César Hildebrandt Blog

diciembre 31, 2006

Señores de horca y cuchillo

Filed under: Artículos — cesarhildebrandt @ 6:31 am

(La Primera) Señores de horca y cuchillo

Si Saddam Hussein mereció la horca, ¿qué guillotina a medio afilar merecen los que lo sostuvieron y armaron cuando era el dictador que se enfrentaba al Irán que  humilló a los Estados Unidos?

¿O no queremos recordar que Hussein fue el niño mimado de la política exterior norteamericana cuando agredió en 1980 al Irán pos Sha? (El corrupto Sha que debió su ascenso al golpe de Estado de 1953 organizado por la CIA en contra del primer ministro nacionalista Mohammed Mossadegh).

¿Y por qué la CIA, junto a Gran Bretaña, derrocó a Mossadegh en 1953? Porque Mossadegh había empujado la nacionalización del petróleo en 1951 y aspiraba a una política exterior autónoma basada en la riqueza del crudo y en propuestas moderadamente modernizadoras. El Sha, en cambio, mantuvo por el tiempo requerido por sus aliados el barril del crudo a 20 centavos de dólar. La British-American Petroleum, nombre decidor por aquel entonces, jamás ganó tanto dinero.

Y Mohamad Reza Pahlevi, el Sha, dirigió los destinos de Irán convirtiéndose en el principal comprador de armas de los Estados Unidos y haciendo de Irán poco menos que un protectorado de segunda. Eso hasta que llegaron los molás, con Jomeini a la cabeza, en 1979.

Fue el mismo año en que Saddam Hussein, que venía del Partido Baas –un movimiento fundado por un cristiano sirio en 1953 y cuyo primer objetivo fue unificar a los árabes– se hizo con el poder absoluto en Irak tras derrocar a quien lo había nombrado vicepresidente de la junta militar baasista, Hasan al Bakr.

A este Hussein, matón de la política, autócrata desde sus primeros discursos, peligroso desde sus primeras decisiones, Estados Unidos lo armó, lo arropó y lo encubrió en la ONU; todo con tal de que mantuviera la bárbara guerra de agresión en contra del Irán de los ayatolás.

La guerra en contra del Irán islamista y antiimperial duró ocho años y produjo un millón de muertos entre los dos bandos. Pero Irak no pudo ganarla, como sí ganó la guerra interna en contra de los kurdos alentados desde Irán y masacrados con el conocimiento de la Casa Blanca. Como fueron perseguidos y masacrados los opositores chiítas, con la tácita aprobación de Washington mientras Irak cumpliese su papel de hacerle la vida más difícil a Jomeini y su teocrático entorno.

Más de 40,000 millones de dólares en ayuda militar norteamericana fue lo que Saddam Husseim recibió para ser el patrullero occidental más vehemente y asesino de la región. Pero lo que pasa con los frankenstein es lo que le pasó al títere de Washington: creyó que podía aterrorizar por su cuenta e invadió Kuwait en agosto de 1990. El socio trocó en villano en 24 horas, las que se demoró Bush papi en anunciar lo que sería la guerra del golfo. El petróleo kuwaití estaba de por medio y no era asunto de dejárselo a un renegado. No importaba que Kuwait se hubiese inclinado a la causa iraquí en su guerra de agresión en contra de Irán. Ni importaba que Irak hubiese reclamado Kuwait como su territorio desde la caída del imperio otomano, muchos años antes de que, en 1938, se descubriera la vastedad de su riqueza petrolera. Lo que importaba era darle una lección a un hermano menor soliviantado.

Y se la dieron. Pero Bush padre paró la guerra cuando las tropas norteamericanas iban a capturar Bagdad. Con lo que Hussein pudo conservarse en el poder, hacer más opresivo su régimen y ensañarse con kurdos, chiítas y miembros del ejército que conspiraron tras el desastre de la derrota. Es que a Bush padre tampoco le interesaba excederse con quien había trabajado tanto por la causa de los Estados Unidos, con lo que demostró ser más fiel a la manchada memoria de la Casa Blanca de lo que sería, años después, su fronterizo primogénito.

Ayer ahorcaron a Saddam Hussein. Lo ahorcó un tribunal títere –hubo que sacar al primer juez porque dio demasiadas muestras de imparcialidad– nombrado por un gobierno patéticamente títere, en un juicio ordenado por las autoridades de ocupación, que no tuvo ningún asomo de seriedad y que ha sido condenado por todo el mundo civilizado: desde el régimen de Michelle Bachelet, hasta el gobierno de Finlandia; desde Amnistía Internacional hasta la Unión Europea; desde Rodríguez Zapatero hasta el nuncio papal en Bagdad. El relator especial de la ONU, Leandro Despouy, especialista en estándares de justicia, censuró el proceso por indebido y la condena por írrito.

Hussein ha muerto con la dignidad que debió tener a la hora de enfrentar al ejército que vejaba a su país. Eso de esconderse en Tikrit para que los mártires de Alá hicieran el trabajo que debió hacer su propio ejército quedará como una vergüenza indeleble en la historia de Irak.

A las pocas horas del ahorcamiento, celebrado por Bush, ya habían estallado en Bagdad cuatro coches-bomba y otros 37 muertos se añadían a la lista de cientos de miles de “bajas de guerra” causadas por una política exterior norteamericana que recuerda la ocupación y captura de Hawaii –derrocamiento de la reina Liliuokalani en 1893– y Filipinas –reemplazo del imperio español en 1898-.

Irak fue invadido en nombre de mentiras ya admitidas. El juicio de Hussein fue otra mentira. El propósito de esta guerra, de la que Estados Unidos saldrá tan herido moralmente como salió de Vietnam, es sólo la rapiña y la expansión del dominio militar de la única potencia que puede invadir territorios y pisotear soberanías con la anuencia de la imbecilidad mundial y la renuncia europea a adoptar un papel de importancia en el mundo. Europa ya no es sólo un viejo continente: es un proyecto expirado. A los que pensábamos que Estados Unidos, a pesar de todas sus miserias, podía ser Roma, nos viene la desilusión: el historiador norteamericano James Carroll apunta a que, más que Roma, Estados Unidos es Esparta, “un Estado-fortaleza”. Y un Estado-fortaleza que gasta más en guerras que en la salud de su propia gente, que vende bonos para financiar su déficit fiscal de seiscientos mil millones de dólares y que sigue cavando el abismo de su balanza comercial mientras a su moneda la sostienen el miedo chino, la solidaridad japonesa y la anglopolítica de la Unión Europea. ¿Cuántas guerras más emprenderá esta Esparta dirigida por lo más ignorante y rapaz de su clase política? ¿Qué quedó de Esparta?

