César Hildebrandt Blog

Julio 19, 2006

Humala en tercera persona

Archivado en: Artículos — cesarhildebrandt @ 2:33 pm

(La Primera) Humala en tercera persona
Hay quienes hablan de sí mismos en tercera persona. –Ollanta Humala jamás dijo eso –dice Ollanta Humala. –Lo que el señor Torres Caro ha querido decir es precisamente lo contrario –dice el señor Torres Caro.

–Julio César Uribe ha visto mucho fútbol –dice Julio César Uribe.
–A Dennis Falvy lo podrán acusar de todo menos de golpear a una mujer –dice Dennis Falvy.

Y así por el estilo.
Claro, el asunto nada tiene que ver con el Nos mayestático de Papas y monarcas ni con la humildad de evitar el “yo creo”.

Se trata, más bien, de un desdoblamiento huachafo y una patología galopante que anuncia tormentas perfectas del yo y el nosotros, o sea del sujeto en cuestión y de su entorno.

¿Cómo se puede uno referir a sí mismo como si, gramaticalmente, se tratara de otra persona? Es que quizás se trate de otra persona, un yo imaginario y pétreo que está fuera de la contingencia y de la discusión y al que, en realidad, se le cita.

De tal modo que hay un Ollanta-personaje histórico al que el Ollanta de cada día representa con ciertas omisiones y carencias, un Ollanta olímpico que jamás se equivoca y que tiene que apelar al Ollanta de entrecasa para aclarar las dudas, sospechas y a veces calumnias de los mortales.

Ese Ollanta que cita Ollanta no es el Ollanta Humala que perdió las elecciones sino el Ollanta speedy que ya está en la historia y que no requiere de elecciones para ser más estatuario y citable. El Ollanta que cita Ollanta Humala viene del futuro deseado, de un tiempo virtual que el narcisismo crea como consuelo y refugio.

Cuando Falvy cita a Falvy nos quiere decir, retorcidamente, que el Falvy de los audios es el Falvy embarrado en el día a día y que a él le sobrevive, felizmente para sus intereses, el Falvy impávido que está más allá del chisme y la vergüenza, ese otro Falvy que es Falvy y que no es Falvy, que es su propia reserva moral sin hollín ni meaduras, la estampilla, en suma, que habrá de ser cuando todo esto pase y la historia juzgue con su bendita serenidad.

El Falvy que cita Falvy es el histórico, el de la obra acabada, el lavado por el tiempo, un fantasma terapéutico en suma.

Y cuando Torres Caro terceriza su propio yo, siento que nos ofrece la promesa de un Torres Caro decentísimo, ubicado a la diestra del Padre, al que su gemelo univitelino aquí en la Tierra ha traicionado por debilidad humana. Como si Torres Caro fuera tránsfuga de sí mismo, lo que es una benevolencia de mi parte.

Porque lo más posible es que haya un solo e insalvable Torres Caro en este mundo.
Y bueno, cuando Julio César Uribe habla de Julio César Uribe está refiriéndose al Uribe que hubiese querido ser: el Menotti de La Victoria, el Capello de Matute y el Cubillas de media pelambre “más que sea”.

En todos los casos se trata de fórmulas góticas y más o menos pintorescas de una cierta esquizofrenia, demostraciones de un yo elefantiásico y herido que se construye la mejor de las coartadas posibles: este que les habla no soy del todo yo porque mi personalidad completa no está al alcance de vuestra mirada y porque ella no es parte de ningún juicio cotidiano.

–Ollanta Humala les contestará eso a su tiempo– dijo Ollanta Humala retirando el micro.

Nadine lo miró con ternura. Ella también parecía esperar al Humala histórico que estaba por caerles esa noche.

Julio 18, 2006

Un Estado terrorista y un mundo que hiede

Archivado en: Artículos, Internacional — cesarhildebrandt @ 3:47 pm

(La Primera) Un Estado terrorista y un mundo que hiede
Israel nos recuerda ahora a los nazis que odiaron y masacraron a millones de judíos. Los judíos de hoy se llaman palestinos. Cuando los palestinos conservaban a Yaser Arafat como líder, Israel se negaba a cumplir la ruta de paz trazada en Madrid y confirmada en Oslo.

Israel sostenía que Arafat seguía siendo un terrorista. Pretendía el Estado sionista que la palabra terrorista causase escalofríos entre su gente. Entre su gente joven, sin duda que había escalofríos.

Entre sus mayores y muy mayores esa palabra les resultaba familiar: ellos habían ejercido el peor de los terrorismos –el que mata a niños y a civiles ajenos a la contienda– en su lucha por liberar a Palestina del dominio británico.

Cuando murió Arafat, recluido en la Mukata destruida por los tanques del Estado judío y llevado a París, donde murió a causa de un extraño mal no diagnosticado, asumió el moderado que Israel reclamaba.

Sin embargo, el moderado se vio pronto jaqueado por el radicalismo de los grupos que han hecho de la memoria de los agravios su capital político y por la intransigencia muchas veces criminal del Estado de Israel, que sabía que mientras más desprecio mostrara y más muros levantara daría más alas al extremismo islámico.

