César Hildebrandt Blog

Enero 5, 2007

Bajo tu poncho de vino

Archivado en: Artículos — cesarhildebrandt @ 6:38 am

(La Primera) Bajo tu poncho de vino
¿Quién es José Antonio García Belaúnde? ¿De dónde procede este embajador del pensamiento débil, la estrategia fantasma, la geopolítica del alfeñique regional, el auto stop aéreo y el “hay que amistarse con quien te llamó ladrón porque los zambos hablan así”?

José Antonio, nombre que su papi eligió entre sus devociones peninsulares, dijo ayer que una facción de Hamas había secuestrado a Jaime Rázuri. El pobre ignora que Hamas carece de facciones, que las facciones devoraron al partido FPLP de George Habash y están comiéndose a lo que queda del corrupto Al Fatah, la organización de Arafat y de Abbas.

Por supuesto, de inmediato salió Hamas a desmentirlo y a prometerle al pueblo peruano, no al triste José Antonio, que hará todo lo posible por identificar a los raptores del periodista peruano. Ante el vergonzoso desmentido, al pobre canciller de yerro no se le ocurrió otra cosa que hacerse el loco y agradecerle a Hamas “su sentido de la cooperación”. ¡Dios mío! Por menos ridículo cayeron algunos dioses del Olimpo.

Pero no le bastó con eso. Enseguida, ante el afán de los periodistas que acercan sus grabadoras para no hacer preguntas sino imitar la ecolalia del autismo, José Antonio, más personaje de Chabuca Granda que nunca, dijo que uno de los peores errores de Toledo fue allanarse parcialmente a la demanda de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.

¿Pero este es o se hace? ¿O es y se hace a la vez, como le ocurre al perro de los Aguá?
Nunca lo sabremos.
La pregunta, José Antonio, no es por qué nos allanamos como Estado sino ¿cuál era la alternativa?

Y la alternativa, Tete, era no allanarse, pelearse con la Corte que algún día podrá cautelar hasta tus derechos cuando García te dé una patada y te deje sin devengados, y asumir la causa del varias veces ladrón y muchas veces asesino Alberto Kenya Fujimori Fujimori, actual pareja política de tu jefe, o sea el señor presidente de la República. Y Fujimori no necesita del apoyo peruano en la Corte interamericana porque cuenta con el respaldo mundial de su verdadero país, es decir el Japón, país de nacionalidad excluyente y donde la ultraderecha nacionalista cobra cada día más importancia.

¿Eso hubiera estado bien? ¿Eso habría estado OK? ¿Que dijéramos que se puede matar impunemente a 42 reclusos, muchos de ellos no condenados por corte alguna? ¿Que en 1992 éramos tan salvajes como los tutsis de Ruanda, los serbios de Milosevic y los rusos en Grozny? ¿Que cuando el liberalismo se asusta todo vale y el Estado se constituye en banda de López Rega y sale a matar en fords sin placa (o con la placa de la camioneta de Santiago Fujimori)?

¿Eso debimos hacer, José Antonio, José Antonio? ¿No ir a la Corte a decir que Fujimori fue una pus pasajera sino a admitir que es una infección crónica del Perú, como se empeña en demostrarlo, a veces, el gobierno por el que tú metes la pata con tanto denuedo?

Enero 4, 2007

Recuerdo de García Márquez

Archivado en: Artículos — cesarhildebrandt @ 6:37 am

(La Primera) Recuerdo de García Márquez

Recuerdo perfectamente el día en que empecé a leer “Cien años de soledad”, hace 40 años o poco menos. Tenía 19 años y era un perfecto parásito de los libros  y allí estaba en mis manos, caliente como un pan bíblico, el ejemplar de la novela que cambiaría el modo de escribir del siglo XX, el rústico ejemplar de editorial “Sudamericana”, con ese papel que el tiempo oxidaría y que hasta hoy conservo como un fetiche.

¡Qué libro! Cuando terminé de leerlo era un zombie y al hablar con los que lo habían leído me di cuenta de que ellos también eran zombies, tocados por las manos de Melquíades, viviendo en su Macondo propio, envidiando para bien a quien había hecho sonar el idioma como nunca había sonado desde que Cervantes fundó la modernidad del XVI.

Siempre habíamos sabido que Joyce era un padre enorme y putativo y, traducido maravillosamente al decir de los entendidos, habíamos bebido del manantial primero de ese irlandés que le escribió cartas sucias a su Nora Barnacle. Y bueno, todos nos decíamos, en medio de nuestro entusiasmo juvenil, que pocos libros como el “Ulises” de Joyce, con todos esos juegos de espejos que más tarde nos haría descubrir Navokov, con el imborrable y burlón penúltimo capítulo hecho en forma de catecismo y con el monólogo interior interminable de Molly Bloom, la vulgar y humanísima señora de Leopoldo Bloom con sus fantasías lanzadas por el REM, la insatisfacción sexual y el aburrimiento que su cornúpeta marido podía producir en una furcia como ella.

