César Hildebrandt Blog

agosto 2, 2006

Castro en la memoria

Filed under: Artículos — cesarhildebrandt @ 2:55 pm

(La Primera) Castro en la memoria

Como a algunos les fastidiará recordar, en 1980, durante la crisis de los refugiados cubanos en la embajada de Perú en La Habana, logré ingresar en solitario a ese recinto que llegó a albergar a 10,800 refugiados que orinaban y defecaban en un pasadizo y que provenían, sobre todo, de esa clase media que el marxismo había soñado con desaparecer.

Allí estaban profesionales, estudiantes, aspirantes a algo, contrarrevolucionarios, lúmpenes con elocuencia de pastores, pastores con aspecto de lúmpenes, unos cuantos locos y, en general,descontentos diversos del surtido mundo que padecía las restricciones físicas y espirituales de la dictadura.

Estuve varias horas con ellos y escuché sus quejas. Todos querían ir a cualquier parte con tal de que les sirviera de plataforma para luego llegar a los Estados Unidos. Del Perú sabían muy poco pero habían escogido su sede diplomática porque la radio cubana había anunciado que se quedaría sin resguardo.

–Lo importante es salir –decían. Había muchos jóvenes entre ellos. Demasiados como para no decir que eran hijos de la revolución, carne de su carne y pólvora mojada del fracaso final de sus fusiles.

Estaban desesperados. Habían entrado en tropel hasta que ya no cupieron, hasta que la policía de Castro rodeó al fin la embajada con ellos dentro. Las fotos que les tomé con una camarita Olympus de aficionado las publicó Caretas, que me había enviado a La Habana, Newsweek, Stern y Now. Es que era una noticia de envergadura mundial.

Todo había empezado con una decena de opositores que había abierto el portón de la sede rompiéndolo con un ómnibus suicida robado la noche anterior. Cuando uno de los guardias disparó contra sus ventanas una de esas balas atravesó la carrocería y mató a un vigilante de la Policía Nacional Revolucionaria.

La crisis se desató de inmediato. El gobierno de Cuba le exigió al Perú la devolución de los que nuestro país ya consideraba asilados.

–Su devolución hubiese significado su condena a muerte –me explicó sin exagerar un ápice un diplomático peruano instalado en la embajada como primer secretario y a cargo de nuestra legación en vista de que el embajador, Edgardo de Habich, había partido a Lima para recibir instrucciones.

La reacción de Castro ante la negativa peruana –negativa digna por donde se la mirara– fue desguarnecer la embajada y provocar una crisis.

Castro, sin embargo, no sabía en qué se estaba metiendo. Profeta de casi todo, infalible por propia decisión, erudito en generalidades y caudillo las 24 horas de cada día sin festivos ni fiestas de guardar, Castro, el número uno del leninismo con palmeras, no previó que la crisis se dirigiría directamente a su ego –blanco inmenso y virtualmente ileso hasta ese año–.

Y así fue. Un diplomático peruano vio aquella primera noche de crisis la caravana de Castro –tres Mercedes blindados y negros en uno de los cuales iba el jefe de Estado cubano– dando vueltas a la manzana en ese barrio de Miramar.

Al cabo de unas dos horas Castro llamó desde el teléfono de su coche al responsable de la embajada, cuyo nombre eludo para no crearle problemas luego de los comentarios que hice ayer en torno al actual canciller.

El responsable acudió al llamado y terminó sentado en el sitio del copiloto del Mercedes más importante de la flota revolucionaria de los No Alineados.

–¿Cuántos son según sus cálculos? –preguntó Castro desde el asiento de atrás.
Nuestro diplomático volteó todo lo que pudo y contestó:

–Los hemos contado ya, comandante: son cerca de once mil. Nuestro diplomático tuvo la fortuna de que en ese momento un haz de luz pública sacara de las sombras el rostro del líder cubano.

–Era la cara de estupefacción más clara que yo haya visto –me contaría después este testigo único.

Castro no podía creerlo. Él había abierto la embajada peruana para que algunos idiotas, locos y rateros la vejaran con sus babas y uñas y no para que muchachas en flor de revolución acudieran a ella, no para que algunas enfermeras que sirvieron en Angola se volvieran gusanas de la noche a la mañana. Y los Comités de Defensa de la Revolución, ¿por qué no habían hecho nada? ¿Dónde estaban la patria, la entrega, el nuevo hombre?

Castro, que todo lo tenía a la mano, no podía entender que su socialismo de vitrinas vacías, comida escasa y privilegios desmedidos para la cúpula era demasiado pedir.

Castro nunca reconocería que había creado una isla sin analfabetos que sólo podían leer el Granma y sus afines, es decir una isla con millones de analfabetos funcionales.

Castro jamás admitiría en público que la fidelidad de mucha gente se basaba en ser parásitos del Estado y servidores de la delación o cómplices del ajuste de cuentas de los comités de defensa a la hora en que apedreaban casas de desafectos.
Esas eran las noticias que su infame televisión monocolor no registraba.

