César Hildebrandt Blog

julio 30, 2006

La felicidad como tarea

Filed under: Artículos — cesarhildebrandt @ 4:16 pm

(La Primera) La felicidad como tarea

Según una encuesta recientemente publicada el 51 por cien de limeños declara ser infeliz. La felicidad, como se sabe, es un invento de los griegos.

Antes que ellos, antes que Tales o Aristipo, nadie se había puesto a pensar en eso de la felicidad ni mucho menos en trazarse como destino llegar a ella o considerarla como un deber.

Aristipo sostuvo que la felicidad era un sistema de placeres, es decir, un hedonismo padre que había que buscar cotidianamente.

Pero entonces llegó Platón y mandó parar la fiesta. Platón pensaba que la felicidad no era el placer sino la virtud, sobre todo la justicia y la templanza. Para mí que Platón fundó el sentimiento de culpa y la demagogia interpersonal que más tarde cristianos e islámicos convertirían en sablazos y decapitaciones. Porque no hay intolerancia más asesina que la de la virtud.

El señor Aristóteles admitió, por lo menos, que los factores exteriores (o los logros sociales en suma) algo tenían que ver con el contento pero insistió en que la única fortuna duradera era la que podía guardar el espíritu.

Cuando la cosa parecía equilibrarse llegaron los estoicos y la terminaron de embarrar: sólo los sabios podían ser felices porque sólo ellos podían ser autosuficientes y porque sólo ellos podían aceptar las asperezas del mundo desde su fortaleza interior.

No se habló durante siglos de la felicidad. Cuando las brujas crepitaban y los inquisidores programaban sus parrilladas al aire libre la palabra felicidad estaba prohibida si no se entendía como la aceptación del terror y la superstición. Y eso duró siglos e impregnó al occidente de ese halo sombrío que hasta hoy le dura.

En el pensamiento moderno fue Kant quien definió la felicidad como inalcanzable en la medida en que el deseo es insaciable y superará siempre la oferta de placeres y realizaciones.

Y fue la filosofía inglesa la que, con Hume a la cabeza, acarreó la idea de la felicidad a las masas y habló de sociedades que debían aspirar a la felicidad.

Por supuesto que ni Hume ni Stuart Mill pensaron en los indios que la cabellería inglesa se tenía que cargar de vez en cuando para que ellos pudieran pensar en la felicidad del Reino Unido.

En el colmo de la ironía, el acta fundacional de los Estados Unidos habla de la felicidad del pueblo, aunque esa generosidad estuvo reservada sólo a la inmigración blanca y no al mundo aborigen aniquilado brutalmente o a los negros importados como bestias de carga y tratados como raza inferior hasta 1963.

En fin, cuando los limeños dicen que son infelices siento que están culpando exclusivamente a terceros de su triste condición.

Porque tampoco se puede ser feliz si uno apuesta por la ignorancia, el salivazo en la vereda, la TV como fuente de información, la cervecita como única expansión y la sacada de vuelta como hábito de todas nuestras acciones.

La felicidad es una señora que verás poco y que jamás se quedará a dormir. Lo demás es un poco de grisura, sal gruesa, serenidad ante la adversidad y ejercicio sistemático del cerebro, esa bola de grasa que para la mayoría de nuestros compatriotas existe sólo cuando requiere de una aspirina.

Lo demás es no resignarse, pelear con armas limpias, tener un ideal, tener sentido del honor, saber que la vida no tiene segunda vuelta.

Cada uno podrá tener una idea de la felicidad pero sigo pensando que la flecha de Sartre dio en el blanco cuando dijo que la felicidad no consiste en hacer lo que uno quiere sino en querer siempre lo que uno hace.

Un amigo me dice que eso lo dijo antes Tolstoi y puede ser verdad, pero lo importante es que es cierto.

Y quizás allí esté la clave de la encuesta que comento. Cuando veo a las chicas en el banco contando dinero y a los mozos tuteados por los atorrantes y a los albañiles sin arneses y a los que se quedan dormidos cuidando fábricas que les malpagan digo para mí: ese secuestro injusto en una actividad que odias, eso es el infierno aquí y ahora.

Si el Perú fuese un país de menores desigualdades sociales y de relativa semejanza de oportunidades uno podría decir que esa gente se merece ese remedo de destino.
Pero no es así.

Y uno se pregunta cuántos de estos jóvenes de sueldos mínimos quisieron ir a la universidad pero no pudieron porque el padre acababa de perder el empleo, o porque la madre abandonada perdió el suyo, o porque el hermano padece una enfermedad de tratamiento costoso. O, sencillamente, porque del círculo de la miseria es casi imposible salir cuando el sistema está hecho para perennizarlo.

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julio 29, 2006

La madre de todas las batallas

Filed under: Artículos — cesarhildebrandt @ 4:08 pm

(La Primera) La madre de todas las batallas

Giuliana Llamoja ha sido condenada a 20 años de prisión por herir de muerte a su madre en un confuso incidente a oscuras.

