tonterías de Hernando de Soto sobre titulación y capitalismo pujante brotando en medio de las esteras.

Hay muchísimos profesores malos porque con los sueldos que se pagan, las facilidades que se dan, el presupuesto que cada año decrece, no hay manera de convocar a gente culturalmente mejor equipada. Y porque hay institutos pedagógicos que deberían ser cerrados por su incompetencia. Y porque los padres de familia prefieren –y presionan al respecto– malos profesores que aprueban a buenos profesores que jalan respetando la meritocracia. Y porque el Sutep no ha entendido que la educación es un bien público que sólo está provisoriamente –y bajo tutela– en las manos de los maestros.

Si los maestros cumplen, pues ese bien público seguirá en sus manos. Pero si no cumplen, es justo que la sociedad –no sólo el gobierno– revise el papel de los maestros y exija recuperar algunos estándares elementales de calidad.

Lo que no sabe el Sutep es que el examen odiado ya se había dado meses atrás. Fue el examen que, por enésima vez, demostró que nuestros alumnos están penúltimos en Latinoamérica en matemáticas y comprensión de lectura. Ese examen fue doble: comprobó el estado paupérrimo de la educación pública midiendo el rendimiento del indesligable binomio alumno-profesores. Porque es imposible que alumnos patéticos hayan sido educados por maestros brillantes, por más que esos alumnos provengan de hogares donde faltan libros y sobra miseria. Esa fue, entonces, una prueba tácita a los maestros y, por tanto, una tácita descalificación a la labor de muchos de ellos.

No entiendo, por eso, por qué el ministerio de Educación se ha empeñado en un examen redundante. El cuadro de situación ya está dado. Ahora el asunto es ver qué hacemos y cómo discriminamos la paja del trigo (que también lo hay, sobre todo en las sufridas provincias abandonadas por el presupuesto ministerial). Hay maestros que rendirían 100% más si las autoridades de la educación se hubiesen preocupado de crear sistemas de monitoreo que, cada cierto tiempo, hubiesen dado al país un mapeo de las carencias. Con ellos habrían venido cursos de capacitación, correcciones en los programas, desplazamientos hacia otras especialidades, estímulos para mejorar. Lo que tenemos ya no es un diagnóstico de la educación: tiene visos de autopsia.

Y lo que tenemos que hacer es tomar un examen que tenga calificación y cierto efecto punitivo. Porque es también ridículo que un examen no sirva para premiar a los que aprueban y advertir a los jalados. Si el Sutep no acepta que la educación pública es un asunto demasiado importante como para que esté en manos de un sindicato, pues entonces verá pasar el tren del mañana como lo vio pasar la Federación de Empleados Bancarios cuando la ola de Fujimori la dejó pintada en el andén. Y para esto no vale que haya un Huaynalaya salido de las cuevas de Altamira de algún maoísmo sobrante. Huaynalaya está moralmente muerto y él lo sabe. Si el Sutep no quiere seguir sus pasos tiene que aceptar que los profesores deben ser sometidos al escrutinio de la sociedad.

enero 7, 2007

Extinción y capitalismo salvaje

Filed under: Artículos — cesarhildebrandt @ 6:41 am

(La Primera) Extinción y capitalismo salvaje

Los osos polares pesan ahora 25% menos que hace diez años. El deshielo creciente de su hábitat les hace más difícil cazar a sus presas. Están en la lista de animales próximos a desaparecer por los cambios climáticos derivados del recalentamiento de la Tierra.

¿Se imaginan un mundo sin osos polares, sin sus andares grasientos, su nariz de aceituna y sus crías que parecen peluches mecánicos haciéndole el comercial a algún tipo de pilas? ¿Un mundo sin osos polares y con millones de Bush, pinochetistas surtidos, perros fascistas, enemigos de las ONG, defensores de la caza humana en las prisiones como la que perpetró la inextinguible alimaña venida del Japón?

Dos terceras partes de las especies animales que se dieron en la Tierra han terminado extinguidas. Pero las aboliciones de especies de hoy no tienen como causa la evolución o la inadaptación: es la bestia mayor de los mamíferos, el hombre, el que tala árboles para contrabandear maderas prohibidas, mutila a los rinocerontes por los mitos eróticos alrededor de su cuerno o extermina a más de 50 millones de tiburones por año para servir a chinos cada vez más pudientes la muy cotizada sopa de aleta de tiburón.

