César Hildebrandt Blog

agosto 12, 2006

Celos como puñales

Filed under: Artículos — cesarhildebrandt @ 3:05 pm

(La Primera) Celos como puñales

Siempre me viene a la memoria aquello de Juan Ríos de que el amor es el delicado tigre que en las venas despierta. Los celos son la bestia que acecha al tigre y que lo atacará por detrás, desde un árbol, aventajado.

Los tigres son delicados y la bestia es poderosamente traidora. Viene vestida de sombra y de sospecha y embiste lo que ve. Y si lo que ve tiene la paz de la serenidad, la bestia se ensaña y embiste con más fuerza.

Dicen los zonzos que los celos son la prueba del amor. Del amor propio, querrán decir porque los celos de la celotipia matan al otro y terminan matando al amor que dicen cuidar.

Detrás de los celos siempre hay un viento que los alienta y que nada tiene que ver con la imaginación autodestructiva del celoso(a). Es el caso de Otello, el celoso más notable de la historia.

Este general moro al servicio de la república de Venecia, casado en matrimonio interracial con Desdémona, este Otello musulmán –para que vean que desde Verdi el prejuicio estaba vigente– es instigado por esa síntesis de la maldad que es Yago, el verdadero monstruo de la historia.

Yago es el celoso primordial en el drama, el envidioso de Cassio que ha sido ascendido a capitán por méritos propios y a costa suya. Será Yago el que construya en Otello la convicción de que Desdémona y Cassio lo engañan y será la inseguridad permanente de Otello la que le ponga el puñal asesino en la mano aquella noche en que Desdémona morirá.

Alguien siempre alimenta a la bestia de los celos. Y ese alguien viene por lo general de las sombras de la medianía creída, de la mediocridad inconsciente de su mediocridad, de la opacidad que dice refulgir, del tugurio que se afirma palacete.

En el psicoanálisis, los celos delirantes –es decir los celos verdaderos– están determinados porque el celoso siente el impulso de ser él mismo infiel y proyecta en su pareja la tentación que a él lo persigue. Como siempre, el psicoanálisis convierte en máquina compleja lo que parece simplemente cinismo y canallada.

Y Freud añade un detalle inquietante: el celoso en extremo padece de una obsesión homosexual y teme, al fin y al cabo, que su mujer se entusiasme por el mismo hombre que en él ha disparado las alertas.

Shakespeare, el creador de Otello, se casó con una mujer mayor que él y tuvo tres hijos. Estoy seguro que desposó a Ann Hathaway para disimular su bisexualidad en el terrible Londres del siglo XVI y, además, para que los celos lo exoneraran por lo menos en su papel de cónyuge. Todo indica que la señora Hathaway estaba lejos de inquietar a los hombres.

En todo caso fue Shakespeare el autor de esa famosa e imperecedera frase: “¡Oh, qué hermosa apariencia tiene la falsedad!”, que podría ser la primera línea del himno de los celos. Porque el celoso padece la maldición de asociar, como tendencia, la belleza y la maldad.

Si fuera extensivamente coherente, el celoso tendría que patear las sinfonías de Brahms o los cuellos de Modigliani. Si una nariz perfecta es fuente de conjeturas en el celoso, unas tetas de nácar a lo Neruda pueden ser la certeza que conduzca al crimen.

El celoso mata porque antes ha matado su autoestima. Y sus asesinatos son, como los de la alianza anglo-norteamericana de hoy, preventivos. Mata para no ser dañado la próxima semana de sus barruntos negros.

A veces, también, mata para castigar el adulterio ya imaginado –y por lo tanto consumado–. Se transforma en pena de muerte encarnada, en ángel vengador que apuñala la traición, en justiciero que castiga la infamia que sus pesadillas predijeron y cumplieron.

Porque el celoso podría decir, como el conde de Villamediana: “Siempre tiene razón el sufrimiento”. Y como el que desconfía, según la frase famosa, invita a que se le traicione, el celoso, muchas veces, termina cornamentado de verdad.

Ese es el momento de los crímenes más espantosos. Ese es el momento, también, de la maledicencia regocijada. En la perspectiva deliciosa de Wilde la maledicencia es lo que se dice a nuestras espaldas y que resulta invariablemente cierto.

Los celos no son otra cosa que el sufrimiento que hace sufrir y la herida que sangra a los demás. No son festivos ni probatorios del amor. Son semillas de crimen nadando en sangre tóxica.

Al decir de Lope de Vega: “Son celos cierto temor tan delgado y tan sutil, que si no fuera tan vil podría llamarse amor…”.

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1 comentario »

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