O sea que en este país tú matas borracho a un peatón y a los seis meses estás en la calle, preparando tu próxima cuchipanda y avistando a tu próxima víctima en tu cuatro por cuatro insaciable.

O si te apellidas Banchero le disparas a un piraña que va huyendo y el ministerio fiscal te ve como a un ciudadano que ejerce la legítima defensa por la espalda.

O si matas a patadas a tu mujer adúltera, pero “cegado por los celos” como se dice en las páginas rojas, estarás seis años después en libertad buscando a tu nueva conquista.

Y si eres un secuestrador y asesino, si has cortado dedos meñiques y orejas para envío postal, te espera una temporada en un penal de máxima seguridad donde pululan los celulares, la cerveza, la cocaína, los vientres de alquiler y los alcaides que reciben lo suyo ante cámaras y testigos.

Es decir, todo depende de a cómo esté el kilo de fiscal, la libra de juez, la rebanada de vocal, el filete de magistrado suplente y la tonelada de secretario (caspa incluida en el pesaje).

La madre de Giuliana Llamoja odiaba a su hija como muchas madres odian a sus hijas.

Y eso es lo que el valsecito peruano no concibe. Hay madres que se arrugan en la amargura de la envidia y que en vez de ver en la belleza y juventud de sus hijas el canto de la nueva vida ven en esa regeneración un agravio y una provocación.

Y si a esa belleza lozana se le añade la inteligencia que no las distinguió, la osadía que les fue ajena, la sobreprotección paterna que hubiesen querido para sí, el éxito universitario y social que jamás les tocó la ventana, entonces ese odio adquiere dimensiones colosales y sueña con desaparecer aquello que es su fuente.

No es la envidia del pájaro que quisiera ser nube ni la de la nube que quisiera ser pájaro, como decía Tagore, sino la ferocidad de la derrota, el odio que acuchilla en la imaginación a la niña cruel que no se compadece, a la niña insensata que todos los días le recuerda al dolor de dónde viene, de qué pesadillas se compone, con cuántas várices cuenta y en qué agruras se encharca.

En esa familia enferma Giuliana Llamoja era la vida retando a la muerte con cada mimo excedido del padre, con cada hoyuelo de su sonrisa y con cada desplante a la madre arruinada.

No hay maldad que no termine en un crimen, pero habría que preguntarse de dónde exactamente venía esa maldad en esa casa sombría. Si era recíproca, como todo lo indica, la maldad activa y embestidora venía de la madre que no se reconocía –revivida– en esa hija emocionalmente ajena.

¿Sabrán los jueces de esa sala donde la relatora apenas podía balbucear el fallo qué es el complejo de Electra?

Dos mil quinientos años antes de que Freud descubriera esa fijación, los griegos matizaron su mitología de humanas pasiones contándonos que Electra vengó la muerte de su padre Agamenón ayudando a matar a Clitemnestra, su madre, asesina de su padre en compañía de su amante Egisto.

Ese es el mito en el que se basó Freud para fundar su teoría. Y en su ensayo Dostoyevski y el parricidio el padre del psicoanálisis apunta:

“No cabe atribuir al azar que tres obras maestras de la literatura universal traten el mismo tema: el parricidio. Tal es, en efecto, el tema del Edipo de Sófocles, del Hamlet shakespeariano y de Los hermanos Karamazof. Y en los tres aparece también a plena luz el motivo del hecho: la rivalidad sexual por una mujer “.

Nadie puede plantear la absolución para la Llamoja. Pero condenarla a 20 años de prisión tras comprobar que peleó a cuchillo limpio con su rival –y que cualquiera pudo haber muerto en esa lucha penumbrosa– es ignorar la equidad e insultar a la justicia.

Y es, además, suscribir la tesis yacente en todos los valses de nuestro repertorio: las madres sólo pueden ser unas santas.

julio 28, 2006

Que le vaya bien, doctor García

Filed under: Artículos — cesarhildebrandt @ 3:15 pm

(La Primera) Que le vaya bien, doctor García

La rentabilidad política de la derecha peruana es la más alta del mundo. Obtuvo un 25 por cien de los votos en primera vuelta y ahora parece estar a punto de comenzar su próximo gobierno.

¿Pero cómo se puede ganar una elección con 25 por cien de los votos en un país donde hay segunda vuelta?

Muy fácil: recordándole a la gente que la derecha (o sea el statu quo, el baile en una loseta, el entusiasmo raído de Cotler, el baile de las máscaras) es la sensatez y que todo lo que no sea derecha es temeridad, peligro, abismo a domicilio.

Entonces la derecha perdedora se alza con la copa y los menesterosos que ganaron en primera vuelta y hubieran gobernado si en el Perú no hubiese ballotage reciben la patada en el fondillo, el eres Orozco pero no te conozco de toda la vida y el hasta la próxima de los que mendigaron sus votos igualando las promesas de la izquierda.

¿Pero cómo es eso de que la derecha es sensatez y que el cambio –cualquier cambio– es galope hacia el peligro?