Pero Joyce era ajeno del habla, que es el idioma por excelencia, y requería la mediación de José María Valverde para ser entendido (o presentido para ser más exactos). En 1967, en cambio, nos había nacido un Joyce propio, un Faulkner de la vecindad, un genio que refundaba, sin proponérselo, la novela, rescatándola del realismo que la maltrataba, del lirismo que la hacía inglesa en el peor sentido y de las buenas intenciones que muchas veces la podían prostituir y convertirla en panfleto. Y todo con un lenguaje que sonaba a sagrada escritura, al cúmplase y archívese de unos dioses paganos de Aracataca. Porque la prosa de “Cien años de soledad” tiene las cualidades de una profecía que se está cumpliendo mientras se lee y muchas veces parece el dictado de una voz colosal tomado por un escriba.

Hay magia no sólo en lo que se cuenta sino en el modo cómo se cuenta, siendo cabal en García Márquez la inexistencia de una frontera entre fondo y forma cuando de una obra maestra se trata.

A las enumeraciones victoriosas de “Cien años de soledad”, Vargas Llosa las llamó “el ritmo encantatorio” de García Márquez. Lo hizo en ese volumen de más de 600 páginas llamado “Historia de un deicidio”, biografía camaraderil y ensayo prolijo sobre la obra del colombiano –probablemente lo  mejor que se haya escrito en torno a García Márquez–.

Pertenecí a una generación privilegiada de lectores. Entre mis catorce y mis veintisiete años estallaron –creo que esa es la palabra que mejor define la aparición de sus libros– Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez, Augusto Roa Bastos, Guillermo Cabrera Infante, Alejo Carpentier, José Lezama Lima. No había tiempo para detenerse. Era un banquete sin fin, la orgía perpetua pero de lectores. Fue el Dorado de América Latina. Y en ese reino –donde Losada seguía editando a Neruda y a Guillén, Emecé a Borges y el monopolio español del márquetin ni soñaba con imponerse sobre la calidad intrínseca de cada obra– el cacique indiscutible, el monarca chibcha lleno de abalorios y poderes fue don Gabo, el autor de uno de los pocos libros que justifican la palabra literatura.

Cuarenta años de “Cien años de soledad”: hoy, algún lector de alguna editorial, actualizada con la novelística de aeropuerto que se busca y edita, rechazaría el manuscrito de García Márquez llamándolo barroco, confuso y demasiado extenso. Es que hoy muchos libros no se escriben: se giran.

Enero 3, 2007

En el Año del Deber

Archivado en: Artículos — cesarhildebrandt @ 6:36 am

(La Primera) En el Año del Deber
En el Año del Cumplimiento del Deber, cumplo, señor presidente de la República, con expresarle lo siguiente:

1) Me parece abominable que siga usted bailando al ritmo de la prensa del Chino, prensa que va desde el pobre diablo que muerde por los evasores Aguá hasta la que expresa al montesinismo asesino, en este asunto tan importante del fallo de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Usted sabe que lo importante es que esa condena apunta directamente a Alberto Fujimori, su actual socio de sangre. Por eso es que Chirito, otros servidores y su gran prensa se han encargado de calumniar a la Corte, de intentar desacreditar el fallo y de poner al pueblo en su contra hablando de todo menos de aquello que es sustancial: Fujimori ordenó el asesinato de 42 terroristas vencidos y desarmados y las autopsias demostraron que los disparos que les hicieron no fueron consecuencia de ningún combate sino exterminio a quemarropa. Al intentar enlodar a la Corte de San José, usted, señor presidente, se cura en salud porque ¡también viene! el fallo en contra suya en el caso de El Frontón, donde usted superó frenéticamente lo que su hermano de sangre Fujimori haría seis años después.

2) Usted no se cansa de felicitar a la jueza Carolina Lizárraga por lo que está haciendo en contra de Toledo. Pero, como nos lo acaba de recordar Carlos Castro, resulta que en el caso de la fábrica de firmas de Perú 2000 –en la factoría de firmas clonadas del delincuente Oscar Medelius–, allí sí los planillones fueron considerados documentos privados y por lo tanto el asunto pasó de puntillas por el sistema anticorrupción. Usted sabe que esa diferencia es esencial pero usted la silencia porque es parte de su acomodo con la abyecta mafia que saqueó al país, mató por simple sospecha y ensució los uniformes de Grau y Bolognesi.

3) Usted dice delante de Alex Kouri –visitador de Montesinos, amante político de Montesinos, y hoy socio suyo en esto de aliarse con sus pares– que el Sutep es retardatario y que usted es progresista y que el Sutep es un obstáculo para la renovación de la educación. Lo que no dice es que el presupuesto real de la educación será este Año del Deber menor, en cifras relativas, que el del año pasado. Parece usted repetir, además, ciertos argumentos aparecidos en el diario El Comercio, que tras una historia dedicada a defender a todos los Sánchez Cerro, Benavides y Odrías del siglo XX afirma ahora que el Sutep, más que los presupuestos degradados, es el responsable del estado actual de la educación peruana. Usted y Fujimori se han reconciliado. Usted y Kouri se han reconocido como de la misma catadura. Usted y El Comercio han conocido, por fin, el entendimiento. Total, no me sorprende: ya en 1939 Haya de la Torre daba órdenes para que ciertos apristas apretaran la mano de sus verdugos y “sondearan” lo que pediría, a cambio de una alianza política, el líder fascista Luis Flores, secretario general de la Unión Revolucionaria sanchezcerrista. No es usted demasiado original, doctor García. Es usted una sencilla reencarnación de su jefe y terminará comiendo cebiche con Dionisio Romero, el Beltrán a la mano de estos tiempos globales.

