César Hildebrandt Blog

Octubre 13, 2006

Cultura del deber

Archivado en: Artículos — cesarhildebrandt @ 5:21 pm

(La Primera) Cultura del deber
La cultura del deber es vital para una política emparejada con la ética. Pero, como acaba de escribir César Lévano en Agronoticias, la cultura del deber la tiene que fomentar quien cumple con los suyos.

Y uno de los deberes primarios es cumplir con las promesas. Sobre todo con las promesas electorales.

De tal modo que, ¿cuál es, entonces, la autoridad del señor presidente de la República para exigirle a los peruanos que cumplan con su deber si él es un moroso de su propia palabra y un perfecto acreedor de sí mismo?

Tanto se debe el señor presidente de la República que está por declararse en quiebra de sí mismo y a punto de asistir a su mismísimo Indecopi, entidad que, en su caso, debe hallarse en alguna región próxima al duodeno.

Incumple de tal modo con su palabra que podría embargarse a sí mismo, congelarse todas las cuentas de la memoria y rematarse en subasta a martillo esgrimido y con notario al frente. Y él mismo se compraría por pedazos y a precios módicos.

Para el doctor Alan García la palabra es guiñapo que se grita y la promesa vale menos que la reputación de economista de Luis Alva Castro.

Basta con que el doctor García prometa algo para que todos nos enteremos de que esa reforma jamás se llevará a cabo, esa represa no habrá de levantarse o aquella revisión cláusula a cláusula (del TLC)  fue sólo fijación oral a lo Shakira, o sea cuento puro pero sin el atenuante de las caderas libanesas que esgrime la fiera colombiana.

Cuando quieran saber de un futuro inverosímil ruéguenle al doctor García que haga la promesa respectiva.

–Doctor García: prométame que siempre viviré en la casa de mi suegra.
–Te lo prometo, compañero.

Ten por seguro que a los tres meses tendrás tu depa propio puesto por el gordo Garrido-Lecca. Y puedo asegurarte, sombríamente, que al año carecerás de suegra por algún designio del destino.

Si García no hubiese prometido que dará agua a dos millones de peruanos, convencido estoy de que, al fin de este lustro, dos millones de limeños marginales habrían de tener su agua y su desagüe. Pero, fatalmente, el doctor García ha hecho una promesa solemne al respecto y temo que habrá de suceder lo de siempre.

Porque, eso sí, el doctor García siempre cumple con lo que no promete, que es una manera distraída de ser un caballero y un modo un tanto anárquico de ser cumplido a traición.

–O se van ellos o me voy yo –dijo alguna vez.
Y se quedaron todos, tanto él como ellos, ellos y él, todos juntos como en una piña, aglutinados por los cadáveres coproducidos, por las muertes que a él y a ellos tanto les debían, maridados por las fosas comunes que ellos y él habían cavado casi juntos a la luz de las lámparas de kerosene puestas por Mantilla y Pete el Malo.
–Doctor García: prométanos que jamás hará nada por nosotros –le dirá algún alcalde brillantísimo.

–Puede usted contar con eso, compañero –dirá García.
Y a la semana llegarán las brigadas de ingenieros, los teodolitos, los campamentos y las excavadoras. Y a los seis meses ese pueblo habrá renacido a punta de inversión.

Yo conozco a un muy amigo de García que ama hablar de la cultura del deber pero que le debe a la Sunat un huevo de plata. Y le debería más si declarara todo lo que ingresa, aunque, claro, para eso habría que torturarlo en una celda de la Gestapo.

Y conozco al ex director de un periódico que le vendió publicidad al Banco de Crédito y no ingresó dichos dineros a la contabilidad de la empresa y ahora también habla de la cultura del deber.

Y ese muy amigo de García presiona ahora a una publicación para ver si el propietario actual se la vende a otro amigo de García, con lo que García se desharía de un problema y adquiriría otro felpudo para limpiarse las patas cuando llueve.

Y todos esos hablan de la cultura del deber. Deberían de irse pal’ carajo, aunque no haya promesa de por medio.

Octubre 12, 2006

Sugerencias para extradiciones proactivas

Archivado en: Artículos — cesarhildebrandt @ 7:54 pm

(La Primera) Sugerencias para extradiciones proactivas

Como el señor presidente de la República, doctor Alan García, se ha vuelto un “extraditor proactivo” (sic), le sugiero lo siguiente:

a) Que envíe de una vez a Agustín Mantilla a la corte del condado de Dade, en uno de cuyos bancos tenía el susodicho dineros sobresalientes que él (Mantilla) jamás tocó y que alguien de arriba (dizque) le ordenó acopiar;

b) Que envíe al almirante Luis Giampietri a la Corte de La Haya para que, de una vez, sea juzgado por crímenes de lesa humanidad perpetrados en contra de prisioneros de guerra;

c) Que envíe al esfumado Chito Ríos a la Corte Interamericana de San José, para que encare los kilos de expedientes que pueden estar aguardándolo así pasen los años, como en la canción;

d) Que envíe al gerente general que fuera de Tralima a algún honorable juzgado penal de Milán, donde deberá explicar adónde fueron a parar las comisiones que Bettino Craxi ordenó pagar por el elefante blanco del tren eléctrico;

e) Que envíe a una corte domiciliada en Luxor a quien intermedió en la reventa de algunos Mirage fabricados originalmente para el Perú y destinados luego, en reventa, al maravilloso Abderramán;

f) Que envíe a un tribunal de París a quien creara aquel fideicomiso, con sede en Luxemburgo, que fue el propietario primero de su departamento en la capital de Francia;

g) Que decida a qué jurisdicción judicial de Tijuana envía el expediente siempre reabrible del señor Carlos Lánber, aquel inolvidable hayista que compró la finca del fundador del APRA en Vitarte y produjo, entre otras hediondeces, P.M., el periódico cultural del aprismo de combate;

h) Que envíe en un jet delivery a Washington a todos aquellos que participaron en la creación de escuadrones de la muerte autorizados por él mismo (o sea el propio García) y armados por Mantilla y su equipo de liquidadores provistos de visores nocturnos, cuyo rastro inequívoco aparece en la biblioteca recién desclasificada del ex presidente de los Estados Unidos Ronald Reagan;