¿Es sensato apostar por el inmovilismo en un país con 50 por cien de pobres y 24 por cien de pobres extremos?

¿Es sensato pensar que un país entregado –con brevísimos intervalos– a la derecha y fracasado gracias a ese matrimonio de dos siglos siga casado con sus saqueadores, esos que perdieron cuantas guerras pudieron perder y se llevaron al París del siglo XIX y al Miami del vulgar XX lo aquí obtenido con salarios de hambre e impuestos de risa?

Doscientos años de derecha. ¿Otros doscientos más? Puede ser. Veremos. Total, dependerá de si el doctor Alan García ha confundido las macrocifras en azul y el equilibrio fiscal con el continuismo de los Kuczynski y su pandilla.

Porque los medios de comunicación que han secuestrado la mente de los peruanos sostienen que las promesas de García fueron moneda electoral y que, al final, el gobierno es para gente seria y doctores de la real-politik.

O sea que te volviste a joder Condori, pobre idiota, que tus votos fueron a parar a manos de Rafael Rey, el ángel vengador que matará a Da Vinci. Eso se llama reconciliación nacional, o sea religue con el fujimorismo aliado, Condori desinformado y antipatriota.

El señor presidente de la República nos llenará hoy de palabras. Para él los discursos son performances y la labia sirve para encandilar, así que esperamos los hechos para saber si el doctor García ha sido secuestrado por Kuczynski (a) Gringo y su banda internacional.

Al doctor García no hay que creerle demasiado. No olvidemos que en la campaña electoral del 2006 prometió que el jefe de su gabinete sería un independiente y eligió a Jorge del Castillo, que es tan independiente como la marsellesa de la calle Alfonso Ugarte.

Prometió que el contralor sería propuesto por la oposición en el Congreso.
Prometió que los mototaxistas entrarían al colapsado Sistema de Salud Integral.
Prometió que homologaría los sueldos de la Policía con los de los militares.
Prometió que restituiría la Constitución de 1979 a través de este Congreso devenido Constituyente.

Prometió que pondría fin a los abusos de los services, o sea a los excesos antilaborales de un tercio de la economía formal.

Prometió que revisaría línea por línea el TLC y que jamás perjudicaría a los campesinos, coma por coma.

Y no olvidemos que cuando nos enteramos que los congresistas habían cobrado en el año 2001 cien mil soles por concepto de “liberalidad” el doctor García exigió a su bancada que devolviera hasta el último centavo. Nadie devolvió nada. Y él no dijo nada.

Y cuando un periodista de Perú 21 le preguntó en plena última campaña por qué atacaba a Toledo si éste no era parte directa de la batalla electoral, García dijo textualmente:

–Toledo forma parte de la campaña electoral de Lourdes Flores, porque forma parte del mismo paquete económico, del mismo grupo humano que quiere continuar dirigiendo el país.

Y lo hacen a través de una ideología y una política económica que presentan como exitosa cuando ha originado la huida de millones de peruanos al exterior, desempleo y mayor desnutrición.

¿Estamos claros? Palabras, al fin y al cabo. El viento se las lleva, la prensa las oculta cuando conviene, la televisión las edita para gusto de Cotler y su club de crepusculares resignados, la gente las olvida, la política las trajina, la historia apenas las consigna, la Iglesia las vuelve terror y los vendedores de sebo de culebra las excitan convirtiéndolas en el sudor de su frente y en su pan de cada día.

Buena suerte, doctor García.

julio 27, 2006

Good bye, Alejandrou

Filed under: Artículos — cesarhildebrandt @ 3:11 pm

(La Primera) Good bye, Alejandrou
Adiós, señor Toledo. Usted está seguro de que lo ha hecho bien. La mayoría de peruanos está convencida de que usted le debe casi todo al oro, al cobre, al zinc y a la plata.

No a la plata que ni siquiera goteó para los pobres sino a la que vendemos en bruto, como país metálico y melancólico que somos (García Lorca dixit).

Tuvo usted un segundo de apellido Kuczynski y de nacionalidad norteamericana, un auténtico pillete de las grandes finanzas y los intereses cruzados, los autoabonos, la defensa de los amigos y connacionales y el blindaje de la estabilidad tributaria que el extranjero Fujimori decretó para sus pares de todo el mundo.

Y tuvo usted un jefe internacional que lo mimó hasta la náusea porque usted se le arrodillaba hasta el vómito. Sí, señor Toledo, me refiero a Bush, el padrino mundial del asesinato masivo de libaneses que hoy todos ven. Para su vergüenza, señor Toledo, jerosolimitano sin saber leer ni escribir.

Tuvo usted una familia de comisaría y juzgado de guardia a la que defendió y encubrió como no podía ser de otra manera. Hasta el antiguo asaltante de bancos que fue su hermano estuvo entre sus engreídos.

Convivió usted con la televisión corrupta, con el Poder Judicial archipodrido al que usó más de una vez, con la “maldita Sunat” que también empleó para perseguir a periodistas como el que esto escribe y con lo peor de su bancada de Animal Planet gruñendo en el Congreso.