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diciembre 30, 2006

Construyendo el diario propio

Filed under: Artículos — cesarhildebrandt @ 6:30 am

(La Primera) Construyendo el diario propio
La prensa peruana –con las excepciones del caso– ha cumplido el sano papel, durante todo el 2006, de empujar a la gente con dos dedos y más de frente hacia la Internet.

Resulta tan aldeana y lobotomizada la prensa escrita peruana, tan comarcal y taradita, que este columnista, al igual que miles de internautas, se construye todos los días un periódico propio con retazos de aquí y de allá, opiniones del otro lado del mundo, salpicones de prensa anglosajona, artículos de opinión escritos en castellano –no en el mozárabe-achorado de Aldito Mariátegui– y hasta videos hechos para acercarse a la verdad y no para escamotearla, como hacen aquí Madeinusa Valenzuela y su banda ancha.

Así que tengo el diario que elijo, el que nace del derecho de escogencia y el que puede ser el diario del futuro: el que cada uno se haga ante su computadora cada mañana, el desayuno noticioso personalizado. Y lo que debe leerse detenidamente porque no es noticia sino columna con nombre propio, pues eso se imprime y se guarda para más tarde, como si fuera el suplemento en soporte de papel que apartas para la noche.

Así, sólo me queda ojear al paso la prensa aborigen: repasar la desinformación premeditada o idiota –da lo mismo–, la pequeñez de miras, la predominancia del crimen, el asesinato de lo importante, la abolición de las reglas sintácticas, el odio casi fundamentalista hacia lo que pueda tener algo de profundidad. Luego de ese buche me queda divertirme con las columnas de José Antonio Primito de Rivera (o sea Mariátegui) y las de ese monumento al Alzheimer moral que escribe junto a él desde Arequipa, pasar lo más rápido que se pueda por la ideologización noticiosa –fenómeno repulsivo gracias al cual los pobres lectores llegan a creer que la Comisión Interamericana de Derechos Humanos ha ordenado reivindicar a Sendero Luminoso– y llegar al Kilimanjaro de los Miró Quesada, el diario donde cada dos semanas sucede algo importante: escribe Mario Vargas Llosa.

De modo que de ese diario personal que me construyo cada día, puedo obtener el detalle de noticias como la aparición de una isla de hielo de 66 kilómetros cuadrados, surgida monstruosamente del calentamiento global.

En efecto, en la barrera ártica de Ayles las nuevas temperaturas globales han desprendido un trozo colosal de hielo, un breve país gélido y errante que ha estado navegando hacia el oeste del extremo norte del Canadá y que ahora se encuentra a 50 kilómetros del lugar de donde ocurrió el desprendimiento.

Esto ilustra, para vergüenza de Bush y su gavilla, cuán rápido va eso del calentamiento global y cómo es que las nuevas generaciones habrán de maldecirnos, con justa razón, por permitir que el hampa corporativa hiciera lo que está haciendo con el planeta.

Otra noticia que ayer me conmovió fue una sucedida en Salamanca y que tiene que ver con Miguel de Unamuno y Jugo. Salamanca es una ciudad áspera y bella, histórica y catedralicia, donde el invierno es de perros y donde dicen que reposa parte de la calavera de Rui Díaz de Vivar, el Cid nada menos. Eso importa poco. Más importa saber que en Salamanca ocurrió, en el paraninfo de su universidad, el famoso incidente del 12 de octubre de 1936.

Ese día, el mutilado general franquista Millán Astray golpeó una mesa de ceremonias con la única mano que le quedaba y lanzó el escalofriante grito que hasta hoy sigue siendo el emblema de las derechas unidas de España (y del mundo): “Viva la muerte, mueran los intelectuales”. La respuesta de don Miguel de Unamuno, rector del claustro, no se hizo esperar: “Venceréis, pero no convenceréis… Tenéis la fuerza bruta…” Unamuno fue acallado por el rastrillar de las armas y el abucheo del público, identificado con el alzamiento del 18 de julio de ese año.

Ese mismo día a Unamuno –grande entre los grandes, un autor al que apelo cuando debo recordar lo tóxico que puede ser vivir– le quitaron el rango de concejal, la categoría de socio honorario del casino municipal y, por la noche, el rectorado de Salamanca. Se encerró a escribir el que sería su último libro –El sentimiento trágico de la vida– y a morir con la dignidad que jamás tendrían los que fusilaban a sus amigos y llegaron a fusilar a España entera.

La noticia es que ayer unos concejales socialistas pretendieron que el municipio de Salamanca borrase simbólicamente el acta de expulsión de don Miguel, ya que este 31 de diciembre se cumplen 70 años del fallecimiento del ilustre escritor. Y la gran noticia es que el Partido Popular, la federación de las derechas españolas, dijo que no a través de sus voceros. Dijo que no y con su mayoría endémica en Salamanca logró que el acta del 12 de octubre de 1936 sobreviviese como documento del odio que las derechas sienten por la inteligencia y la altivez que suele acompañarla. De modo que, 70 años después de muerto, Unamuno sigue siendo concejal expulsado de la corporación municipal de Salamanca en base al acta de 1936, uno de cuyos párrafos lo acusaba “de descortesía rencorosa en el acto académico de la Fiesta de la Raza…y de antipatriota actitud ciudadana, de vanidad delirante e incompatibilidad moral…”

La guerra civil en España no ha terminado. Aquí tampoco, sobre todo si aquí las derechas ni siquiera necesitan ganar las elecciones para gobernar y si aquí sobran los Millán Astray –uniformados y de paisano, al estilo del dóberman de los Agois– y faltan los Unamuno y sobra el puterío intelectual.