i) Que envíe a una corte federal bonaerense a quienes compraron carne podrida para ENCI;

j) Que envíe, en diáspora de Interpol, a los que se beneficiaron y se hicieron ricos usando algunas de las doce modalidades de los dólares MUC;

k) Que envíe pronto a Sudán, embalado en melaza chiclayana, al doctor Alva Castro, a quien le espera una sentencia por haber hecho uso indebido del ahorro de cientos de miles de peruanos, delito que sólo prescribe en Neverland, la república imaginaria donde Alva Castro vive junto al perrito púdel que le regaló Elton John en su último cumpleaños;

l) Que extradite a su caricaturista favorito a los Países Bajos, donde hará todo lo posible por dejarlo bien;

l) Y, por último, que envíe de una vez todas sus promesas electorales al basurero, que así habrá meses de espera ahorrados, toneladas de editoriales también ahorrados, iras inútiles avariciosamente ahorradas, esperanzas ahorradas y blasfemias y mentadas de madre que no saldrán nunca más de bocas tan ahorrativas como escarmentadas. Extraditemos, por fin, a la verdad, que tantas incomodidades produce cuando se la recuerda.

Octubre 11, 2006

La bomba atómica de Corea

Archivado en: Artículos — cesarhildebrandt @ 2:55 pm

(La Primera) La bomba atómica de Corea

El mundo está muy preocupado por Corea del Norte. Los comunistas chinos, que alentaron la guerra de Corea instigando la invasión de Corea del Sur y mandaron a un millón de hombres a la muerte detrás del paralelo 38 y que por estos años han construido el capitalismo sin sindicatos y a dólar la hora como salario, están muy preocupados.

Japón, que invadió a sangre y fuego la península de Corea hasta que tuvo que abandonarla en 1945, luego de las dos bombas atómicas caídas sobre su territorio, arde en preocupación.

La Federación Rusa, donde han muerto 120 periodistas desde 1991 y doce sólo en la gestión viciosa de Putin, comparte esta preocupación al mismo tiempo que parece alistar la cuarentena comercial y, si es posible, la guerra con Georgia, un país con los mismos derechos a ser independiente que los que tiene la devastada Chechenia.

Estados Unidos de Norteamérica, que estuvo a punto de lanzar una bomba nuclear sobre Corea del Norte en la guerra de 1950 a 1953 –por eso destituyeron al general McArthur del mando de las tropas de la ONU que sirvieron de pantalla a la intervención estadounidense–, está, con Bush a la cabeza, que ya no puede dormir de preocupación.

China, que hierve en misiles nucleares; Rusia, que se pudre en arsenales atómicos; Estados Unidos, que tiene armas atómicas a pasto en sus silos de Kansas y en ese destructor anclado en Medio Oriente llamado Israel; Japón, que tiene un pacto de defensa que obligaría a los Estados Unidos a asumir su defensa contra cualquier agresión –inclusive si esa defensa tiene que ser nuclear–, todos, absolutamente todos, están a las patadas con Kim Yong Il.

Entonces he pensado en Kim Yong Il, el hijo de Kim Il Sung, el heredero del poder en la Corea fantasmalmente estalinista.

Y me he preguntado:
¿Cuántos países ha invadido Corea del Norte? Respuesta: Ninguno –por lo menos desde que se firmó la paz en 1953–. ¿Cómo? ¿No estuvo en la invasión de Guatemala, en la fallida de Cuba, en la exitosa de República Dominicana, en la veloz de Grenada, en la lenta como la fiebre malta de Nicaragua?

¿Qué? ¿Tampoco estuvo, en los viejos tiempos, en la invasión de China por Japón y en la invasión norteamericana del Japón? ¿Tampoco amenaza con la devastación a Taipei, como hace China cada vez que le recuerdan que puede haber dos Chinas? Tampoco.

¿A cuántos países ha bombardeado sin previo aviso la aviación de Corea del Norte? Respuesta: A ninguno. ¿Cómo? ¿No ha participado en los bombardeos de Trípoli ordenados por Reagan y Clinton en sus respectivas gestiones, sin declaratoria de guerra y con blancos civiles de por medio? ¡Dios mío!

¿Y tampoco ha participado en el bombardeo infinito de Grozny, la capital chechena, donde ahora gobierna un títere ruso que le habla al oído a Condoleeza Rice? No, no ha participado.

¿Cuántas tropas de ocupación tiene Corea del Norte en Tikrit, Bagdad, o en Numaniya? ¿Y cuántas en Kabul? Respuesta: Ninguna. ¿Participó Norcorea en la invasión soviética de Afganistán en diciembre de 1979? No.

¿Participó en la invasión norteamericana de Afganistán del 2001? Tampoco. ¿Participa en las tropas de ocupación de la OTAN, que han sucedido a las tropas de ocupación de los Estados Unidos en la matanza de talibanes en Afganistán? Menos.

¿Colaboró Norcorea en la construcción de armas de destrucción masiva que no existían en el hoy inexistente y barrido por las bombas Irak? No.

¿Colaboró con Israel en la construcción de su poderío atómico apadrinado por los Estados Unidos y sostenido hipócritamente por la comunidad internacional? No.
¿Ha enriquecido uranio para Irán, el otro “forajido” del orden internacional actual? Tampoco.

¿Se retiró en 1968 del Tratado de No Proliferación de Armas Atómicas? Sí, pero alguna vez lo firmó. Israel, en cambio, jamás lo hizo.

Corea del Norte es un país gobernado por un déspota despiadado. El mundo está gobernado por un déspota despiadado que ahora ha borrado la frontera entre libertad y tiranía con su política interna de violar todas las comunicaciones y con su política externa de tomar prisioneros donde y como quiera, torturarlos en cárceles clandestinas y liquidarlos si eso es necesario para la seguridad de los Estados Unidos.

¿Quién es más peligroso? ¿Un déspota despiadado que gobierna un país de seis millones de habitantes o un déspota despiadado que gobierna el mundo? ¿Y quién tiene la razón en un mundo que parece haberla perdido?