No se acordó usted de los pobres que lo vieron salir alguna vez de Cabana como a uno de los suyos. Fue usted un fujimorista in pectore aceptado por el caduco consenso de Washington y los rupestres líderes de opinión de la derecha peruana.

Traicionó todo lo que fue la esencia de su candidatura: limpiar la política de esbirros, el Poder Judicial de ratas, la economía de privilegios mercantilistas, El Peruano de decretos de urgencia, los entes fiscalizadores de sinvergüenzas, el partido de basura, Palacio de Gobierno de plastas de borracho, el avión presidencial de francachelas, la Cancillería de favores descarados, las cárceles del dominio de las pandillas, las facturas de la luz de rubros abusivos, las calles de la dictadura delictiva, las Fuerzas Armadas de cochinadas y el país, en general, de esa nube tóxica que emana de sus políticos reincidentes y de su caminar circular por el tiempo detenido de todas nuestras repúblicas de adobe.

Usted será olvidado pronto. Una página de Arguedas, una estrofa de Watanabe, un párrafo de Conversación en la Catedral, un cuadro de Llona, valen más que sus pretensiones de posteridad barata y alabada por el sanchecerrismo limeño y la Casa Blanca donde se cocinan las matanzas multitudinarias de los próximos meses.

Adiós, señor Toledo. Puede usted irse a la fundación que Bush habrá de proveerle. Será usted el conserje de Aznar, el lameculo más importante en habla castellana.

julio 26, 2006

Calumniando al pisco

Filed under: Artículos — cesarhildebrandt @ 3:09 pm

(La Primera) Calumniando al pisco
Dicen que el pisco es la patria líquida, el río ardiente de nuestras raíces. Pero yo lo uso como elevador de octanaje.
Dicen que el pisco es lo que Chile no puede tener, el maná de Baco y la divina copita milagrosa. Pero a mí me tienta usarlo como desatorador.

Dicen que cura el resfrío, mata el berrinche, limpia las venas, entumece las tristezas, alivia la gastritis, le da su chiquita al sarro arterial, es amigo de la digestión y enemigo de las pedorreras, dicen que es el secreto de la longevidad iqueña y que hasta sus borracheras son apacibles y dormilonas. Pero a mí no me pasa por el gaznate.

Pero sobre todo dicen que no se puede ser peruano sin el pisco, que el pisco te da un DNI afectivo que no puedes obtener en ninguna parte y que si no lo bebes con entusiasmo o lo chupas de las cañerías de la misma patria, entonces algo de traidorzuelo tienes, un aire de no haber cantado a Polo Campos ni de haber jaraneado en el club ese que tiene un Señor de los Milagros gigante tras el zaguán. Pero a mí el pisco me sabe a agua pesada con iridio.

Más: no he podido jamás llenarme el buche con esa sustancia corrosiva que no quiere que te la tomes sino que busca dominarte, invadirte y hasta incriminarte.

Más: a mí el pisco siempre me ha parecido un producto ajeno al campo y al sol, lejano de los valles soleados y los agricultores ensombrerados del sur chico.

Porque creí hasta hace poco que el pisco era el elíxir inventado por un químico loco y hasta llegué a creer que la quebranta era una cal que podía conseguirse en las ferreterías. En suma, llegué a creer que la Química Suiza era una gran productora de pisco.

Dicen que el pisco es arriba Perú y no nos ganan y que este aguardiente-fetiche es, además, imprescindible en las ceremonias de graduación de los adolescentes que pasan al estadio de hombres hechos y derechos.

–Salud, Javiercito –dice el papá. Y Javiercito liquida la enésima copita antes de caer desmayado para siempre. Este fuego aceitoso, esta agua que hierve sin hervir, esta quinina que gotea, esta lengua viperina de las uvas, este tufo de dragón metido en una botella, este pisco idolatrado por todos a mí me parece el más linajudo de los ácidos muriáticos. Mil perdones.

julio 25, 2006

Milagro aprista

Filed under: Artículos — cesarhildebrandt @ 3:44 pm

(La Primera) Milagro aprista
¡Milagro! ¡Un Niño ha vuelto a nacer! Se llama Rafael Rey y fue recogido por la María Magdalena de todos los Aprismos para añadirse a la marcha hacia el reencuentro.

Los peruanos de más alta nombradía se reconcilian en esta semana santa de la patria, oh José Gálvez, ay bandera, uyuyuy escarapela.

Lejos quedó aquel Rafael Rey no convertido que decía en 1991 que García era un hombre que no podía explicar limpiamente su reconocible patrimonio.

Lejos el Rey que sostuvo lo mismo, pero con los ajos y cebollas que le permitía su púlpito y el poder imperial que le prestaban, en 1992, 1993, 1994, 1995, 1996, 1997, 1998, 1999, 2000, 2001, 2002, 2003, 2004, 2005 y los primeros seis meses de este año del Señor del 2006.