P.D. Ayer cambiaron a la jueza que mandó detenerme para “atestiguar” lo que no podía atestiguar. Ayer acudí al XII Juzgado Penal y el nuevo magistrado a cargo de ese despacho me trató con la cordialidad ciudadana que me había prometido el doctor Wálter Vásquez Vejarano y ratificado el doctor Francisco Távara. Ambos me convencieron de que, en el caso de que alguien hubiera tramado una persecución en mi contra, el poder judicial estaría al margen de cualquier maniobra. Le expliqué al doctor Vásquez Vejarano que el propio exhorto era una maniobra pero que, tratándose de un pedido personal de alguien a quien jamás quise dejar de respetar, acudiría bajo esas garantías. La diligencia de ayer, sin la jueza obstinada que había prometido llevarme a la fuerza, me probó que tanto Vásquez Vejarano como Távara cumplieron con su palabra. Gracias a todos los que expresaron su solidaridad. Y a los que nos pintaron asilados en una embajada, huyendo como ellos huirían si Humala hubiese ganado, un feliz año nuevo. Lo de próspero lo tienen asegurado por lo que han hecho con este oficio del periodismo.

diciembre 29, 2006

Reincidencia en elogiar la locura

Filed under: Artículos — cesarhildebrandt @ 6:26 am

(La Primera) Reincidencia en elogiar la locura

Qué sería del mundo sin los locos, los extasiados por lo que nadie ve, los prestos a embarcarse en aventuras de náufragos. Qué sería del mundo sin los que escuchan truenos donde otros oyen pasos, sin los que tocan el cielo rozando una naranja, sin los que se enfermaron de fiebre amarilla en Manila a pesar de no haber salido nunca de Lima.

Qué sería del mundo sin aquellos que juran que un rayo inamistoso les chupa las ideas, las convierte en ecuaciones y se las descifra al vecino, que ha hecho un hueco en la pared medianera para cumplir su cometido de cuatrero mental y de hijo de su madre, señor César, que esto me lo hace hace 20 años el cochino ese y no hay quien me crea y encima dicen que soy esquizofrénica, como si se pudiera ser esquizofrénica trabajando como yo trabajo y nadie se ha quejado de mi corrección en la oficina.

Está esa locura, que es un galope a todo dar de complós y delirios surtidos y quizás de narcicismos llevados al extremo. Porque en todo esquizofrénico late el ego aporreado de quien no pudo ser por culpa de los otros y el dolor por el bien perdido y por el reconocimiento esquivo. No hay mucha distancia, como se ve, entre un esquizofrénico y un grafómano que se dice escritor, un payaso del color que se jura pintor o un picapedrero escaso que mira a Rodin por encima del hombro. La diferencia es que el esquizofrénico termina internado mientras que el narcicista todavía en control de sí mismo suele terminar perorando en la página cultural de El Comercio.

Pero en estas líneas me refiero mucho más a lo que la gente llama locura y que consiste, por ejemplo, en hacer de la rebeldía el único dogma aceptable. No una rebeldía caprichosa, claro, sino una de esas que dejan con los ojos abiertos a los custodios del orden (o sea a los padres) y a los doctrineros del sentido común (es decir los castradores de profesión) y a los consejeros de familia, o sea esa manga de hipócritas que aconsejan la camisa de fuerza para el que no persigue el dinero y el éxito, la cadena perpetua para quien no quiera estudiar administración y la pena de escuchar a Alan García todos los días si el proyecto de hombre mira con amor a las musarañas.

La locura no clínica es la capacidad de salirse de la autopista y detenerse en rutas arenosas a tomarse un chupín de congrio, o apostar a esos largos silencios que los demás tomarán como hostilidad, o decir no cuando la mayoría dice sí y desconfiar de los 40 principales y pensar por cuenta propia aun cuando eso te lleve, muchas veces, a la soledad. Hemos creado un mundo tan estúpido que estar a contramano es casi un deber filosófico. Un mundo en el que sólo un poco de locura podrá salvarnos. Un mundo en el que sólo podrá ser auténtico el que escuche a lo lejos, muy a lo lejos, el retumbar de la manada, las órdenes vaqueras.

Xavier Abril, tan poco leído hoy y tan magnífico siempre, escribió: “Soy una manera de la locura… El fondo, si queréis, de la locura”. Y, en efecto, Abril es uno de los ejemplos más radicales de libertad, que es el sustrato de toda locura. Y hablo no sólo de la libertad literaria sino de la vital, la del convicto de todas las pasiones que creyó válidas para esperar la muerte.

La cordura, como se sabe, es una vaga sucursal de la muerte y doma lo mejor que hay en nosotros. La cordura tiene cara de regente y babas de notario. Tú estás soñando con alguna niebla prodigiosa y acabas de descubrir que las “Cuatro estaciones” tocadas por Anne Sophie Mutter suenan como nunca te habías podido imaginar que sonaran, y entonces llega la cordura que tiene timbre de teléfono y cuerpo de titanio y te saca del ronroneo vagabundil. La cordura es el contador que te llama para recordarte el monto de una mora mientras tu mirada se clava en la gaviota que hace el primer picado exitoso de la mañana.

diciembre 28, 2006

García y la coca

Filed under: Artículos — cesarhildebrandt @ 6:25 am

(La Primera) García y la coca
El doctor Alan García les dijo a los corresponsales extranjeros con sede en Lima –la nota fue difundida por bbcmundo.com y por algunas agencias internacionales extra red– que la hoja de coca sabía amarga pero que era altamente energética y buenísima para el aclare de garganta y que él mismo la había chacchado en la última campaña electoral para combatir la fatiga de los mítines interminables y darle voz debida a sus discursos cuando las cuerdas vocales comenzaban a fallarle.

“Es un poco amarga pero si uno se acostumbra, no lo es tanto y, además, tiene buenas condiciones alimenticias”, dijo el doctor García, ante la admiración de la prensa internacional, el pasado 22 de diciembre.

“La hoja de coca es consumible y nuestro mundo andino no es torpe en sus instintos”, añadió.