Recuerde a Grau, almirante Giampietri

Archivado en: Artículos — cesarhildebrandt @ 4:44 am

(La Primera) Recuerde a Grau, almirante Giampietri

El almirante Luis Giampietri debe haber recordado el domingo, como todos los marinos peruanos, a Miguel Grau. Y habrá recordado, entonces, que Grau hacía prisioneros y rescataba náufragos y enviaba cartas de condolencia a las viudas de los jefes de la armada chilena caídos en combate.

Ese era Grau, el mismo Grau que, a pesar del consejo de todos, emprendió proa a Iquique sin haber hecho las reparaciones debidas en el Callao.

Porque a finales de septiembre de 1879 ya el Huáscar había hecho todas las proezas que podía esperarse de su capitán y el estado mayor aliado, todavía peruano-boliviano, demandaba que la mágica nave se tomara un descanso, limpiara fondos y curase las averías que el desgaste de los años y la intensidad de su aventura le habían causado.

No olvidemos que el Huáscar había sido adquirido en astilleros ingleses en 1864, a la luz del conflicto creado por el neoimperialismo español “y justamente para defender a Chile, conforme el pacto de alianza de Prado, todo lo cual fue echado al olvido por el país del sur a la hora de apoderarse de nuestro suelo”, según escribe Mariano Felipe Paz Soldán en su insuperable Guerra de Chile contra el Perú y Bolivia.

No olvidemos también que el Huáscar tenía 300 caballos de fuerza mientras que el Cochrane y el Blanco Encalada, blindados chilenos construidos en 1875, tenían 2,920 caballos de fuerza. El Grau podía desplazar 1,300 toneladas. Los barcos chilenos podían con 3,560 toneladas.

El Huáscar tenía dos cañones Armstrong de 300 libras. El Cochrane y el Blanco Encalada tenían seis cañones de 250 libras, otros de menor calibre y ametralladoras para el combate cercano. La munición artillera de los blindados chilenos era de acero perforante, ventaja de la que también careció el Huáscar.

Y, sin embargo, este barco, ya anacrónico en 1879, llegó a jaquear y a desesperar a la arrogante armada chilena, al punto de que el jefe de la armada del sur, Galvarino Riveros, recibe del ministro de Guerra la orden de usar toda la flota para acorralar y hundir al Huáscar. En efecto, a la hora de la celada, intervinieron el Blanco Encalada, la Covadonga, el Cousiño, el Cochrane, la O’Higgins y el Loa.

¡La armada invencible en versión pirata! Chile sabía que, muerto Grau, el camino hacia la invasión de Lima y el saqueo de la odiada capital quedaría allanado.
Habrá recordado el almirante Luis Giampietri que Grau murió, destrozado, cumpliendo su deber.

Para recordar cómo fue esa muerte digna que el destino juzgó inexorable recordemos las palabras de un periodista chileno, el corresponsal de guerra de El Mercurio, de Valparaíso:

”Los efectos del otro proyectil fueron todavía más terribles. Dando de lleno al lado de estribor de la torre de combate del comandante, hizo en ella un grande agujero y fue a azotar contra la pared del lado opuesto… Al comandante Grau… lo destrozó instantáneamente.

Todo lo que quedó de él fue el pie derecho y una parte de la pierna, algunos dientes incrustados en el maderamen interior, y menudos trozos confundidos con los hacinados restos de la torre. Eran las 9 y 32 de la mañana.” (Crónica publicada el 12 de octubre, vía telégrafo, por El Mercurio de la capital chilena).

Así mueren los que se asoman al mayor de los corajes: al del deber cumplido. ¡Y pensar que el Huáscar, agujereado por todas partes, acribillado desde todos los ángulos, resistió hasta las 10 y 55 de aquella mañana! ¡Una hora y trece minutos de resistencia admirable en la que se sucedieron, al mando de la nave mártir y luego de la muerte de Grau, Aguirre, Ferré, Rodríguez y Carbajal, todos muertos en su puesto de mando!

Dejemos que el corresponsal chileno de El Mercurio nos cuente el final de la historia:

“Al abordar al Huáscar el primer bote chileno (del Cochrane,nota del columnista) estaban todos los oficiales peruanos sobre la cubierta, pero ninguno de ellos entregó su espada, porque momentos antes las habían arrojado al agua.

Algunos de ellos, entre los cuales se cuenta el oficial de la guarnición, gritaban: ¡Los peruanos no se rinden! El capitán Peña, que iba animado de la intención de dejarlos en posesión de sus espadas, pues bien lo merecía aquella porfiada resistencia, les dijo en tono seco:

Tienen ustedes cinco minutos para embarcarse en el bote… Por todo el interior del Huáscar no se podía dar un paso sin tropezar con algún resto humano y materialmente se chapoteaba en la sangre…”

¿Qué pensaría Grau de marinos que matan a rendidos? ¿Qué pensaría de un compañero de armas tan valiente con los desarmados? ¿Y qué pensaría Grau de un gobierno tan netamente subordinado a Chile, no en nombre de la paz sino que en nombre de la cobardía y los complejos, esos complejos que Grau odió y contradijo con su muerte, esos complejos que el doctor García encarna con la más absoluta perfección, el papelote encarna con históricos precedentes, la TV encarna con su amnesia conveniente y la prensa, en general, encarna con su minuciosa ignorancia sobre el pasado? El contralmirante Grau nos mira y se avergüenza. Él también quiso la paz de los dignos.

Octubre 9, 2006

Bryce: el franco tirador

Archivado en: Artículos — cesarhildebrandt @ 1:34 am

(La Primera) Bryce: el franco tirador
El estudio Barreda Moller Abogados, en representación del doctor Herbert Morote Rebolledo, ha interpuesto ante el Indecopi una denuncia por “acción de infracción” en contra de Alfredo Bryce Echenique. ¿El motivo? Que el señor Bryce ha actuado maliciosamente “por infringir los derechos autorales del Dr Morote”.