Según algunas fuentes confiables, están desapareciendo unas 15,000 especies de fauna por año, sobre todo en las selvas húmedas y en las sabanas africanas. La bestia mayor de los mamíferos no se detiene en su tarea de desazular al planeta y volver estéril lo verde y tóxico lo nutricio. La bestia mayor no cree en el planeta: cree en la bolsa, en The Economist y en la Shell. El capitalismo salvaje de hoy interpreta perfectamente a la bestia: sigamos explorando en Alaska, los ecologistas son unos histéricos, el compromiso de una empresa es hacer dinero para sus accionistas.

Y ahora están pensando en exportar al espacio su plaga de langostas: leo en el último número de National Geographic que un científico, enamorado de la capa gigante de hidrocarburos que cubre a Titán, la luna más grande de Saturno, señala: “Si pudiéramos explotar algún día esa materia no habría jamás déficit de petróleo en la Tierra”. Y estoy seguro de que ya hay equipos de investigaciones empujando a la Nasa a que naves como la Cassini se dediquen a buscar fuentes galácticas de materias primas, modos de llegar con sus perforadoras y su mugre a las soledades más distantes con tal de que la bestia mayor de los mamíferos persista en su modo de vivir, o sea quemando miles de hectáreas de árboles cada año para beneficio de los especuladores urbanos o matando millones de búfalos para dejar sin comida a los pieles rojas, como hiciera en sus orígenes la democracia anglosajona que hoy gobierna el mundo (sin firmar ni siquiera el Protocolo de Kyoto).

En el Perú están a punto de desaparecer 301 especies de fauna silvestre, desde el murciélago longuirrostro hasta el albatros de Chattam, pasando por el picaflor de cometa ventigris, el zambullidor de Junín, la perdiz de Kalinowski, el saltojo, el cocodrilo de Tumbes, la tortuga dorso de cuero, la chinchilla, el churrete de pecho blanco, el petrel de Galápagos, el potoyunco, el piquero de Nazca, la pava barbada, el gavilán dorsigris, el perico macareño, el mono choro de cola amarilla, el lobo de río, el oso de anteojos, el ratón montaraz rosalinda o el tucancito semiamarillo. Y toda esta maravilla al borde de la extinción corre peligro por mano del hombre, que ha destrozado paisajes enteros, cambiado los regímenes de lluvia, cazado en demasía y eliminado por deporte y alterado las cadenas alimenticias de parajes enteros de selva, sierra y costa.

¿Y qué seguimos haciendo los mamíferos mayores en este país? Pues seguimos dando autorizaciones para que todas las pluspetrol que quieran perforen la selva y hagan lo que hicieron a lo largo del gasoducto de Camisea: devastar un área equivalente a tres países de Centroamérica. ¿Y qué dicen al respecto el mayor de los mamíferos a cargo y sus perros escribas? Pues que a la minería, que se lleva lo que hoy cuesta mucho y mañana puede costar poquísimo, no hay que tocarla ni con el roce de un impuesto a la megaganancia. “No podemos ahuyentar al capital extranjero” clama el mamífero que nos preside, olvidando que ningún capital va a huir porque le cobren impuestos, ya que el oro no se mueve de las montañas cajamarquinas donde reside ni el cobre se va a ir de Toquepala o de La Oroya, las ciudades donde los niños respiran y comen plomo pero pesan menos que todos los niños de su edad.

Estos “globalistas” de chaveta y Friedman no quieren saber nada con lo verde, excepto que sea el de los dólares. Les parece una oenegenada, casi un amaneramiento sensiblero. No le creen ni a Al Gore cuando sostiene que si la capa de hielo de Groenlandia se derritiera –y a este ritmo de calentamiento se derretirá en cincuenta años- el nivel del mar puede subir en ciertas regiones unos siete metros, con lo que Manhattan se volvería submarina y el Callao podría anclar en Miraflores.