Lejos quedó el Rey que votó por la acusación constitucional contra el doctor García, acusación que señalaba inequívocos indicios de enriquecimiento ilícito y crímenes de lesa humanidad.

Y más lejos el Rey del CCD, el Rey fujimorista, el Rey vuelto coartada vaticana del reino del terror de Fujimori, el Rey rodeado de barrabases a quienes perdonaba con un tocamiento bendito y una imposición de correspondientes penitencias.

–Curita Rafael, acabo de robar tres millones en la compra de un MIG que se va a caer–chorreaba Montesinos.

–Eso sí que es grave –decía el curita sin cuello romano pero con implícita sotana–: te corresponden tres padrenuestros, uno por cada millón.

–Gracias, padrecito –se limpiaba la boca Montesinos. Y salía corriendo a seguir robando o a jugar monopolio –pero el de verdad, con un mapa de Lima y billetes firmes– con su amigo Joy Way.

Después, en el Congreso, Rey resplandecía de inocencia y expresaba su ira santa si alguien se metía con el grupo Colina.

–Para terroristas de Estado los apristas y si no recuerden lo del Frontón –repetía Rey con su voz de portavoz papal.

Y pasaron los años y llegó el año 2004. En una sesión del Congreso se discutió el asunto de los congresistas que irían al Parlamento Andino y el casi diácono Rey gritó en la asamblea:

–Esto es una locura, señor presidente. ¿Cómo se puede gastar dinero en elegir congresistas que van a a ir a un Parlamento que no sirve para nada? Y lo más ridículo es que la moción propone que la elección de estos señores se haga junto a la elección de los verdaderos congresistas, los que estamos aquí. (La República, crónica parlamentaria, noviembre del 2004).

Dos años más tarde, Rafael Rey tuvo que ser, por decisión de una Lourdes Flores sadicona y vestida con bragas de cuero, candidato al Parlamento Andino. No le quedó otra cosa luego de que Lourdes le dijera que su presencia ahuyentaba el voto del centro por la sombra fujimorista que lo perseguía y sus opiniones de neanderthal de la Confiep, o sea de eslabón perdido entre Sánchez Cerro y el Puma Carranza.

Rey ganó su puesto en el despreciable Parlamento Andino con una alta votación.
Su venganza fue reconocer el triunfo de García antes de que las cifras fueran oficiales y lanzar su nuevo grito de guerra: en segunda vuelta votaría por García para salvarnos de Humala. Añadió, por supuesto, que si para eso tenía que taparse la nariz se taparía la nariz. Y con la naricita tapada entre el pulgar y el índice fue a votar.

Cuando ya estaba dispuesto a integrarse al Parlamento Andino, recibió un llamado del Mesías que impidió que la fatalidad se consumara.

–Seré ministro –dijo el prior a sus allegados.
–¿Ministro de Dios? –le preguntaron.
–Así es –dijo sin ironía.

Y aquel que había sido sospechoso de latrocinio y sujeto de prescripción pero no de absolución se convirtió en su jefe.

Y el que fue uno de sus peores injuriadores y calumniadores llegó a ser su servidor.
La zarza ardió entonces por propia voluntad y el cielo tuvo el tono de los mejores días.

–Todo ha vuelto a la normalidad –dijo Martín Adán en el cielo.

julio 23, 2006

El divino esperpento

Filed under: Artículos,Críticas — cesarhildebrandt @ 5:23 pm

(La Primera) El divino esperpento
Cuando el Apra se volvió una versión palabrera del Banco Popular y desposó a la oligarquía que había combatido, Javier Valle Riestra quiso irse al monte a pelear.
Ni peleó ni se fue al monte, sino que regresó al Apra pidiendo el perdón que Haya le exigía a sus súbditos contritos.

Cuando Alan García vivía en París sin aguacero y el Apra parecía en coma profundo, Valle Riestra salía a la TV a despotricar de García y a hablar posmodernamente del partido que –lo pensaba, no me digan que no- él debía heredar.

Cuando García regresó y se puso el partido al hombro y le dio respiración boca a hocico y ocurrió lo de la resurrección sin corazón de Jesús, Valle Riestra volvió a hablar bien de Alan García.

En el intervalo de esta divertida obra el tribuno cantó la mejor de sus arias.
Cuando Fujimori ya había acogotado el poder judicial, descerrajado a la fiscal de la nación, disuelto al Tribunal Constitucional, arropado al ladrón y asesino que era su socio y de quien ya se conocían ingresos siderales e inexplicables de dinero, decidido su segunda e ilegal reelección, premiado al grupo Colina con dinero y ascensos y despreciado todo lo que podía ser decente en la política y en su vida personal; cuando Fujimori, digo, ya era el jefe de la yakuza andina, Javier Valle Riestra se vistió de princesa meiji y acudió al Palacio.