Pasó de inmediato a sugerir posibles usos:
–Como ensalada, inclusive como ensalada excluyente al estilo de la arúgula, “que también es un poco amarga y sin embargo nadie dice nada”;
–En el asado, horneada;
–Empleada como el romero, es decir como aliño y aromatizante, en diferentes platos;

–En la medicina de garganta, como remedio casi infalible en contra de toda carraspera. Indispensable –sostuvo– al lado de cantantes y oradores. “Muchas veces me ha sacado de apuros”, dijo.

Y hay que creerle. Hay que creerle a pie juntillas. Como si de un santo de los martirios se tratara.

Ahora, lo que es difícil de creer es que el doctor Alan García hiciera esta apología de la coca apenas dos días después de que unos rufianes rurales produjeran la matanza de ocho personas en el Vrae, valle de los ríos Apurímac y Ene.

Eso es lo que dice el despacho de la BBC de Londres: “Las palabras del presidente se producen dos días después de que una emboscada contra una patrulla antidrogas en la región de Ayacucho –conocida por sus plantaciones de coca– dejara el saldo de 5 policías, 2 trabajadores de Enaco y un niño que los acompañaba, muertos”.

¿Y cómo es que a 48 horas de esa tragedia, que en otros países habría causado el cese del ministro del Interior o el del titular de la Policía, el señor presidente de la República –comandante supremo de las Fuerzas Armadas– se vuelva cocinero de la coca, gastrónomo de la coca, abogado de la coca, consumidor de la coca por fatiga o carraspera, amante, en fin, de la hoja de coca “porque la mejor manera de ayudar en este aspecto es encontrar mercados legales a las hojas”?

“Para que esas tierras puedan producir algo que tenga un destino económico, hay que encontrar maneras de que la hoja de coca pueda insertarse en el mercado lícito”, dijo el doctor García en ese encuentro que la prensa nativa apenas trató porque las llamadas de Palacio a las redacciones llovieron como contratos de la Sunat.

Así que ya saben. Los periodistas extranjeros se han enterado antes que nosotros de que la nueva política del Perú respecto de la coca será encontrarle fatigas y gargantas, ensaladas y asados, para que los cocales sigan produciendo “un producto que tiene destino económico” y los pobres policías sigan siendo matados, junto a funcionarios de Enaco, en el infierno enmarañado del Vrae. Matados en nombre de una política de erradicación que el doctor García ha sustituido delante de la prensa extranjera dos días después de la tercera matanza ocurrida en el corazón del Vrae, la flamante y bendecida –por el jefe de Estado, nada menos– República Popular de la Coca.

diciembre 27, 2006

Sangre de terceros

Filed under: Artículos — cesarhildebrandt @ 6:24 am

(La Primera) Sangre de terceros
No es que la Corte Interamericana de Derechos Humanos haya fallado en contra del Estado peruano –así, en abstracto–. Es que la Corte ha acusado de perpetrador de masacres a Alberto Fujimori Fujimori, con lo que el asunto de su extradición desde el Chile que lo acoge se complica.

De allí el nerviosismo de las marthas y los shows de los raffos. De allí por qué a García le interesa tanto hablar en estos momentos de los gastos de Toledo: para que la gente no repare en la gravedad de la sentencia internacional en contra de Fujimori.

Al ciudadano japonés que nos gobernara lo han condenado por ser el autor intelectual de los diez asesinatos del caso La Cantuta y de los 41, en 1992, del penal Castro Castro. Uno de los jueces de la corte de San José señala en su voto que lo ocurrido en Castro Castro “fue una masacre premeditada” y la unanimidad de los juristas que integran el máximo tribunal de los derechos humanos en esta parte del mundo no tiene la menor duda de que el escuadrón de asesinos llamado “Colina” obedecía órdenes presidenciales.

Ninguna de las dos matanzas, dicen los jueces, se habría podido cometer “sin el conocimiento y órdenes superiores de las más altas instancias del poder ejecutivo peruano de aquel entonces…”

No se sabe si la sentencia de San José, tan poco comentada por la prensa alanista y sus anexos telefónicos, apunta sólo a Fujimori o es un presagio de lo que podrá ocurrirle al propio García, que hizo en las prisiones, pero en dimensión mayor, lo que su actual compañero de aventuras hizo en Castro Castro.

El dictamen de San José califica como “crímenes de lesa humanidad” lo ejecutado por Colina y ordenado por Fujimori, quien, como se tuvo en cuenta en el fallo, premiaría más tarde a sus esbirros con reconocimientos firmados, ascensos delivery y amnistías personales.

El problema es que hace unas semanas, el abogado de Fujimori solicitó a la Corte Suprema de Chile que rectificara al juez Orlando Álvarez y que le ordenase que mantuviese abierta la recepción de pruebas cuando dicho magistrado ya había anunciado el cierre del expediente para su decisión final. La Suprema chilena no se ha pronunciado sobre dicha apelación y ahora podría decir, si la justicia fuera su objetivo, que acepta la solicitud de Fujimori y que, por tanto, se reabra el proceso de recepción de pruebas, con lo que sería posible la incorporación de la sentencia de San José al expediente de la extradición. Si eso sucediera, podríamos estar casi seguros de que el prófugo regresaría esposado y que las marthas y los raffos berrearían interminablemente en las ondas amigas de sus radios amigas y sus televisiones de entrecasa.

Que Fujimori pueda ser extraditado con el telón de fondo de sus crímenes en contra de los derechos humanos es algo que pone en un grado de excitación difícil de describir al señor presidente de la República. García no desea eso y hace todo lo posible para entretenernos defendiendo sus no-negociaciones con Telefónica y la caridad acordada con las empresas mineras, llamando demagogos a los que le recuerdan sus promesas y cabezas calientes a los que dicen que es aburrido verlo a diario inaugurando lo que pensaron otros, ceremoniando tareas de ministros y hablando maravillas de sí mismo.

Pero es que así se calma, dicen. Un fantasma golpea con sus nudillos su ventana: un fantasma japonés y ensangrentado de sangre de terceros.

diciembre 24, 2006

Mentiras por teléfono

Filed under: Artículos — cesarhildebrandt @ 6:21 am

(La Primera) Mentiras por teléfono
-Oh, qué bien –dice la prensa búfala, o sea el 98.92 % de la prensa peruana, empezando por el decano y por su torero oficial don Bernardo Roca Rey, el marido de  Macarena Leguía.