Que así es como los abogados llaman al plagio, o sea al hecho de tirarse un texto ajeno –es decir un trabajo ajeno, un viaje intelectual ajeno, un ejercicio de la sinapsis ajeno– y luego hacerse el cojudo, como hacía Julius cuando su mami le llamaba la atención, como hizo Sevilla cuando le vino la disentería avionera, como tuvo que hacer el múltiple pícaro Echenique en la presidencia de la República allá por el siglo XIX.

O sea que lo que pareció un pleito pasajero se ha convertido en una denuncia en forma. En el escrito se solicita que “se multe ejemplarmente a Alfredo Bryce”, que se ordene al denunciado el pago de las costas del proceso y que se ordene al famoso escritor “cesar en su acto infractorio”, es decir que reconozca la vaina y deje de silbar con las manos en el bolsillo (de Morote) y con la ayuda inmejorable de sus padrinos del papelote.

La historia de este robo a pluma armada es fascinante. Como hacen muchos, Morote, autor de varios libros de ensayo desde 1992, enviaba sus capítulos terminados a diversos amigos cuya opinión le parecía indispensable.

El primero de ellos, por supuesto, era Bryce, que había elogiado hasta la exageración el libro de Morote Réquiem por Perú, mi patria –“un libro que debiera ser de lectura obligatoria no sólo para los peruanos”, escribió Bryce en sus Crónicas perdidas- y con quien tenía una sólida amistad basada en la mutua admiración.

Muy bien. He aquí que Morote va enviando los capítulos de su nuevo libro a Bryce. Y he aquí que Bryce los recibe y va dando cuenta de su lectura con especial agrado:

“Querido Herbert: Avanzando y retrocediendo (por su gran interés) leí el sábado, de una sola sentada, tu manuscrito, tan veraz y documentado como ciertamente aterrador” (Correo electrónico de Bryce a Morote, con fecha 29 de Marzo del 2006). La referencia de Bryce es precisamente al capítulo que terminaría por birlarse y publicar en el papelote a toda página.

Pero hay más (¡mucho más!). El 11 de Abril del 2006 Bryce acaba de terminar el capítulo que sobre la educación peruana le ha enviado para su opinión el doctor Morote. Ese mismo día le envía a Morote este correo electrónico, adjuntado también como pieza del proceso:

“Querido Herbert: Terminé ya tu segundo volumen sobre la educación, que es para llorar por certero y bien informado…”

Y por suculento, debió añadir Bryce, que terminaría tirándoselo sin rubor.
Lo que Bryce no sabía, para su horror, es que Morote les había mandado los mismos capítulos, y simultáneamente, a otros señores, que han declarado bajo juramento haber recibido, en  fechas muy previas al plagio, los fragmentos de Pero…¿ tiene el Perú salvación?

¿Quiénes son esos señores? Apunten: José Luis Conde Calvo, Fernando Navarrete Curvelo y Alfredo Tapia García. Todos son, ahora, testigos de cargo del señor Morote en contra del señor Bryce.

Entonces, el 25 de Junio del 2006 apareció el Bryce agigantado, a página completa, en negrita, hablando como los pedagogos de la educación en el Perú, tema en el que su talento no había invertido, hasta ese momento, ni un solo minuto de su ya dilatado paso por Mallorca.

El artículo se tituló “La educación en ruinas” y apareció firmado por Alfredo Bryce Echenique. Los que lo leímos nos sentimos sorprendidos: ¿Tanto sabía Bryce de educación pública, estadísticas urbanas y rurales de rendimiento escolar, de deserción universitaria y comprensión de lectura? Bueno, dijimos: la vida te da sorpresas.

Y vinieron las sorpresas. Morote empezó a hablar. Y a demostrar, con pruebas, que lo de Bryce era un plagio asqueroso y que lo que hizo el papelote, después, fue no sólo defender con uñas y dientes a su colaborador sino confirmar un estilo de vida, un modo de trabajar en banda y un entendimiento filosófico de que la existencia sin rapiña puede conducirte al suicidio por aburrimiento.

El asunto es que Morote habló con Bryce de inmediato y Bryce le prometió una retractación inmediata, cómo no.

La retractación fue digna del general Echenique, el cuadragésimo primer miembro de los chicos de Alí Babá. “Lamento mucho que, debido a la excepcional extensión del artículo que publiqué el 25.06.06, no se haya publicado la nota que suele aparecer acerca de su autor y, en este caso, también la nota en que debí agradecer al señor Herbert Morote el manuscrito que me envió desde España, titulado Pero…¿tiene el Perú salvación?, en que se aborda extensamente el tema de la educación, y que me fue de gran utilidad en la redacción de mi artículo”.

¡Qué cara tan dura! ¿De gran utilidad? Pero si se lo había tirado cual Tatán los jarrones chinos, La Rayo las carteras, Robin Hood los baúles reales y Casanova las honras apenas púberes!

Morote, entonces, se enojó dos veces y con toda razón. Bryce no sólo no reconocía los hechos sino que, con la anuencia del papelote, llegaba al cinismo de llamar borrador de inspiración a lo que había sido hoja de calco para que el ganador del premio Planeta exhibiera su sabiduría de Pestalozzi noctámbulo.

El escrito del estudio Barreda Moller abunda en citas y bibliografía sobre derechos de autor y en jurisprudencia peruana e internacional al respecto. El señor Bryce ha contraatacado apelando “al derecho de cita” pero el expediente está plagado de ejemplos que desmienten al autor de Tantas veces, Pedro.

Donde Morote escribió:
“A diferencia de los aztecas, sus coetáneos, los incas no basaron su expansión en la fuerza y la crueldad…”;

Bryce escribe: “A diferencia de los aztecas, sus coetáneos, los incas no basaron su expansión en la fuerza y la crueldad…”

Y donde Morote escribió:
“Como los incas no conocían la escritura… por eso la desaparición de un amauta era como perder una biblioteca”;

Bryce escribe: “Y como los incas no conocían la escritura… la desaparición de cada amauta, por ejemplo, era como perder una biblioteca”.

Y así por el estilo. Como un inexplicable pájaro frutero, Bryce va saqueando el texto de Morote hasta la última línea. O lo plagia literalmente o lo “voltea” formalmente, aunque se lleva la presa de la idea, que eso es lo que hace un plagiario que se estime.