El emperador que saqueaba el que no era su país le propuso entonces un número digno de Las Vegas: él sería primer ministro de un gabinete que no opinaba y mandaría sobre ministros que sólo a su shogún obedecían y estaría en todos los desfiles, discursos y tomaduras de pelo protocolares de ese Haití nipón que fue el Perú con el sátrapa. Valle Riestra aceptó inmediatamente y a las pocas horas se ponía el fajín y esgrimía su investidura como si del mismísimo general Petain se tratara.

Fujimori bailó calato en su ducha aquella noche: había logrado que el mejor hablado de los senadores vitalicios de la decadencia se convirtiera en su mayordomo y, de paso, le recordaba al Apra moribunda qué fácil era para su imperio tentar a sus cuadros y sumarlos a la causa de la podredumbre.

Valle Riestra dijo entonces –y allí están los archivos por si acaso– que Fujimori era un patriota que sólo estaba entre mapas y maquetas y que él lo convencería de que no fuera a la reelección para que su gran obra no quedase en entredicho ante la historia.

El día del mensaje presidencial de 1998 Fujimori dijo que esperaba dejar un país sólido al fin de su mandato. No dijo qué mandato, por supuesto, pero Valle Riestra salió en seguida a defender a su amo diciendo que Fujimori era un proletario (sic) que se expresaba de un modo que pocos podían interpretar correctamente y que él (Valle Riestra) acababa de oír en ese discurso la promesa de Fujimori de no violar la ley postulando otra vez.

Desde luego que sólo Valle Riestra escuchó eso. Y el tiempo lo desmentiría de modo implacable.

Alguien le preguntó que qué hacía en ese gobierno y él arrugó el entrecejo romano, levantó el mentón toscano y malbarateó su inteligencia respondiendo:
-He logrado la amnistía para Leonor la Rosa (que encima de torturada iba a ir presa), que la policía se retire de las universidades y estoy tratando de democratizar al gobierno.

Que era como decir que iba a desarmar a Winchester, hacer un convento en la Nené y lograr que Gilberto Siura se bañase.

Ñangas. Pamplinas. Vírgenes llorando. Bacalaos. Lo que Valle Riestra quería era volver a salir en las fotos y añadir un título más a su hoja de vida. Estar en el candelero, en suma, que el síndrome de abstinencia duele en las tripas.

Para expiar ese reciente pasado de fujimorista provisorio, Valle Riestra, el tribuno más entrevistado por La Razón y el enemigo más corrosivo del sistema anticorrupción, pidió un sitio en la lista de congresistas apristas. “Por los viejos tiempos, Alan”.

Salió elegido, claro, porque tiene pico de oro y corazón de plata y hay mucha gente que lo aprecia, incluyendo a Martha Chávez y a Moisés Wolfenson.

Y ahora resulta que el señor no quiere ir al Congreso, que, según sus propias palabras, sólo iría para mirar a Luciana León y que lo que quiere es Washington, no el perro de Condorito sino la capital norteamericana donde funciona la OEA.

El señor congresista juramentado quiere largarse a Washington a vivir de una sinecura internacional en una organización difunta como es la OEA y en un país donde, en las calles, sólo podrá hablar con chicanos y afines porque sólo sabe decir good morning y how much.

Y el Apra II quiere cambiar el reglamento del congreso, la ley de no se qué, el decreto de urgencia que firmó nosecuantitos, la ley orgánica de a mí qué me importa para que el señor Valle Riestra se vaya a Washington a conocer salvadoreñas.

¿Y ésta es la nueva Apra?
¿Así que un congresista juramentado quiere renunciar a un cargo irrenunciable y el partido de García pone la ley patas arriba para complacerlo? ¿Así empezamos?

julio 22, 2006

Martha Hildebrandt

Filed under: Artículos,Críticas — cesarhildebrandt @ 4:37 pm

(La Primera) Martha Hildebrandt
Martha Hildebrandt es un carácter embutido en un cactus. Si la inteligencia fuera dinero, Martha sería una señora Trump viviendo en Manhattan, donde gruñiría en inglés por la pobreza idiomática del Post y caminaría por el Central Park con ese aire de ex ministra del Interior de alguna dictadura de la Europa oriental.

Pero como la inteligencia sólo alcanza para pagar la luz y el teléfono y ser especialista en Bolívar o en filología comparada vende pocos ejemplares y obtiene poco reconocimiento, Martha tuvo que incursionar en la política siguiendo el único instinto que jamás le ha fallado: la adicción por el poder y la autoridad.

Fue funcionaria con Velasco Alvarado, ese chino de Castilla que quiso evitar el comunismo y que sólo se cuadraba ante ella, sonando los tacones como si se tratara de presentarse ante la mismísima mariscala. En esa época era socialista a rabiar y caviar de Beluga, una Rosa de Luxemburgo que iba a la ópera en visón y tintineando de pulseras doradas.

Pero así y todo convirtió la cultura en una prioridad y la edición y los premios a la producción académica en una cosa de todos los días en un país donde la gente seguía murmurando al leer y creyendo que el noticiero 24 horas era el colmo de la exquisitez cosmopolita.