–Oh qué bien –dice Madeinusa Valenzuela mientras prepara la próxima sopita de Racumín para su sana competencia, o sea todas las que la rodean.

–Oh, qué bien –dice Chicho Mohme mientras Samanez lo engríe con un contratazo flamante de la Sunat, que una cosa es ser sucesor de su apá y otra es olvidarse de los negocios.

Y el oh qué bien, que hasta lo dice el diario paciente que me acoje por ahora, está dirigido al asunto de la Telefónica. La República, del Chicho, llega a decir que los usuarios telefónicos han recibido su Navidad por adelantado y saca a un García con cara de estratego y anteojos de negociador resabido.

¿Pero qué es lo que se ha logrado después de tres meses de negociaciones?
Casi nada, es la verdad.
Yohny Lescano, a quien la prensa ha decidido no entrevistar para no fregarle la nochebuena al hombre de Palacio, dice que lo obtenido es, a propósito de las fiestas, moco de pavo.

Lescano ha sacado sus cuentas de inmediato y tiene pruebas para denunciar la estafa.

Dice, por ejemplo, que en el caso de la Línea Clásica Residencial se habla de una renta básica de 56 soles y de una rebaja a 39. Las huiflas: el precio real, sin el IGV que infla la cifra base, es de 47 soles y la rebaja es, por ende, de 8 y no de 17 soles como nos quiere hacer creer el doctor García.

En el caso de la tarifa Fonofácil se ha dicho que la rebaja de la renta básica es de diez soles, cuando lo cierto es que es de apenas cinco soles: de 35, el precio sin el IGV, a 30 soles. En el caso del plan Supereconómico el descenso alcanza los siete soles: de 45 a 38 soles mensuales. Y en los casos de la Económica y los llamados “otros planes” la llamada rebaja llega a los seis soles mensuales, quedando en 45 y en 53 soles respectivamente.

Como lo ha dicho con jactancia la ministra transnacional Verónica Zavala, el contrato no se ha renegociado ni se ha rozado con el pétalo de una audacia.
Porque los contratos con las empresotas no se discuten: se acatan sin dudas ni murmuraciones, tal como el súbdito japonés Alberto Kenya Fujimori lo estableció en su shogunato.

¿Y para esto se han demorado tres meses?
¿Y para esto dijeron, originalmente, que iban a modificar de modo sustancial el contrato?
¿Y para esta ridiculez de rebajas sale el doctor García a dar la cara, o sea a dictar las primeras planas de la prensa regalona que hoy se menea en la pasarela y sobajea sus ancas en los pantalones del jefe de Estado?

Porque lo que no se dice es que las modificaciones relativamente importantes, tal como lo señala Lescano, sólo atañen a tres de los ocho planes tarifarios masivos. Es decir, cinco planes masivos han quedado fuera de cualquer cambio significativo en la rebaja de la llamada renta básica. Y eso involucra a un millón y tres cientos mil usuarios.

Por otra parte, cuando Telefónica nos regala diez minutos de uso local de cabina telefónica por un sol de tarifa, nos da un nuevo espejito en su plan de reconquista.

Porque el tiempo promedio del uso telefónico en cabina es 2 minutos y treinta segundos por llamada. Porque la cabina es urgencia, mensaje específico, impaciencia en la cola, encargo concreto y sólo pocas veces, muy pocas veces, chismorreo repantigado –que para eso están los celulares duados y las variantes de comunicación por internet inventadas en los últimos años–.

En resumen, otro cuentazo presidencial y telefónico. Además, lo que no ha dicho el doctor García es que una rebaja mezquina como la concertada no hubiese requerido de ninguna negociación tan demorada. Habría bastado con que Osiptel se sentara con Telefónica y el parto habría salido en 48 horas. Porque para hacer rebajas está Osiptel, no ese jefe de Estado con cara de peninsular y cezeo de última hora que vimos todos.

Aquí hay algo más. ¿Por qué La República publica una primera plana tan echada como un colchón de Paraíso? Porque el mismo día del anuncio presidencial, la Corte Suprema, donde el Apra quiere imperar sin contrapesos, nos ha anunciado que América Televisión ya no tendrá que pagar 160 millones de soles por las tropelías de sus ex propietarios José Enrique y José Francisco Crousillat. Y así, El Comercio, La República y Bavaria –que no lo necesitaba ni lo pedía como si lo hacían sus socios– se han salvado de un desembolso importante. Tan importante, que apenas lo han reseñado en sus páginas. Porque de estos enroques está hecho el ajedrez de la picaresca nacional en tiempos de la Marsellesa cantada por el coro de Moche.

–¿Aló, con el doctor García?
–El doctor está haciendo números con los de la Telefónica. ¿De parte de quién?

diciembre 23, 2006

¡Heil, Martha!

Filed under: Artículos — cesarhildebrandt @ 6:20 am

(La Primera) ¡Heil, Martha!
La doctora Martha Hildebrandt dice que hay que disolver al Sutep, como disolvía su Chino de la esquina el Congreso de los diputados, el Tribunal Constitucional –trabajo al que ella le prestó su escoba y su malicia parlamentaria–, las cortes supremas que no acataran al chino Rodríguez Medrano, las fuerzas armadas que no obedecieran al caco “General Victorioso”, los servicios de Inteligencia que no aceptaran las decisiones del picadito Montesinos y así por el estilo.

A Marthita le encanta disolver profesores, mítines, recreos de niños, marchas en contra del hijo de puta a quien sirvió como tapizón de muestra –o sea el Chino de la esquina– y, en fin, todo aquello que no puede controlar con el curare de su saliva y el azul de Prusia de su sangre tan parecida al cianuro.

Y allí está ella, festejada por la prensa fascista del reino, otra vez la diva de cualquier Himmler criollo con carné de aprista de Vitarte.

–Hay que desaparecer al Sutep porque no me gusta y a la chola esa de Caridad, que rima con Ociosidad –dice Marthita, que fue la niña mimada de su tío Goëring cuando aprendía a matar perritos nonatos sólo con las manos.
Y la celebran los periodistas de dos por medio y del cómo es aprista.