Lo que abunda, sin embargo, es la literalidad del robo. Y el estudio que representa a Morote ha hecho un análisis línea por línea del artículo de Bryce respecto del original acribillado de Morote.

El resultado es éste:
De 408 líneas del artículo de Bryce, 331 son robadas a Morote y 77 son añadidos propios del escritor. Es decir, el 81% del artículo publicado por Bryce es plagio, monra, cogoteada académica, atarante con navaja y cuadrada en los extramuros del Absolut.

Morote terminaba así su capítulo sobre la educación:
“En cuanto a salarios, hace 45 años un profesor ganaba el equivalente a 1,000 dólares, ahora 250”;

Bryce terminó así su artículo:
“Y veamos, para concluir, uno de los logros del Sutep a favor de sus trabajadores, que no educadores: Hace 45 años un profesor ganaba el equivalente a mil dólares. Hoy gana 250.”

¡No sólo plagiario! ¡Encima reaccionario! Bryce culpa sólo al Sutep del deterioro del salario magisterial y no a los presidentes ladrones, la negligencia partidocrática, el racismo, la carencia de una burguesía creadora y el sentido parasitario de esa clase dominante que él tan bien encarna y que de modo tan magistral retrató en Un mundo para Julius.

Octubre 7, 2006

Beto y el Choyo

Archivado en: Artículos — cesarhildebrandt @ 11:52 pm

(La Primera) Beto y el Choyo
Lo dicho por Beto Ortiz en relación al Choyo Bahamonde, mandamás trujillano del diario Correo, pasará a la historia del callejón oscuro del periodismo peruano.

Cuando Beto Ortiz era joven y guapo, o sea década y media atrás, este Choyo lo descubrió –según el relato de la propia víctima–, lo cazó con las malas artes del que dispara desde la maleza y lo enredó en una aventura que fue primero afectiva, luego obsesiva y, finalmente, criminal.

Y no por Beto Ortiz, que en este asunto fue el ingenuo, sino por el Choyo, que demostró estar más interesado en la chequera de Ortiz que en los amores sordidones que a ambos los llevaron de Varadero a Tailandia y de aquí a acullá montados en el pájaro bobo de la juventud que se cree eterna y dorada como la arena donde chonguea y se encabrita.

En fin, Beto era un Gide y el otro un lord Alfred Douglas metido en el cuerpo de un cochero de la familia Queensberry.

Lunas de mieles, pleitos de alcoba, tenedores esgrimidos, reconciliaciones de consideración: todo lo predecible pasó en esa pareja donde el dinero lo aportaba Beto y el escándalo era entrega puntual del Choyo.

Hasta que llegaron los tiempos de Papá Piraña, la inversión oriental que los haría ricos. Por supuesto que el capital vino de las cuentas de Beto, que había ganado muy buena plata flagelando a sus enemigos –o sea, a casi todos los mortales– en su programa en Canal 2.

El destino se interpuso, como se dice en las telenovelas. Y el destino tuvo la cara de solemne zonzo de César Almeyda, la mirada vidriosa del agente Sun y la sangre suicida del general Villanueva, cajero que fuera de Vladimiro Montesinos: todo un relato gótico que está por esclarecerse en algunos de sus detalles.

Lo cierto es que Ortiz hubo de largarse y entregarle al Choyo poderes amplios, plenipotencias que no le habría entregado a su padre y papeles en blanco con su firma como si se pusiese en manos de Martín Lutero.

El Choyo, entonces, hizo de las suyas. Desmanteló lo que pudo, se endeudó a nombre de Beto Ortiz, firmó pagarés, escaneó firmas, obtuvo sobregiros del Banco de Crédito con sede en Iquitos, despilfarró lo ajeno hasta que Papá Piraña fue una pista de baile embargada por las cuentas y, al final, un sudódromo cerrado por las letras vencidas.

Ortiz no podía defenderse demasiado pero aun así logró que el juicio abierto terminara en la condena de quien había armado tanto.

Emisarios del condenado, sin embargo, lograron amedrentar a la judicatura iquiteña, que debe tener un rabo de paja amazónico, a la policía judicial, cuyo prontuario institucional llenaría la Enciclopedia Británica, y a la policía de Trujillo, que desde los tiempos de los asesinatos de Chanchán ha sido –digamos– una “fiel intérprete de la ley”.

Así que con todas esas anuencias, el Choyo jamás pudo ser capturado y convirtió su profugacidad en martirologio y –lo que es más increíble– en guerra a muerte contra el Poder Judicial que se había atrevido a condenarlo formalmente pero que no había osado ejecutar esa sentencia.

Así empezó la campaña de Correo de Trujillo, primero, y de Correo de Lima, después, en contra del honorable Vásquez Vejarano, insultado de mil modos por no aceptar las presiones del Choyo y sus emisarios, que no pedían poco: trasladar todo el caso de Beto contra Choyo a una conveniente jurisdicción limeña.

Cuando Vásquez Vejarano dijo que no, entonces los cañones de Navarone del Choyo y los Aguá dispararon y a Vásquez Vejarano le llovió fuego dantesco (pero de la calle Dante, de Surquillo, donde  los choros y pasteleros te degüellan si no tienes medias sin hueco para que te las roben).

La pregunta es, sin embargo, una sola: ¿Por qué Correo conserva al Choyo como comandante noticioso de su sucursal de Trujillo, como moralizador en jefe de su campaña en contra de Vásquez Vejarano y como matón impreso y altavoz de fandango de los más inexplicables intereses?

¿Qué novela policiaca ata en su trama todavía no contada a los Aguá, que tanto le deben a la prensa, al Choyo, a quien Ortiz acusa no sólo de estafador sino de pederasta compulsivo, y al holding periodístico y empresarial –quebrado técnicamente pero holding al fin y al cabo– del que Correo de Lima es el buque insignia, o sea, en este caso, el Esmeralda de la escuadra que fundó Banchero? ¿Qué une a un hombre de ideas como Mariátegui con un sujeto como Choyo?

