(La Primera) Bandada de cuervos
James Brown murió hace tres semanas. Hasta ahora, sin embargo, no puede ser enterrado y yace, embalsamado dentro de un féretro sellado al vacío, en su casa de Beech Island, Carolina del Sur. Unos guardias de seguridad custodian el cadáver y un aire acondicionado de helarse trata de demorar su deterioro.
Como perros hambrientos, sus hijos múltiples, sus variadas esposas, los abogados al tanto por ciento, batallan por quedarse con alguna presa del botín funerario mientras el cuerpo de Brown ha pasado del rosáceo del maquillaje mortuorio al marfil de la momificación que ya ha empezado.
El abogado Buddy Dallas ha cerrado la casa del rey del soul bajo el argumento de que su aparente viuda Tomy Rae Hinnie no es su viuda. Arguye que Hinnie, que era corista de la banda y que ahora tiene 36 años, se casó con Brown estando todavía casada y que, por lo tanto, no tiene ningún derecho sobre la vasta herencia en disputa. Además, acaba de sonreír al enterarse de que el testamento del músico del peluquín lacio y las botas con un toque diamantino, excluye a Hinnie y a su hijo de cinco años de edad.
Pocos recuerdan en estos días carroñeros que este verdadero innovador de la música negra norteamericana nació en una choza de Georgia, fue abandonado por su madre, criado por una tía que regentaba una posada de putas y obligado por el hambre a apañar algodón siendo un niño y, algunas veces, más tarde, a robar accesorios de automóviles.
Debutó como delincuente en forma a los 13 años con un robo a mano armada, estuvo tres años en un reformatorio y otros tres en la cárcel central de Georgia. Su opción era convertirse en un canalla profesional o intentar la música que siempre le había apasionado pero de la que la miseria lo había alejado.
A los veinte años empezó, entonces, su carrera musical y la acumulación de esa fortuna que ahora no lo deja descansar en paz. Dicen los entendidos que su mejor contribución a la música fue el funk, sustrato noble de la innoble música disco y abuelo del callejero hip-hop. Pero toda su formación de autodidacto terco empezó en las iglesias bajo la influencia del gospel, hermano mayor del soul.
Los que lo conocieron dicen también que en su esplendor, y, a pesar del éxito y de los millones que sus grabaciones produjeron, Brown nunca dejó de echar de menos a la madre que no tuvo, al padre semivago que lo entregó a una tía tratante de negras y, en fin, a la infancia que la miseria le robó sin remedio.
Alguna vez Brown, que tenía borracheras muy malas y euforias muy agresivas por la coca, le pegó una tunda a su mujer, Hinnie, y fue a la cárcel por ello y por posesión de drogas. Hace unos días, Hinnie se apareció en el programa de Larry King y confesó que sí, que le pegaba, que se pegaban, “pero sólo porque somos muy apasionados”. Hinnie no sólo ha confesado eso: ha hablado de las dentaduras postizas de Brown –varias, por si acaso– y de sus incompetencias sexuales a causa de una próstata irritada. Como se ve, la ex corista de la banda es una divertida fronteriza.
Como si todo esto fuera poco ha salido una vieja secretaria de Brown a demandarlo por 106 millones de dólares, acusándolo de haberla violado, pistola en mano, en 1988.
“Todo se arregla bailando”, dijo alguna vez Brown.
Si supiera qué banda de cuervos danza alrededor de sus restos habría dejado las cuentas más claras y pagado más impuestos. Sí, porque el fisco del tío Sam también revisa papeles para ver qué tajada del cadáver se lleva a sus arcas.