–Bravo, doctora, qué buena idea esa de desaparecer al desprestigiado Sutep –dice en RPP un periodista más desprestigiado que la virtud de Maribel Verdú.
Aldito, por supuesto, la editorializa y la pone de ejemplo de cojones fascistas.

García, que está a un paso de ser Mussolini por el mentón y porque puede terminar patas arriba después de que le descubran lo que falta por descubrirle, le da duro al Sutep y festeja a Marthita, que siempre será la encargada de la limpieza en los regímenes fuertes. Y le hace fiesta la tele que la ama porque así como Vanessa Saba expresa al 7 y sus deseos de seguir siendo decente, así Marthita es el logotipo facial de Frecuencia Latina, América TV, Panamericana TV y todas las cadenas que el peruano arrastrará hasta el día en que decidamos cambiar de patrón y sintonía. Es la cara de una SS poniendo estrellas amarillas a la salida de una estación de metro en Berlín. Es la cara de Madeinusa Valenzuela dentro de 35 años.

La ocurrencia de Marthita no fue espontánea. Se planeó en una reunión de Keiko Soprano y María Luisa Corleone. Había que tapar, de cualquier modo, la vergüenza de que la comisión de ética del Congreso –con el voto de Martha en primera fila– exculpara a Carlos Raffo por haberle atribuido al monseñor Bambarén un hijo inexistente.

Como eso no debía de comentarse demasiado había que darle a la prensa acojudada un titular de callejón, de esos que Marthita puede producir tan sólo con el mal aliento. Y así fue, tal como lo planearon.

No sólo eso. Marthita también opina que cualquiera que sabe debe poder acceder al magisterio, qué preparación especializada ni qué ocho cuartos. O sea que ella misma, que es una excelente filóloga y lingüista, podría terminar en un salón repartiendo bofetadas a granel, patadones a discreción y jaladas de pelos de consecuencias forenses cada vez que los alumnos no estuviesen a su altura académica, o sea todos los días y a cada segundo.

¿Aprendizaje para enseñar? ¿Pedagogía? ¿Método? ¿Escuelas normales? ¿Educación especializada?

–¡Me importa un bledo! –dice Martha mientras se mete un gato pequeño a la boca y empieza a masticar con crujiente lentitud.

–¡Cualquiera que sabe puede enseñar! –grita, disimulando un brinco del diafragma.
Y es cierto: ¡cuánto nos ha enseñado Marthita desde la política! ¡Cuánta decencia democrática aprendida gracias a su ejemplo! ¡Cuánta buena educación en cada una de sus presentaciones! Ayer con Fujimori para todo lo que fuese disolver. Hoy con García para lo que se preste, cacle, cacle. Yo salgo corriendo para comprar su “agenda cultural 2007”.

diciembre 22, 2006

Otra historia del Holocausto

Filed under: Artículos — cesarhildebrandt @ 6:17 am

(La Primera) Otra historia del Holocausto

El historiador inglés David Irving, de 68 años, ha sido puesto en libertad ayer, después de permanecer 13 meses en una cárcel vienesa.

¿Por qué estuvo preso Irving?
Porque en Austria, adonde fue a dictar un par de conferencias, es un delito que merece la cárcel el dudar del Holocausto judío, el sospechar de sus acrecentadas magnitudes de posguerra, el suponer que el drama real fue desfigurado en dimensiones apocalípticas a la hora de crear el estado de ánimo internacional que permitió la edificación del estado de Israel.

Irwing es un revisionista, para algunos. Pero para los judíos y sus adjuntos es un negacionista neonazi. Sea como fuere, ha escrito decenas de libros que tratan de formular preguntas –capciosas muchas, cínicas otras, realistas otras– en torno a cuestiones claves del llamado Holocausto, así, con las mayúsculas que el poder del sionismo demanda y consigue casi como un estatus mortuorio de país favorecido por la lástima.

Que los nazis fueron unos criminales antijudíos, de eso no hay ninguna duda razonable. Que hubo leyes asquerosamente antisemitas en el Tercer Reich, eso es algo que nadie puede cuestionar si no es desde la infamia. Que hubo persecución de cientos de miles de judíos y exterminio de un número no determinado de ellos en campos de concentración que fueron monumento a la infamia, pues eso no merece discusión alguna.

Pero no son esas cosas las que Irving y los revisionistas de toda laya han puesto en cuestión.

Lo que el revisionismo-negacionismo pone a debate es, en resumen, la magnitud del evento, las características sistemáticas del mismo y la verosimilutud de muchos de los testimonios que han servido a lo largo de estos años para crear, desde la fábrica de Cecil B. de Mille y Steven Spielberg, ese siempre insuperable PBI de tragedia que Israel parece reclamar sólo para sí.

–Somos el único pueblo que ha perdido seis millones de su gente en una masacre –dice el judaísmo internacional.

–Ni es la única masacre mundial de la que debamos arrepentirnos como humanos ni fueron seis millones los muertos –dicen los revisionistas no-nazis (porque hasta de izquierda hay).

Decir que no fueron seis millones es algo tan discutible como el redondeo mismo, como la fúnebre facilidad de esa cifra.

¿De dónde sale? ¿Qué censos la nutren? ¿Cómo se desagrega campo por campo? ¿Cuántos documentos alemanes “de bajas” se corresponden con un cálculo tan trágico? ¿Qué sumas y restas la facilitaron? Y lo que es más importante, ¿por qué es relevante? ¿Y por qué no habría de serlo? ¿No es la historia un relato sobrio y lo más preciso posible de lo que sucedió? ¿Por qué es importante saber con precisión aritmética a cuántos fusiló el franquismo triunfante en los tres primeros años de la posguerra española y no debe de serlo saber a cuántos judíos mató la soldadesca de Hitler?