Hizo obra aquí y en la Unesco, en París, donde sí le reconocieron el equipaje académico de ekeka sudamericana y la trataron a cuerpo de reina.

Más tarde comparó a Alan García con Simón Bolívar cuando García mandaba como un huno desde sus balconazos decretando que el cemento bajara, que la leche proliferara por el milagro de las ubres y que los domingos fueran lunes para que la gente siguiera trabajando.

Pero García era, al final, un demócrata y eso terminó por decepcionarla. ¿Cómo era eso de estatizar la banca y luego dejarse amedrentar por la grita de Vargas Llosa y el colchón de Pardo Mesones? No, ese no era un comandante en jefe como el Fidel con quien hizo tan buenas migas.

Porque a ella lo que le fascina es el ejercicio de la autoridad, el grito mandón, la unanimidad concentrada en un caudillo. Hubiera sido leguiista, benavidista, sanchezcerrista, odriista y, desde luego, como resultó siendo, fujimorista.

A esos predios llegó defendiendo a Fujimori en la TV, cuando la inteligencia del país censuraba al autócrata y se reía de sus vulgaridades gramaticales. Fue entonces que esta purista acérrima del habla culta soltó la tesis de que Fujimori se equivocaba a ratos con el castellano porque esta era su segunda lengua, considerando el japonés ancestral que tampoco hablaba bien.

Se olvidó de que la mayor parte de la generación de Fujimori aprendió el idioma del país que los acogió y lo habló con solvencia y creatividad. Se olvidó de los Watanabe, los Tanaka, los Tsuchiya, ejemplares en el decir y en el hacer.

Y de resultas de esta coartada, que ocultaba el hecho comprobado más tarde de cómo Fujimori despreciaba la historia del Perú aporreando simbólicamente su idioma oficial, Martha fue enamorando al Yamamoto de tantos Pearl Harbor domésticos.

Durante la década de Montesinos y su compadre extranjero, Martha defendió con elocuencia los logros del gobierno –que los tuvo–, calló hasta en esperanto sus desaprobaciones y recibió encargos sombríos que cumplió con la eficacia de su talento de generala en eterna disponibilidad.

Encargos, por ejemplo, como el de negar el terrorismo de Estado, las masacres del grupo Colina, la monra de los Hermoza Ríos y la defenestración del Tribunal Constitucional tras la “interpretación auténtica” del artículo 112 de la Constitución, esa sucia maniobra que permitió la segunda reelección del hoy prófugo.

Y todo lo hizo fulminando con un grito a cuanto alfeñique oratorio se le parase por delante y con la habilidad dialéctica que sólo la da el masaje neuronal de los libros.
Hace algunos días, Martha volvió a demostrar que está en forma tratando como a una maruja invertebrada a una animadora de la tele.

Porque su inteligencia brilla a los 81 años de su edad como si se hubiese conservado en formol y su carácter parece una espada toledana que hiere y decapita, si es necesario, a quien ose contrariarla.

Si la inteligencia fuese capital, Martha se trataría de tú a tú con Bill Gates.
Pero la inteligencia es un don, así como la estupidez es un déficit genético.
Así que si la coherencia y los valores fueran también un capital, Martha pediría limosna bajo un puente de la vía expresa.

julio 21, 2006

La novia fugitiva

Filed under: Artículos — cesarhildebrandt @ 2:31 pm

(La Primera) La novia fugitiva
La fuga de la señora Karp es una calumnia. Porque ella jamás estuvo entre nosotros.

Es más, fue su copia borrosa la que se casó electoralmente con Toledo, la que le hizo la vida imposible durante todo su gobierno y la que apareció, escapada del fuego que castigaba a las hechiceras, chamuscadita ella, cenicienta y braseada ella, la que apareció, digo, en una cabina de radio diciendo la única verdad que salió de su boca en estos últimos cinco años: “no necesito la nacionalidad peruana, gracias”.

Pobre Toledo. Complejos ancestrales adquiridos en una sociedad racista lo obligaron a permitirle al facsímil de la señora Karp lo que ningún jefe de Estado hubiese permitido: que le pateasen el tablero de la política cada vez que el susodicho remedo padecía del síndrome de Amberes, la peste negra de Bruselas y el baile de San Vito de Brujas, que fue allí donde nació hace 348 años aproximadamente.

La señora Karp copiandanga miraba a Toledo por encima del hombro, lo que no es difícil porque él es parte del club, a sus colaboradores desde la cima de esa Sissi atropellada por un tractor que ella creía ser y al presupuesto como una vaca lechera de esas que pastorean por las verdes praderas del país de los Leopoldos, negreros de oficio y genocidas marfileños de amplio prontuario en el Congo.

El avión presidencial era su taxi aéreo, el presidente su copiloto, los viajes una manera de sentir nostalgia por la escoba, Torre Tagle su recámara en la que le gritaba a los pobres diablos qué hacer por la causa de Sharon y sus líos con Ivcher una cuestión de soles más o soles menos, como deben ser las disputas ideológicas entre enemigos que son la misma cosa.