¿Quién es el asesino en esta historia? ¿Qué vio el mayordomo que lo hizo tan poderoso? ¿Qué pruebas tiene para hablarle de tú a tú al que fuera su amo? ¿Dónde estás, Ágata Christie? ¿Por qué no me socorres, Chandler amigo?

¿Qué conexión magenta vincula, de modo tan cálido, al Choyo y a Luis Alva Castro? ¿Por qué Luis Alva Castro se empeña en defenderlo con tanto desinteresado afecto?

¿Y, por último, qué dirá a todo esto el Consejo de la Prensa?
Tatatán….

Octubre 6, 2006

Sección Relax

Archivado en: Artículos — cesarhildebrandt @ 7:25 pm

(La Primera) Sección Relax
Hay un proyecto para extirpar de las páginas de algunos periódicos –empezando por el emperifollado papelón del siglo XIX– los avisos sexuales, ésos que ofrecen masajistas para todo propósito, rubias auténticas a prueba de enjuague, potos parados, gargantas profundas, pasivos que valen oro, proactivos de la horizontalidad, lesbianas de armadura, lenguas de fuego, sherezades con la malla rota.

El proyecto lo ha firmado, entre otros, el fausto doctor aprista Aurelio Pastor. Lo curioso es que cuando hemos tratado de invitarlo para ver el asunto en el programa de radio San Borja, tanto él como los otros congresistas padres de la criatura se han negado setenta veces siete.

Es el miedo a la prensa que publica esas secciones y, sobre todo, al papelote, que fue un diario parido por dos chilenos en el siglo XIX y apuntalado por veinte mil chilenos en los años 2000, cosa tremenda. En esta historia circular la sierpe se muerde la cola, como suele suceder en los presagios.

Siempre me he preguntado estos años con qué cara habla ese papelote de que esto es así y de que esto es asá cuando hace poco nomás sus directivos se acusaban entre sí, y con pruebas en la mano, de robo en contante y sonante y de depositar el botín en bancos del extranjero (algunos chilenos, cómo no).

Y, por si acaso, todos los que robaban, según el expediente, se apellidaban compuestamente según la denuncia del actual director de un diario, que a la sazón fuera gerente general del mencionado papiro.

Y todos los apellidados compuestamente fueron “solucionados” y “colaborados” por una fiscal montesinista que ha conocido la cárcel por corrupta y todos ellos aceptaron que dicha fiscal, integrante de la banda de Rodríguez Medrano, apelara a la figura de la prescripción para salvarlos.

Y siempre me he preguntado en estos años cómo, y con qué cara dura, el rollo este de un Mar Muerto simbólico dice que fulano tal cosa y mengano la otra cuando su Unidad de Investigación alberga a falsificadores internacionales de documentos y a un sujeto cuya conviviente está acusada por robo ante el Poder Judicial.

Por robo de más de 500,000 dólares nada menos. Y ese es el mismo sujeto que ha tratado, inútilmente y por encargo de su mujer ladrona –perjudicada por el testimonio de mi ex secretaria Ilse Ízaga en un juicio penal– y por encargo también de los directivos del papiro del sur, de hacer que Polaco, el archisicario de Zevallos, roce mi nombre con el hedor de su testimonio. ¡Así cree que me asusta ese periódico y así se supone que se vengará de tantos años de decirle la verdad sobre sus cagarrutas!

¡A mí que me revisen! Si hubiera entrado en el juego de ese y otros periódicos –arrendar opiniones como en el caso de Lucchetti, chantajear como en el caso de Bavaria, presionar al Poder Judicial como en el caso de sus directivos ladrones–, yo sería un asqueante hombre de fortuna. Pero no fue así.

Jamás cedí a ninguna tentación y allí están de testigos los pocos distraídos que intentaron sobornarme y fueron expulsados de un carajo de la escena. ¿Se acuerdan, chicos de Canal 4?

Yo no temo porque no debo y estoy limpio. Y no debo y estoy limpio porque jamás temí a la adversidad de no ser rico. Prefiero no ser rico que ser rico sin honor. Prefiero dejar un nombre limpio que un apellido compuesto en franco proceso de descomposición.

Siempre me he preguntado en estos años cómo es que el papelote puede estar repartiendo reprobaciones y consagraciones cuando todas las noches cuenta la platita que le entra por los avisos de la sección “Relax”: “colombianita quebradita (18), ojiverde, potente, te deja como nuevo, 80 dólares 40 min., ser. compto”.

Y después sale un señor muy respetable, apellidado compuestamente y con su cara de monumento en las Rocallosas, y te habla de Heidegger. Y tú dices: ¿Estos son o se hacen?

¿No fue González Prada el que llamó a ese paleodiario una carreta de basura jalada por dos mulas chilenas? Sí, fue González Prada. ¡Qué gran tipo! ¡Que el suplemento cultural del papelote saque un especial sobre González Prada!

Octubre 5, 2006

Mentirosos del mundo, uníos

Archivado en: Artículos — cesarhildebrandt @ 3:37 pm

(La Primera) Mentirosos del mundo, uníos

José María Aznar era un buen contable que hablaba con la boca chica, como hablan los contables cuando te dicen que estás en quiebra.

Un día a Aznar lo eligieron, por méritos propios, líder de lo que quedaba del Partido Popular, que era la enésima reencarnación del franquismo sofisticado por el Opus Dei, que es el jesuitismo del siglo dieciocho pero con oficinas en la calle Serrano y veranos en lo mejor de Mallorca.

La cosa iba más o menos bien, más o menos predecible, hasta que al entorno de Felipe González lo corrompió el poder y la gloria y la cosa empezó a oler a cadáver de closet desde Andalucía al País Vasco.

Cuando se descubrió que hasta el jefe de la Guardia Civil, un tal Roldán, era un ladrón de siete suelas, entonces la gente miró a Aznar como reserva moral y lo eligió primera mayoría electoral.

No lo hizo nada mal Aznar al principio. A los dos años, sin embargo, ya se creía insustituible, Franco de paisano, José Antonio en versión de bolsillo, Borbón adoptivo y hermano putativo del extraño periodista Pedro J. Ramírez, un hombre que las vio negras con un famoso video grabado por los topos de la Inteligencia española. Digamos que a Pedro J., el periodista emergente más notorio de España, ya nadie puede decirle gastrónomo desde aquella cinta.