No hay respuestas. Y en algunos países, no hay ni siquiera preguntas. Porque si usted formula esas preguntas –u otras parecidas– en España, Eslovaquia, República Checa, Lituania, Polonia, Alemania, Francia, Canadá, Austria, Bélgica, Rumanía e Israel, pues puede ir derecho a la cárcel. Como lo lee: en esos países dudar de la magnitud del Holocausto –no negarlo, dudar de su hipérbole propagandística y del uso asesino que hace de ella subyacentemente el estado de Israel– está contemplado como delito en el Código Penal.

O sea que en esos países –incluida la presuntamente liberada España– uno puede decir que los negros merecieron la esclavitud, o que los incas no fueron exterminados sino tan sólo diezmados por las epidemias, o que el separatismo kurdo se la buscó con Saddam Hussein, o que la masacre armenia a manos turcas era un asunto que Europa hizo bien en no mirar… Usted puede decir, en esos países, lo que le dé la gana, excepto poner en tela de juicio el tamaño del Holocausto. Por esa razón sí puede ir usted preso.

¿Cómo? ¿Y el artículo 19 de la Declaración 217 de la ONU, llamada la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que establece el derecho irrestricto y jamás perseguible de la opinión propia? ¿Y la libertad de expresión, implícita en cuanta ley occidental sobre derechos civiles se ha formulado?

Esos son derechos menores a los que reclama, con éxito, el lobby judío mundial: el derecho a suprimir todo debate y el de blindar una “verdad histórica” con la amenaza de la prisión.

O sea que en nombre del antinazismo, que todos podemos compartir, se ha creado un campo de concentración de las ciencias sociales donde los historiadores están prohibidos de moverse de barraca y de hacerle preguntas a sus custodios.

¿Y eso por qué no lo sabe la gente?
Porque el lobby judío peruano, por ejemplo, ha prohibido hablar inclusive de la prohibición que pesa sobre el tema.

Alguna vez el historiador Robert Faurisson fue expulsado de su cátedra por plantear cuestionamientos en torno al Holocausto. Fue un judío honesto hasta la médula, genial como Einstein y Marx, quien lo defendió en medio de la lapidación “universitaria” que se estaba produciendo. Ese judío fue Noam Chomsky, quien sostuvo que no estaba de acuerdo con Faurisson pero que menos acuerdo podía tener con quienes querían amordazarlo. Los extremistas judíos, esos que hoy se complacen con la política de exterminio del pueblo palestino, dijeron entonces –a principios de los 80– que Chomsky era un traidor. Porque para ellos la intolerancia es siempre un reducto victimista.

No se necesita ser nazi ni mucho menos para formular preguntas en torno a eso que la tele y el cine nos recuerdan cada 30 días.

Por ejemplo, ¿por qué una verdad histórica puede ser tan débil o vulnerable como para impedir su debate con la amenaza de las rejas?

¿Por qué el tribunal de Nuremberg, que juzgaba los evidentes crímenes de guerra del nazismo, no realizó un peritaje aproximativo respecto del número de víctimas?
¿Por qué no se exhibieron los documentos que los escrupulosos criminales de guerra nazis escribieron –o debieron de escribir– dando cuenta de cada asesinato de judíos en los campos de concentración? ¿O es que tales documentos no existieron por temor a la derrota o a la posteridad? Y si no existieron, ¿de dónde parte la base documental para el espantoso cálculo de los seis millones?

¿Por qué el Comité Internacional de la Cruz Roja protestó, en 1944, en contra de “la guerra aérea” de los aliados, que ya había fulminado Dresden, más dos tercios de Alemania y Japón, y había matado a miles de prisioneros en campos de detención considerados como blancos colaterales inevitables, y no lo hizo en relación a lo que ya debía de ser evidente, es decir el carácter varias veces millonario de la matanza nazi de judíos?

Son preguntas legítimas que no quieren negarle nada a quienes sufrieron la persecución antisemita del nazismo. Sólo quieren una verdad menos sostenida en el chauvinismo y la venganza. Sólo aspiran a una historia de mejores perfiles académicos. Una historia que explique, por ejemplo, por qué muchos testimonios originales hablaron del gas Zyclon-B circulando por las duchas y otros posteriores describieron huecos en los techos por donde entraba el sutil vapor del ácido cianhídrico que despedían los gránulos –que no los gases estrictamente hablando– del horrendo producto fabricado por la Bayer.

Que una duda así no pueda formularse en países que se dicen civilizados –y civilizadores como en el caso de Francia– alcanza a ser una vergüenza universal.

diciembre 21, 2006

Citado para el 28

Filed under: Artículos — cesarhildebrandt @ 6:15 am

(La Primera) Citado para el 28
Ayer me llegó una nueva citación por la misma vaina putrefacta que me exige ir al Palacio de Justicia a declarar sobre lo que no me concierne y a dar cuenta de lo que no puedo saber y a atestiguar lo que no vi ni escuché ni pude haber visto ni escuchado porque jamás sucedió.

La misma jueza que acaba de favorecer de un modo descarado a Alan Azzizolahoff –llevando las cosas a fojas cero tras dos años de esfuerzo judicial por parte de los padres del caso Utopía– insiste en su conducta porque, de seguro, interpreta las presiones que recibe de sus compañeros de aventura y, fatalmente, del mismísimo presidente todavía en funciones del Poder Judicial.

Debo de estar el 28 de diciembre declarando ante el XII Juzgado Penal dónde rayos vive Mariella Patriau, cuál es el segundo apellido de Orlando Cánepa, qué sé del pariente aquel de ese sicario que, a pedido de un “colega investigador”, trató de embarrar a un trabajador que fuera de un programa mío en una supuesta escena de recibo de dinero. Y así por el estilo: todo estúpido, todo lodoso y todo sospechoso.

El asunto es hacerme ir para que Ojo –una de las chavetas de la familia Aguá–, o Ajá –una de las peperas de la familia Aguá–, o Correo –una de las mejores pupilas de la mami Aguá– puedan sacar el titular que están esperando: Hildebrandt acude a juicio contra Fernando Zevallos.

Y así saltará de alegría Alan García, el papi sorpresa del año. Y danzará de goce Lucho Nava –el Mantilla actual de García–. Y llenará su nariz de felicidades aeróbicas el tal Ampuero –el Bela Lugosi de la familia Adams, o sea los Miró Quesada–.