Después estaba la indiada. ¡Ah, los indios! ¡Cómo los quería! Claro que era mejor tenerlos lejitos para la pituitaria y cercanos para la foto y decorativos para la juramentación y anuentes para el aplauso cuando recibían lo que merecían por derecho.

Pero los mejores indios eran esos envueltos en bellos trajes que el tiempo había lastimado un poco, esos casi contemporáneos suyos que se embalaban como momias para que la señora de Bush, que de indios sólo sabía lo que le dijo John Wayne a su suegro, pusiese esa cara de éxtasis académico que tan bien le venía.

Los indios muertos eran su pasaporte a todos los museos y todos los quirinales del mundo. Chirac los miraba embobado, la señora Blair atarantada y el rey Juan Carlos más Borbón que nunca. Y, además, esos indios de antes en cuclillas no replicaban, viajaban en la bodega como si fuera primera y no pedían viáticos como los zánganos que la acompañaban.

La señora Karp sustituta nos ha dejado. El señor Toledo, que hoy parece el tío de Juanita, volará tras ella. Pero ella jamás volverá a cometer el error de creerle a los apus. Ni a los apus ni a los indios que hablan inglés.

Ni a los países suburbanos que jamás saldrán de su subdesarrollo mental, su inferioridad casi africana, sus cerros culebreantes, sus partiduchos desahuciados y esa incapacidad para apreciar lo que podría hacer por todos la bruja que acabó con la conjura de Merlín, qué te has creído.

julio 20, 2006

El botín del Canal 7

Filed under: Artículos — cesarhildebrandt @ 4:41 pm

(La Primera) El botín del Canal 7
Un corso de celebridades está a las puertas de Canal 7. Allí están reunidos el hombre araña llamado Cáceres, el Supermán que no le teme a la kriptonita sino a la contraloría, un Flash gordo reciclado y amigo de Mantilla, la Mujer Maravilla con tetas de Morillas, la Gatúbela que arrasó con los techos de Alfonso Ugarte, un John Quiñones aprista de Paterson, las viudas desconsoladas del martirologio, todos los Víctor Raúl del Reniec, todos los desempleados que alguna vez pasaron por La Tribuna y, por supuesto, el demonio de Tasmania con la cara de Judith de la Matta y una cuenta en el BCCI de Leonel Figueroa.

Todos se están disputando, a mano alzada y a fulgor de chaveta en plenilunio, el suculento botín de Canal 7. El Canal 7 es importante no por sus instalaciones centrales, que se caen a pedazos, ni por sus cámaras, que parecen de gas, ni por su rating, que siempre fue bajetón. El 7 es importante no por lo que es sino por lo que puede ser.

En las épocas de Fujimori el 7 fue el reino de la unanimidad rastrera y el directorio donde pícaros y pícaras sobrevaloraron cosas y cosillas, en el estilo escapero que el delincuente japonés alentaba a la distancia para que nadie se sintiera limpio y, por lo tanto, libre.

Pero el 7 puede ser una inmensa obra al servicio de la cultura, la información y el debate de las grandes cosas.

Porque tiene la más grande cadena de repetidoras en todo el país –hay zonas donde sólo puede verse su señal– y puede recibir, de inmediato, un reequipamiento técnico que es parte de una donación extranjera y que lo pondría a la altura, en materia de potencia de señal y resolución de imagen, de la mejor TV privada del medio.

Ahora bien, ¿se imaginan un canal así en manos de los chicos que balearon a los humalistas en el Cusco? ¿O en manos de los de la carne podrida, el MUC delivery, las colas de ENCI, la información privilegiada, la bolsa o la vida, arriba las manos y arriba Perú?

Pues sería la cueva de Alibabá. El canal se programaría en la Casa del Pueblo, vendería publicidad a pastos al amigo Estado, compraría películas del año anterior a precios de estreno por venir, series repasadas a cotización de nuevecitas y ampliación de infraestructura a comisión de lo que guste colaborar, ingeniero.

¿Y se imaginan si hubiera noticieros regionales para los carnetizados del Perú profundo, repotenciación de antenas repetidoras con decretos de urgencia educativa? ¿Y los colaterales y los intangibles y el discurso del señor presidente en Chulucanas? “Pero en seguida, no se mueva, que ya viene: Lo que le deben los machiguengas a la pujante minería peruana. Adelante, ingeniero Sotomarino. Muchas gracias”.

¡Corten!
Bueno, eso es en todo caso lo que está en juego. Quizás llegue el día en que tengamos nuestra BBC o algo que se le parezca.

Es decir, una emisora que no dependa del rating, que mejore el nivel de la discusión, que diga la verdad sobriamente y sin ataduras, que investigue con seriedad y emita sin miedo, que no tenga intereses financieros que defender, una emisora donde los periodistas sean protagonistas y no ovejitas al pie de un teléfono del que depende su trabajo y la dignidad, un canal alejado del hampa privada que hoy controla la mayor parte de la TV.

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