César Hildebrandt Blog

octubre 4, 2006

Rostros devastados

Filed under: Artículos — cesarhildebrandt @ 2:06 am

(La Primera) Rostros devastados
¿Pero es que esta piel vencida, estos ojos muertos, esta ruina a punto de desdentarse ante nuestra presencia es Brigitte Bardot?

Sí, es ella: la que marcó nuestra infancia soñadora y nuestra adolescencia llena de prematuras realizaciones, la argamasa de nuestros mejores sueños, la obsesión de mi generación.

La que demostró en La verdad que era una magnífica actriz, además de ostentar el mayor trastero del cine. La que bailaba chachachá en la cama. La que apareció a los 15 años con esa melena de Lola pirenaica y ese aire de niña depravada y dulce que sería parte de su fama.

Qué cruel es la vejez. La señora Bardot, nacida Camille Javall en 1934, es hoy su propia devastación, el tundete de los años golpeando la misma cuerda de su espalda.

La vejez puede ser horrible pero será siempre doblemente horrible cuando quien la padezca haya tenido la belleza de la Bardot. Es como si los años se ensañaran con quien pareció inmune a su paso, como si los años dijeran que a más belleza mayor será el cincel de los semestres y más amargo el paso de las decepciones.

No deberían envejecer las mujeres como Bardot. Debieran congelarse en el frame de su mejor película, debieran morir en el acto (de hacer el amor).

O evaporarse sin explicación a la salida de un Ritz, al estilo de Diana de Gales, o encerrarse por pudor como Marlene Dietrich se encerró en sus últimos años hasta llegar a ser una silueta en sombra que apenas saludaba.

Como se lee en La vejez, hay tribus africanas que arrojan a los viejos a las fronteras del dominio con el objeto de que se extravíen.

Eso equivale a una condena a muerte disfrazada de exilio, pero es, si se lo mira bien, un acto generoso que priva a los ancianos de los últimos años de la decadencia: próstatas averiadas, memorias rotas, el infierno del cuerpo que se muere a pedazos ante el horror de los allegados y el comprensible apuro de los sucesorios.

Nunca pude sentir ternura por esos mentones que se menean ni esas manos manchadas ni esas miradas líquidas posadas en cuencos resecados. La vejez es una imprudencia y las vejeces prolongadas son una desconsideración. Desde luego que hay excepciones, pero son eso: la anomalía que confirma la estadística.

Claro, no estoy hablando de los calendarios sino de las decadencias y las bellezas extinguidas. Porque, en efecto, hay viejos que, teniendo bien las tripas y vigente la lucidez, lo tienen todo. Y viejas que, sin tener que recordarse esplendorosas, pueden admitirse como las sabias ruinas indulgentes que llegan a ser.

Hay personas que ensayaron su vejez con tanta perfección que fueron viejos precoces y que, por lo tanto, dejaron de envejecer en un momento. Luis León Rupp, por ejemplo, se disfrazó de viejo a los cuarenta: barba cana a lo cazador de ballenas, palidez de estudio por el hábito de los puros y ese hablar cochambroso con el que se solazaba dando órdenes.

Curiosamente, su gran amigo Alfredo Bryce padeció del mismo síndrome y se hizo viejo a la misma edad que su mecenas. Ahora, ya de legítimo anciano, Bryce parece el mismo que conocimos hace un montón de años.

Y al no poder recordarlo como joven seríamos injustos si le dijéramos viejo. El truco no es nuevo: Cicerón decía en su De Senectute, capítulo XIX: “Si quieres ser viejo por largo tiempo, hazte viejo pronto”.

En fin, la vejez, que ya es territorio nuestro, consiste, como decía Honorato de Balzac, en llegar a una cena habiendo ya cenado.

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2 comentarios »

  1. What a cool idea. Definitely add this to my list of things to buy.

    Comentario por Candace — diciembre 25, 2012 @ 6:44 pm | Responder

  2. mattingly furniture

    Rostros devastados | César Hildebrandt Blog

    Trackback por mattingly furniture — septiembre 17, 2014 @ 1:38 am | Responder


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