En fin, Aznar llegó a su segundo periodo subido a su propio e imaginario trono de rey Rodrigo y fue tan sectario en su quehacer, tan poca cosa en su no pensar, tan ínfimo ante Bush (que empezó a tratarlo como al cocker español que necesitaba su mujer), que se hizo odioso hasta para los nostálgicos de Fraga Iribarne –el que había dado un paso al costado para que Aznar le sucediera–.

Su punto culminante fue en las Azores, adonde fue sin saber inglés, como siempre, para acompañar a Bush y a Blair a declararle la guerra al mundo anunciando la invasión y demolición de Irak.

Aznar no sabía inglés pero sí sabía decir “yes” con la cabeza, “sí” con la cerviz y “por supuesto” con las rodillas que el franquismo le había aceitado desde la leche materna vengadora.

Cuando La Moncloa se convirtió en el patio trasero de la Casa Blanca, Aznar llegó al desprendimiento de renunciar a todo honor porque estaba seguro de que el imperio mediático de los Berlusconi y anexos sostendría la dictadura mental de la derecha española, la misma que seguirá aplaudiendo el bombardeo con niños y mujeres de Guernica en 1937.

Pues bien, entonces llegaron los atentados del 11-M y Aznar se jugó hasta el crimen por la mentira. Mintió hasta el último minuto, hasta el último bizarro segundo de esa campaña ensangrentada por el terrorismo y enlodada por el estado mayor del Partido Popular.

Mintió como un marrano y mintió hasta la náusea y perdió como un cretino sin moral al que castigan las masas allí donde más le duele a un megalómano.

Así que el gorilón del PP, el general Mola sin charreteras, el Sanjurjo de la chulería derechista, o sea el señor sucesor fallido don Mariano Rajoy, se quedó con la peluca descompuesta y la francachela del Palace en espera hasta no se sabe cuándo.

Y ahora, este hombre que mintió sobre la montaña de cadáveres de Atocha, que le ordenó a su ministro Acebes mentir hasta donde hiciera falta para hacer creer que era de ETA y no del terrorismo de Al Qaeda la autoría de ese holocausto ferroviario, este mentiroso de fama universal viene y se junta con Lourdes Flores, la apadrina, la prohija, la bendice y casi se la lleva al segundo piso a inaugurarla.

¿Y la señora Lulú, que no sabe mucho de política española, creerá que está siendo apapachada por un líder auténtico, por un coloso del pensamiento correcto, como creen los bosquimanos conservadores de la UPC? Coloso será para la derecha del Perú, que no sé por qué importa mentirosos cuando aquí tenemos tantos aborígenes con premios internacionales.

¿O sea que esto es el socialcristianismo ahora?
¿Traer a un mentiroso con las manos manchadas de sangre para que la UPC, fábrica de Aznares, le regale a la señora Flores un ágape, es un acto político, una ceremonia vagamente académica, o una ducha española de lejía sobre la humanidad percudida del jefe de las derechas españolas?

¿O sea que la verdad y el socialcristianismo se llevan a las patadas? ¿O sea que la ética y el socialcristianismo ya no tienen que ver? ¿O sea que la UPC puede tener un honoris causa para Fujimori?

Lo mejor de la velada de Aznar fue la presencia de Genaro Delgado Parker. El primero murió moralmente en Atocha. El segundo sigue viviendo de sus muertos y heridos. Qué par. Que el Dios del Opus Dei los bendiga.

Octubre 4, 2006

Rostros devastados

Archivado en: Artículos — cesarhildebrandt @ 2:06 am

(La Primera) Rostros devastados
¿Pero es que esta piel vencida, estos ojos muertos, esta ruina a punto de desdentarse ante nuestra presencia es Brigitte Bardot?

Sí, es ella: la que marcó nuestra infancia soñadora y nuestra adolescencia llena de prematuras realizaciones, la argamasa de nuestros mejores sueños, la obsesión de mi generación.

La que demostró en La verdad que era una magnífica actriz, además de ostentar el mayor trastero del cine. La que bailaba chachachá en la cama. La que apareció a los 15 años con esa melena de Lola pirenaica y ese aire de niña depravada y dulce que sería parte de su fama.

Qué cruel es la vejez. La señora Bardot, nacida Camille Javall en 1934, es hoy su propia devastación, el tundete de los años golpeando la misma cuerda de su espalda.

La vejez puede ser horrible pero será siempre doblemente horrible cuando quien la padezca haya tenido la belleza de la Bardot. Es como si los años se ensañaran con quien pareció inmune a su paso, como si los años dijeran que a más belleza mayor será el cincel de los semestres y más amargo el paso de las decepciones.

No deberían envejecer las mujeres como Bardot. Debieran congelarse en el frame de su mejor película, debieran morir en el acto (de hacer el amor).

O evaporarse sin explicación a la salida de un Ritz, al estilo de Diana de Gales, o encerrarse por pudor como Marlene Dietrich se encerró en sus últimos años hasta llegar a ser una silueta en sombra que apenas saludaba.

Como se lee en La vejez, hay tribus africanas que arrojan a los viejos a las fronteras del dominio con el objeto de que se extravíen.

Eso equivale a una condena a muerte disfrazada de exilio, pero es, si se lo mira bien, un acto generoso que priva a los ancianos de los últimos años de la decadencia: próstatas averiadas, memorias rotas, el infierno del cuerpo que se muere a pedazos ante el horror de los allegados y el comprensible apuro de los sucesorios.

Nunca pude sentir ternura por esos mentones que se menean ni esas manos manchadas ni esas miradas líquidas posadas en cuencos resecados. La vejez es una imprudencia y las vejeces prolongadas son una desconsideración. Desde luego que hay excepciones, pero son eso: la anomalía que confirma la estadística.

