César Hildebrandt Blog

diciembre 29, 2006

Reincidencia en elogiar la locura

Filed under: Artículos — cesarhildebrandt @ 6:26 am

(La Primera) Reincidencia en elogiar la locura

Qué sería del mundo sin los locos, los extasiados por lo que nadie ve, los prestos a embarcarse en aventuras de náufragos. Qué sería del mundo sin los que escuchan truenos donde otros oyen pasos, sin los que tocan el cielo rozando una naranja, sin los que se enfermaron de fiebre amarilla en Manila a pesar de no haber salido nunca de Lima.

Qué sería del mundo sin aquellos que juran que un rayo inamistoso les chupa las ideas, las convierte en ecuaciones y se las descifra al vecino, que ha hecho un hueco en la pared medianera para cumplir su cometido de cuatrero mental y de hijo de su madre, señor César, que esto me lo hace hace 20 años el cochino ese y no hay quien me crea y encima dicen que soy esquizofrénica, como si se pudiera ser esquizofrénica trabajando como yo trabajo y nadie se ha quejado de mi corrección en la oficina.

Está esa locura, que es un galope a todo dar de complós y delirios surtidos y quizás de narcicismos llevados al extremo. Porque en todo esquizofrénico late el ego aporreado de quien no pudo ser por culpa de los otros y el dolor por el bien perdido y por el reconocimiento esquivo. No hay mucha distancia, como se ve, entre un esquizofrénico y un grafómano que se dice escritor, un payaso del color que se jura pintor o un picapedrero escaso que mira a Rodin por encima del hombro. La diferencia es que el esquizofrénico termina internado mientras que el narcicista todavía en control de sí mismo suele terminar perorando en la página cultural de El Comercio.

Pero en estas líneas me refiero mucho más a lo que la gente llama locura y que consiste, por ejemplo, en hacer de la rebeldía el único dogma aceptable. No una rebeldía caprichosa, claro, sino una de esas que dejan con los ojos abiertos a los custodios del orden (o sea a los padres) y a los doctrineros del sentido común (es decir los castradores de profesión) y a los consejeros de familia, o sea esa manga de hipócritas que aconsejan la camisa de fuerza para el que no persigue el dinero y el éxito, la cadena perpetua para quien no quiera estudiar administración y la pena de escuchar a Alan García todos los días si el proyecto de hombre mira con amor a las musarañas.

La locura no clínica es la capacidad de salirse de la autopista y detenerse en rutas arenosas a tomarse un chupín de congrio, o apostar a esos largos silencios que los demás tomarán como hostilidad, o decir no cuando la mayoría dice sí y desconfiar de los 40 principales y pensar por cuenta propia aun cuando eso te lleve, muchas veces, a la soledad. Hemos creado un mundo tan estúpido que estar a contramano es casi un deber filosófico. Un mundo en el que sólo un poco de locura podrá salvarnos. Un mundo en el que sólo podrá ser auténtico el que escuche a lo lejos, muy a lo lejos, el retumbar de la manada, las órdenes vaqueras.

Xavier Abril, tan poco leído hoy y tan magnífico siempre, escribió: “Soy una manera de la locura… El fondo, si queréis, de la locura”. Y, en efecto, Abril es uno de los ejemplos más radicales de libertad, que es el sustrato de toda locura. Y hablo no sólo de la libertad literaria sino de la vital, la del convicto de todas las pasiones que creyó válidas para esperar la muerte.

La cordura, como se sabe, es una vaga sucursal de la muerte y doma lo mejor que hay en nosotros. La cordura tiene cara de regente y babas de notario. Tú estás soñando con alguna niebla prodigiosa y acabas de descubrir que las “Cuatro estaciones” tocadas por Anne Sophie Mutter suenan como nunca te habías podido imaginar que sonaran, y entonces llega la cordura que tiene timbre de teléfono y cuerpo de titanio y te saca del ronroneo vagabundil. La cordura es el contador que te llama para recordarte el monto de una mora mientras tu mirada se clava en la gaviota que hace el primer picado exitoso de la mañana.

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