¿No viven estos irresponsables en un planeta viviente al que estamos matando, no respiran este monzón de brea que son nuestras ciudades, no sienten que los veranos son más largos? No. Ellos están leyendo The Economist, apañando a Fujimori, sintiendo nostalgia por Aznar, diciendo lo que lo más ruin del sistema quiere oir y proclamándose liberales, como si esa palabra fuera un escudo con que cubrir su miseria intelectual. La Tierra está enferma. Enferma de nuestra especie. Enferma también de capitalismo salvaje.

enero 6, 2007

Hablando de don Juan

Filed under: Artículos — cesarhildebrandt @ 6:40 am

(La Primera) Hablando de don Juan
Releo a Ramiro de Maeztu hablando de la leyenda del don Juan y del donjuanismo en general. Me interesa el tema porque estoy convencido de que en casi todos los hombres hay, mal disimulado muchas veces, un bosquimano sexual que la educación sujeta, la conciencia contiene y la capacidad de temerle al remordimiento ayuda a amansar.

Me interesa el tema porque, además, es divertido y porque concierne soberanamente a ustedes ya saben quién, del que hasta ahora no hay un buen ensayo que apunte a su personalidad y a cómo se fue construyendo.

En fin, De Maeztu distingue dos don Juanes. Uno, el que podríamos llamar el centroeuropeo –francés a lo Moliere, inglés a lo Byron, o austriaco en el drama de Mozart–, que es el don Juan que salta de cama en cama pero que en cada percance deja un poco de corazón y de desgarro. Ese don Juan se enamora con frecuencia y por eso sufre como si no fuera don Juan, sufre como monógamo y actúa como mormón enviagrado. Dice don Ramiro de Maeztu que ese don Juan que se enamora no es un don Juan verdadero, es un remedo sentimental del don Juan real, el único que ha existido, el españolísimo don Juan de Tirso de Molina y el otro, más cercano, de José Zorrilla, literariamente el más logrado, el archifamoso Burlador de Sevilla.

Para De Maeztu el egoísmo monstruoso, la perseverancia en el capricho, la incapacidad de mirar al otro (o a la otra), son rasgos típicos del don Juan español, rasgos que vienen a su vez de algunas distorsiones ancestrales de la vieja España.  Pero, cuidado, De Maeztu no reniega de esa solera discutible porque –dice– es también vida pura, energía inagotable, carencia de hipocresía.

¿Qué busca don Juan? No busca nada, señala el magistral ensayista español. “Porque el amor –apunta– no busca: es él el propio hallazgo”. Lo que busca, en todo caso, es un pabellón de caza de mujeres vencidas en el juego del sexo, que es el juego del poder. Don Juan es el imperio personal que no conquista países sino candideces. Don Juan, por tanto, mandado sólo por el placer, es un vacío victorioso, un cínico para quien el amor sin amor es un modo de matar el tiempo y desafiar, sin saciedad posible, territorios ajenos.

Y hay don Juanes y no muchas doñas Juanas porque para De Maeztu el hombre tiene menos espíritu que la mujer. De Maeztu precisa qué entiende por espíritu: la proximidad del cuerpo y del alma (la conciencia, diríamos ahora). Don Juan, en cambio, ejerce su frialdad depredadora con la estirpe de los guerreros. Con la diferencia de que, al revés de los guerreros, don Juan huye luego de que la ciudad se le entrega. Sus verdaderas victorias no están en disfrutar del saqueo de la ciudad tomada sino en imaginar cómo será el sitio de la próxima y de cuánta paciencia sañuda habrá de echar mano.

Hay una pulsión autodestructiva en el don Juan legendario que Tirso de Molina inventa en 1630, en una primera edición barcelonesa, y en el decimonónico de Zorrilla. En la versión del romántico Zorrilla, don Juan llega a su fin como profesional del cabildeo amoroso cuando conoce a doña Inés, una adolescente que le cree todas las mentiras, que espera todo lo que él no podrá darle, que no lo ama por dinero ni por fama sino por arbitrariedad, que es la única causa de un gran amor.

Cuando la vida de don Juan va a cambiar, entonces viene ese toque emocionalmente suicida que lo persigue y sucede la muerte del Comendador, padre de la amada, y la desgracia pasajera del propio don Juan, el matador. Don Juan volverá más tarde a sus enredos pero ya no será el mismo: la amargura del que ha conocido el amor y ha tenido que perderlo será una mueca en su rostro.

Porque detrás de los éxitos bailables de los don Juanes de todas las épocas –por más poder que aparenten– están las tribulaciones que el destino reparte sin excusa.

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