Claro, no estoy hablando de los calendarios sino de las decadencias y las bellezas extinguidas. Porque, en efecto, hay viejos que, teniendo bien las tripas y vigente la lucidez, lo tienen todo. Y viejas que, sin tener que recordarse esplendorosas, pueden admitirse como las sabias ruinas indulgentes que llegan a ser.

Hay personas que ensayaron su vejez con tanta perfección que fueron viejos precoces y que, por lo tanto, dejaron de envejecer en un momento. Luis León Rupp, por ejemplo, se disfrazó de viejo a los cuarenta: barba cana a lo cazador de ballenas, palidez de estudio por el hábito de los puros y ese hablar cochambroso con el que se solazaba dando órdenes.

Curiosamente, su gran amigo Alfredo Bryce padeció del mismo síndrome y se hizo viejo a la misma edad que su mecenas. Ahora, ya de legítimo anciano, Bryce parece el mismo que conocimos hace un montón de años.

Y al no poder recordarlo como joven seríamos injustos si le dijéramos viejo. El truco no es nuevo: Cicerón decía en su De Senectute, capítulo XIX: “Si quieres ser viejo por largo tiempo, hazte viejo pronto”.

En fin, la vejez, que ya es territorio nuestro, consiste, como decía Honorato de Balzac, en llegar a una cena habiendo ya cenado.

Octubre 1, 2006

¿Qué celebramos, ah?

Archivado en: Artículos — cesarhildebrandt @ 11:06 pm

(La Primera) ¿Qué celebramos, ah?
Del periodismo se dicen muchas cosas y se escriben otras peores. Pero lo peor del periodismo suelen ser los periodistas que creen en la libertad de presión de sus patrones.

Y allí los ves, incapaces de pensar por cuenta propia, capaces de tergiversar la propia mirada con tal de no contrariar a los que subarrendaron su alma.

Son los más. Abren zanjas oscuras donde meten la mala hierba inmortal del periodismo: el chicheñó, la prescindencia de todo interés por la verdad y la justicia –hermanas siamesas–, el error de suponer que el periodismo es una carrera que debe transcurrir con la tranquilidad del funcionariado público.

Cuando examino a un colega le veo las cicatrices de la pelea. Si no las tiene, sospecho. Y si defiende al noticiero nocturno de su empresa –por más náuseabundo que éste resulte– sospecho más.

Y si está convencido, como los viejos de La Prensa de don Pedro Beltrán, que el periodista es sólo un escriba y que la empresa manda como Sucre mandaba en las batallas –o sea a punto de carajos–, entonces apago la tele y me pongo a leer.

Debo agradecer al periodismo de la tele, sobre todo, el que mis hábitos de lectura se hayan mantenido. Cada vez que me he asomado a sus estropicios, a su vulgaridad, a su superficialidad, he hecho click y vuelto a los libros como si de salvavidas se trataran.

Y apenas los he abierto de nuevo he sentido sangre cortical estableciendo conexiones, sangre viva restaurando el páramo que acababan de dejarme las estupideces jactanciosas oídas, sangre de jardinería neuronal.

No debería haber día del periodista. Debería haber un minuto de silencio cada semana por los colegas muertos en batallas o por los presos en regímenes de pensamiento único.

Y debería decretarse el silencio crónico para los Judas del periodismo, aquellos que se revolcaron con los Bressani y los Montesinos y luego salieron ilesos adulterando peritajes de alcoholemia, hojas de vida y presencia en el casting de Pinchi Pinchi Productions.

Son los más. Los que ven el periodismo sólo como un juego financiero y una palanca de poder para acceder a otras cosas. Son los que pueden vender tu cabeza a precios astronómicos y cobrarle, al mismo tiempo, a un minero fascista por el mismo desalojo.

Y allí están, tenaces como la mala hierba, dispuestos a gritarle a un Guerrero que se encargue, a una Jéssica que se calle, a un Álamo que se pode lo que de humanidad pueda aún brotarle.

¿Qué celebran los periodistas peruanos? No lo sé. Pero estoy seguro de que no celebran la crisis de lectoría. Tampoco festejarán los programas periodísticos de la tele. Como no habrán de ser los diarios chicha, que adquirieron las inmunidades de las cucarachas, los que se homenajeen.

¿Qué celebran? ¿Que la prensa se haga con practicantes salidos en mancha de universidades que no los preparan demasiado?

¿Que en Estados Unidos las audacias investigativas sean ahora excepción a la luz de las nueves leyes patrióticas?

¿Qué celebran los periodistas peruanos? ¿Que no tengamos un colegio de periodistas digno de llamarse así y que los salarios que se paguen en el gremio estén entre los más bajos de América Latina?

¿Celebramos que no haya Mores ni Mariáteguis, ni Clementes Palmas ni Tunantes, ni Vallejos de corresponsal, Ni Martines Adán como cronistas ni Valdemolares como provocadores?

¿O celebramos que Murdoch y Berlusconi sean dueños de millones de opiniones alimentadas con basura desde sus imperios de reaccionarios analfabetos?
Podríamos celebrar, con más razones, el día del plagio, el día del silencio impuesto, el día de la traición, el día en que me hice relacionista pública de la ministra de transportes (que eso era lo que quería), el día de la vaina, la tarde del jalón, la noche de la iguana.

El periodismo peruano se ha vladimizado. Tiene la verruga peruana pero pretende ignorarlo. Fujimori lo infectó, pero el fujimorismo, como atmósfera, sigue reinando entre nosotros.

Y, sin embargo, desenfocados, más allá de los anuentes, al costado de los rendidos, detrás de los bustos parlantes de la tele, hay un ejército de la resistencia que espera su oportunidad.

A ese ejército va mi admiración. Con ellos, y a pesar de las luminarias de luz tan precaria como prestada, el periodismo peruano rebrotará huyendo de sus actuales lodazales.

Sólo así podremos recordar, con igualdad de pares, a William Howard Russell, el periodista del londinense Times que creó la figura del corresponsal de guerra moderno, hizo cambiar con sus denuncias al ministro de la guerra, Aberdeen, y elevó a su periódico a cifras excepcionales de tiraje luego de la guerra de Crimea. Lo que significa que el conservadurismo también puede ser decente. No como el de aquí.

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