Y es cierto que había librerías pero yo había entrado en algunas de ellas y había preguntado, para escándalo de la dependiente, por libros de Trotsky, por la autobiografía de Neruda o por algún escrito –planfeto, opúsculo, lo que fuera– de Milovan Djilas.

No, no había, señor, no, señor, nunca los hemos tenido. ¿Djilas? No lo conozco, la verdad. Era vagamente explicable que el estalinismo del Tropicana volviese a matar a Trotsky en las librerías e ignorase al yugoslavo y herético Djilas, ¿pero a Neruda? ¿No había muerto Neruda apedreado por el fascismo chileno? ¿No había muerto como militante del Partido Comunista de los Volodia y las Marín?

Sí, por supuesto. Después me enteraría de que Nicolás Guillén, sumo pontífice del index comunista en Cuba, había logrado ahuyentar a Neruda de toda librería porque en su Confieso que he vivido decía lo que pensaba sobre el amo de las letras de la isla, o sea el propio Guillén. Y la famosa Unión de Escritores de Cuba, donde te hacían la vida imposible si no estabas a la altura del proletariado, había dado su veredicto final.

Volviendo a aquella noche, Castro enmudeció y se amarilló de cólera pero no dijo nada. Su respuesta vino semanas más tarde, perversa y pensada, malévola como eso de darle un año más de cárcel al honesto Hubert Matos (que ya se había pasado 20 años en prisión sólo por disentir) y calculada como eso de hacer pedacitos la dignidad de Heberto Padilla en la crisis literaria y política de 1971.

Y esa respuesta fue abrir manicomios y pabellones comunes de sus prisiones para que los locos, los criminales, la canalla, las sobras psíquicas, infiltraran y contaminaran la disidencia que empezó a salir con lo que tenía puesto por el puerto de Mariel.

Hoy Castro quizás agoniza. Los hipócritas que no padecieron su dictadura dirán que se va un gran líder.

Mi modesto punto de vista es que Castro fue un gran líder hasta que convirtió la revolución cubana –hecha por el Movimiento 26 de Julio en cuyas filas había socialistas, cristianos, centristas– en esa máquina orwelliana que imitaba lo peor del leninismo en versión abiertamente criminal imperante en la Europa oriental.

Cuando Castro fue el jefe de una pandilla burocrática que sólo quiso perpetuar su poder dejó de ser un líder para convertirse en un Batista de las izquierdas, alguien que no robaba dinero sino libertad, que expropiaba bienes norteamericanos –muy bien hecho– al mismo tiempo que voluntad popular, que se defendía en Bahía de Cochinos del imperialismo norteamericano –inmenso y emocionante triunfo– al mismo tiempo que empezaba a ser un peón soviético en el escenario tenebroso de la Guerra Fría.

Y Cuba, la Cuba amada por todo lo que nos ha dado, pasó de los casinos de Batista a los casinos de los Meliá. Y de las putas de Batista a las jineteras. Eso sí, con todos leyendo lo que el gobierno quería que leyesen y con todos gozando de buena salud, mi comandante en jefe.

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3 comentarios »

  1. Considero injusta la imagen que Hildebrandt perfila de Castro. No porque no sea cierto lo que dice, sino porque creo que no resalta grandes logros del gobierno que se han conseguido durante estos 57 años. No discuto las carencias de la Revolución ni los problemas que se empiezan a acusar: no se debe admitir la falta de libertad de expresión, ni la pena de muerte de la que muy ocasionalmente hacen uso, aunque sea a través de tribunales ni aunque su origen se remonte a los jucios que celebraban en Sierra Maestra. Ni se puede serguir permitiendo la corrupción a pequeña escala generalizada, ni la desigualdad que empieza a generar el peso convertible (para el turismo y los sectores que en él se mueven) frente a los que no acceden a él. Y tantas otras cosas.

    Pero no dejaría yo de admitir que Cuba sea el único país con los índices de educación, y cultura (no sólo aprenden los tres primeros pasos), y sanidad más altos de toda América, incluidos los vecinos del Norte. Que allí nadie muera de hambre, aunque no puedan acceder a comer jamón día sí día también (bloqueo, ¿recuerdan?).

    Es un país aislado, que asienta su socialismo en valores humanos más que en capitales y ése es el gran mérito que jamás se le debe negar. Aunque, como ocurre, esos logros estén en peligro. Ese peligro puede empañar, pero no emponzoñar el mérito no ya de Castro, sino del gobierno cubano.

    Comentario por Anuk — agosto 3, 2006 @ 12:11 am | Responder

  2. La libertad es lo mas preciado que se puede tener y cuando se pierde, no hay educacion ni cultura que valga. Castro es uno mas de esos casos de pudredumbre por el poder, como los judios que fueran victimas de los nazis y ahora victimarios de los libaneses, es decir, el revolucionario de antaño ahora es un vulgar dictador.

    Comentario por Fernando — agosto 3, 2006 @ 2:38 am | Responder

  3. jejejeje yo le preguntaria a ANUK desde que planeta, opina jejejeeje

    Comentario por julian — enero 20, 2007 @ 11:56 pm | Responder


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