El 28 de diciembre es la cita, que llega a pesar de que el vigente presidente de la Ocma prometió hacer una investigación que esclareciera el desatino y corrigiera las medidas adoptadas por esta jueza amiga de Azzizolahoff y enemiga del derecho.
Puras patrañas. Ni investigación ni nada. Espíritu de cuerpo, que le llaman.

Gremialismo a ultranza, que le dicen. Pero esta gente tiene que entender que su poder nace de la aplicación de la ley, no de la arbitrariedad. No hay una extraterritorialidad de la razón ni una ínsula Barataria de la judicatura. Ambas serán barridas por la ira y el desprecio. Y si alguien tiene que empezar dando el ejemplo de resistencia frente a un poder judicial archipodrido, pues seré yo. Sépanlo bien, vocales supremos: aquí hay un modesto periodista que ha acudido decenas de veces a su “Palacio”,querellado por proxenetas, generales de la guerra sucia, ladrones que fueron llamados ladrones en mis programas, asesinos del grupo Colina.

Y nunca me negué a ir –aun tratándose de juicios planteados desde la mafia, instigados por Montesinos como fue el de Julio Vera Abad– porque hubiese sido intolerable que reclamara un estatuto especial de periodista.

Acudí –como acudiré– cuantas veces veces la justicia me requirió en mi condición de testigo o demandado.

Pero esta vez no se trata de otra cosa que de una sucia trama a la que no me puedo prestar sin faltarme el respeto y sin faltárselo a esta profesión por la que creo haber luchado muchos años.
Que me lleven a la fuerza si sus señorías se complacen en ello.

P.D. He recibido un correo muy amable de mi amigo Jaime Bayly. Me dice en él algo que comparto: si recibiera de un mozo la nota de una mujer diciéndole “aquí estoy”, llamaría de inmediato al serenazgo. No es para menos. Agradezco las cálidas líneas de Raúl Wiener. Y las de Alberto Moreno, a nombre del partido Patria Roja. También debo darle las gracias a Gustavo Gorriti y a Ricardo Uceda por la carta enviada, a nombre del Instituto Prensa y Sociedad, al doctor Francisco Távara, solicitándole, en lo que a mi caso respecta, “garantías de un debido proceso”. Tengo entendido que esa carta ha causado la indignación de Augusto Álvarez Rodrich, la rabia de Rosa María Palacios y la histeria sin ley de Cecilia Valenzuela, Madeinusa para todos los efectos. Bueno, no es para tanto. Se trata sólo de una carta. ¿Por qué esas ganas de pelearse por todo, digo yo?

diciembre 20, 2006

Navidades

Filed under: Artículos — cesarhildebrandt @ 6:13 am

(La Primera) Navidades
Aquí hay papá-noeles que sudan bajo el disfraz invernal que los castiga y nacimientos de Belén hechos de cartón mientras la gente escucha villancicos y las tiendas venden como nunca y a los pavos les vuelan las cabezas en un holocausto de huidas y plumas y hay una masacre paralela de pollos bendecidos y ofertas que no se repetirán y ferias repentinas que cesarán el 25 de diciembre.

Y todo para recordarnos, dicen, el nacimiento de un niño que, ya crecido, se indignó con los mercaderes que merodeaban por las sinagogas, con los hipócritas que juzgaban más el tener que el ser y con el establecimiento y la jerarquía que Roma había impuesto en las tierras de Judea.

Con lo que el nacimiento del Dios encarnado de los católicos es, al final, una Barbie con cara de zorra, un peluche que llamará a todos los ácaros o la alhaja que al revolucionario de Galilea hubiese indignado como ostentación y frivolidad.

No sólo hay papá-noeles sudando la gota del subempleo sino nieves de farsa, trineos jamás vistos en el trópico de El Niño y –voy a vomitar– mensajes publicitarios donde las cosas que se venden pretenden ocultarse en una maleza de palabras beatíficas, radiotones pías y teletones hechas en el Canal que les debe meses de salario a sus trabajadores, alabado sea el Señor.

La radio que más cerca estuvo de Fujimori también nos habla del espíritu de la navidad y el mismo locutor que nos hace tomar la cerveza de todos los peruanos hasta que nos den diablos azules nos llama ahora a ver los copos de nieve de la publicidad, la bolsa de regalos de los repartos compasivos y el mensaje de Cristo comprimido en una tarjeta de plástico que hace el milagro de multiplicar billetes y deudas.

–Jojojojó –gruñen los avisos antes de decirnos que en Hiraoka ha nacido un Jesús a transistores y unos renos con chips que los hacen volar cuando trabajan, mordisquear el pasto cuando están en tierra y, sin embargo, jamás cagar porque eso no sería digno de la fiesta de la natividad.

Luego están las señoras que se dedican a la caridad –que es la justicia por sorteo–, los escuadrones regalones, las campañas de los descuentos nazarenos, la maratón de la felicidad, la misa del gallo, la cena que ojalá fuera la última, la tranca pagana y la resaca herética que sólo San Alka (Seltzer) podrá quitarte con una imposición de burbujas.

Y todo para recordanos a un personaje que se enfrentó a todo aquello que hoy lo celebra. Un personaje que hubiese despreciado su cumpleaños si hubiese visto en qué habría terminado la leyenda maravillosa esa del establo y la cuna natatoria, la fe en los pobres y la parábola de los ricos, el ojo de la aguja y el pajar.

Dicen que no había en Chile navidades más tiernas que las que celebraban los Pinochet-Hiriart. Junto a un árbol nevado con una especie de caspa cara, frente a un nacimiento donde las pequeñas bestias motorizadas mugían o balaban, detrás de un Papá Noel que cantaba un himno alpino, la familia Pinochet-Hiriart recordaba las bendiciones recibidas por Escrivá de Balaguer, el Papa en persona y, al principio, el cardenal Raúl Silva Henríquez. El comunismo ateo había sido derrotado. Hasta el agnóstico Friedman aprobaba lo hecho. Por la chimenea de su casa en las estribaciones de los Andes, Noel, el escandinavo, hallaría la forma de dejar a los nietos de don Augusto más ahítos que nunca del espíritu de la navidad. Amén.

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