4) Recibe usted los halagos de las señoras de Asia, de todas las Madeinusa en pantalla, de esa Martha Moyano que quiere encausar a García Sayán con la ayuda de los votos apristas en el seno de la comisión de acusaciones constitucionales, de los editores de El Comercio vestidos con túnicas blancas en una de sus preventas personales, del flamante tránsfuga Ántero Flores Aráoz, y, en general, de todos aquellos que usted trataba a la distancia cuando fingió ser una opción de cambio responsable en la segunda vuelta. En este Año del Deber cumplo con el mío de decirle, señor presidente de la República, que, desde un punto de vista electoral y quizás ético, es usted el más exitoso, carismático e irresistible traidor de los últimos tiempos. Como Fujimori, ni más ni menos. Esto dicho con todo el respeto que su altísima investidura merece.

Enero 2, 2007

La duda del Alzheimer

Archivado en: Artículos — cesarhildebrandt @ 6:34 am

(La Primera) La duda del Alzheimer
Estoy pasmado. He leído en el último dominical cultural de El Comercio un texto de don Julio Ortega que me obliga a someterme, de inmediato, a una tomografía axial del cerebro y a revisar lo que yo creía eran relaciones relativamente próximas –ya que no íntimas ni mucho menos carnales– con el idioma castellano.

Hablando de una novela que, sin duda, reúne diversos méritos, don Julio Ortega llega a decir, desde el paroxismo de unas supuestas tinieblas, lo siguiente:
“Todas mis muertes… declara ya en su título el rango de su recuento: todos sus nacimientos. Primero, del “yo” del relato (Francisco Neyra, nombre que sustituye al del autor, implicándolo); luego, del escritor adolescente (cuyo oficio de periodista es otra sustitución); y, en fin, de las muertes verosímiles que ocurren en la representación (en la dimensión mimética) y de las simbólicas (cuya economía es un trabajo de luto) que el narrador debe asumir para renacer de las muertes del “yo” en los renacimientos del “tú”, del lector, quien lee los hechos al mismo tiempo que el personaje los vive. De modo que se trata de la construcción de una lectura que nace en la primera novela de un escritor que aprende a escribir gracias a las muertes que le dan nombre. Gracias a la novela, el mundo se hace habitable; y gracias a la lectura, compartible”.

No sé cómo habrá reaccionado el interfecto, es decir el autor, el probablemente talentoso pero aún no leído por mí Ezio Neyra. Pero yo llamé de inmediato a un amigo pidiéndole auxilio y exigiéndole con trémula voz que leyera ese párrafo y me lo explicase.

–Creo que el Alzheimer me devora. Soy un Reagan precoz, un Bush civil y sudaca –alcancé a decirle.

Mi amigo me llamó quince minutos después. Me dijo que él tampoco había entendido nada y añadió que, a diferencia mía, a él no le importaba un comino el asunto.
–Primero, porque sé que no tengo Alzheimer. Y segundo, porque la crítica literaria de Ortega hace rato que es un enigma –me dijo.

–Pero esto es más que un enigma. Este es el big bang de un nuevo idioma –señalé.
–Es un viejo truco y ya estás viejo como para que te sorprendas: si escribes así es que sabes mucho y el lector tiene que seguirte aunque sea con la lengua afuera –replicó él.

–¿Así de sencillo? –pregunté–.
–Me parece –terminó él con ese sentido común que nunca terminaré de envidiar.
Pero yo insisto. Desde esas tinieblas del sentido, desde ese paroxismo de la sintaxis epileptoide, desde esa breve orgía interparentética –como diría Marco Aurelio Denegri– don Julio Ortega, el remoto viudo de Cecilia Bustamante, intenta decirnos algo grandioso que los tristes mortales sólo podemos intuir.

Yo insisto en ir al médico y en creer ahora, después de leer a don Julio, que el castellano no es Hernández ni Cervantes ni Vargas Llosa: puede ser también el balbuceo primordial de un poseso en trance de admisión, segundos antes de gritarnos que los dioses del Averno lo han tomado y abusado de sus carnes. n

P.D. Un feo error se filtró en esta columna el domingo pasado. Alguien puso írrito donde debió decir írrita (por la sentencia contra Saddam Hussein). Lo lamento. Quiero también hacer causa común por la suerte del fotógrafo peruano Jaime Rázuri, secuestrado antier en la Franja de Gaza.

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