César Hildebrandt Blog

julio 15, 2006

La ciudad y los perros

Filed under: Artículos — cesarhildebrandt @ 8:23 pm

(La Primera) La ciudad y los perros
Quieren matar a Lay Fun, que cumplió con su deber de policía privado a pesar de los cadenazos y las patadas. Lay Fun se enfrentó en la penumbra a un prontuariado drogadicto que, además, estaba borracho y que habría podido matarlo si hubiese tenido un revólver.

Como se sabe, los perros ven mal de noche y peor en las sombras.
Así que Lay Fun vio en su territorio un bulto borroso que lo golpeaba y a un intruso que, de haber ejecutado su tarea, le habría costado, a la mañana siguiente, una tunda de su amo “por ineficiente e inservible”.

Así que Lay Fun se jugó el empleo y la vida en el empeño.
Desde luego que el señor Lay no podía saber que el derecho penal habla de la proporcionalidad del castigo. Y tampoco podía saber que en el Perú no existe la pena de muerte y menos para delitos considerados menores como el robo de piezas de automóviles.

Pero nadie puede exigirle al señor Lay que lea códigos penales.
Y estoy seguro de que el señor Lay tampoco lee periódicos ni ve televisión, especie que los difamadores han esparcido. Hay un muerto que lamentar y un guardián, con maestría en disuasión, que comprender.

El señor Lay, que no conoce de cobardías y que igual se habría enfrentado a diez maleantes y perecido en el intento, merece respeto. Cumplió con su deber y eso es algo que muy pocos señores en el Perú pueden decir.

Mi perro sostiene que Lay debería ser condecorado, pero ya ustedes saben que mi perro, dignísimo en su vetustez, es un exagerado. Y él, que es andaluz y memorioso, me ha recordado el caso de Palomo, el famoso perro de la guerra de 1860 entre España y Marruecos.

Palomo tuvo que despedir a su amo, un combatiente español, en el puerto de Cartagena. No le habían permitido subir al barco porque ese era el reglamento del ejército colonial.

Semanas más tarde, sin embargo, Palomo se apareció ante su amo en pleno frente de guerra meneando la cola y saltando de alegría. Permaneció para siempre en el misterio el modo cómo llegó Palomo a cruzar el estrecho y cómo, sobre todo, pudo localizar a quien quería.

De resultas de todo ello, cuando la guerra terminó con el triunfo español, Palomo, adoptado oficialmente por el ejército, desfiló por las jubilosas calles de Madrid a la cabeza de su regimiento.

¿Y qué me dicen de Fea, la señorita perra de Alfonso II, que murió de tristeza debajo de la misma cama donde el nefasto monarca había expirado?

¿O de los 400 perros que acompañaron a las tropas del marqués de Pescara en la campaña de Pavia y de aquellos que estuvieron en la derrota del rey francés Francisco I?

En el libro de Ángel Cabrera Los animales familiares, citado por el Diccionario de Rarezas de Vicente Vega –de donde proceden los datos históricos aquí consignados–, se describe una tradición esquimal en Groenlandia: cuando se muere un niño debe acompañarle a la tumba una cabeza de perro, que habrá de guiarlo hasta el País de las Almas. Porque los esquimales también saben que un perro siempre hallará el camino señalado.

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1 comentario »

  1. Lo que parece evidente es que vamos a necesitar una moral interespecìfica, ya que la que tenemos sólo alcanza para tratar los temas humanos. Aunque seguro que serà cada dìa màs perentorio, incluso para prepararnos para el primer contacto.

    Comentario por Ramón Andrés — julio 16, 2006 @ 3:11 am | Responder


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