Porque diga lo que diga el sionismo armado de bombas atómicas, la verdad es que su objetivo es demostrar al mundo la imposibilidad de que coexistan israelíes y palestinos en un mismo territorio.

Territorio que ayer fue indiscutiblemente palestino y cuyas sobras, ocupadas por una guerra, Israel ha tomado como suyas desde la desoída resolución de la ONU de 1967.

O, en todo caso, de aceptarse la repudiada proximidad, lo que Israel impondrá, a fuego de misiles y con cuanta carne de inocentes sea posible, será un Estado palestino desarmado y bajo su vigilancia, sin fuerzas de defensa ni soberanía sobre su aire o suelo, con aduanas supervisadas por el ejército judío y autoridades previamente aprobadas por el consenso chauvinista de la Kenésset.

Cuando la democracia se ejerció hace pocos meses en los territorios ocupados, triunfó, por los votos, Hamas.

De inmediato, al día siguiente, Israel blandió e hizo uso de una política de provocaciones verbales y bélicas.

¿Quería Israel que las elecciones las ganasen los moderados? Pues habrían tenido que dejar de matar (y de jactarse por ello) a los dirigentes de las fracciones radicales, tan radicales como los militares israelíes a la hora de practicar el más público terrorismo de Estado del que se tenga noticia.

Porque Pinochet mandó matar a Orlando Letelier en una operación secreta. Israel es el único país en el globo que anuncia sus crímenes “selectivos” como si esperara la felicitación mundial. Y no importa que muchas veces sus misiles se equivoquen y maten familias enteras o estallen en escuelas u hospitales.

Y es el único país autorizado para humillar a diputados y ministros de una Autoridad con estatuto internacional y llevárselos presos en una operación nocturna. Nada importa para el Estado sionista.

Total, se trata de palestinos, esa raza de leprosos que el mundo ha condenado y que Israel exterminará si Estados Unidos sigue siendo su sanguinario compinche.

Hoy Israel bombardea otro de sus patios traseros, el Líbano, del que tuvo alguna vez que huir. Israel destruye un país antes invadido –el país donde Israel instigó la espantosa masacre de Sabra y Chatila, ejecutada por el falangismo bajo la protección judía– porque un grupo del extremismo islámico, alimentado en su odio por los crímenes israelíes, secuestró a dos soldados luego de matar a ocho en un combate (Israel no dio cuenta de cuántos guerrilleros de Hizbolá perecieron en el encuentro).

Y como dos soldados del Estado sionista valen miles de “árabes infectos”, Israel destruye la infraestructura de un país que estaba reconstruyéndose y bombardea blancos civiles, camionetas con diez niños, casas que se interpusieron en el camino del misil teleguiado, una familia de ocho canadienses, lo que sea.

Porque Israel no tiene límites.
El espantoso y condenable holocausto de los judíos –cree Israel– los hace hoy inimputables. El holocausto –dicen sus lobbies, su poder mediático mundial, su descomunal poder financiero– los autoriza a todo. “Siempre seremos vistos como víctimas”, podrían añadir.

Y el mundo calla. Y Discovery Channel pasa lo del 11 de septiembre mientras los aviones F-16 y F-18 de la fuerza aérea israelí destruyen el aeropuerto de Beirut, las centrales eléctricas, las baterías antiaéreas del ejército libanés, además de los innumerables blancos civiles que son parte del mismo ánimo de la división Cóndor en Guernica: destrozar todo espíritu de resistencia, sembrar el terror desde el aire.

El próximo paso –estarán pensando los del estado mayor sionista– será bombardear las instalaciones pre-atómicas del Estado teocrático de Irán, oscurantista y amenazador, tal como lo hicieron con Irak en 1981 al destruir los dos reactores Tamuz I y Tamuz II.

¿Lo harán con los misiles Supershafrir de efecto retardado antihormigón? ¿O Estados Unidos les proporcionará su nueva arma secreta, una bomba atómica de poca potencia pero que estalla hacia abajo y se especializa en búnkeres indeseables?

¿Y cuáles serán los otros capítulos? ¿El recuerdo legítimo del holocausto puede poner al borde del apocalipsis al mundo entero?

¿Europa no existe? ¿La ONU ha dejado de existir?

¿Qué leyes civilizadas pueden sobrevivir después de todos estos años de abuso silenciado por los grandes intereses?

Julio 16, 2006

Torres Caro pasa por el aro

Archivado en: Artículos — cesarhildebrandt @ 8:09 pm

(La Primera) Torres Caro pasa por el aro
El señor presidente electo Alan García ha recibido protocolarmente, durante media hora, al señor Torres Caro.

Y luego ha salido junto al señor Torres Caro sonriendo y despidiendo al sujeto en cuestión con efusividad, casi con cariño.

Si fuéramos severos diríamos que el mensaje del señor García al país es, nuevamente, que en política todo vale y que la palabra sanción está otra vez borrada de su diccionario.

Si fuéramos generosos creo que diríamos lo mismo. Porque no hay atenuantes en eso de recibir a Torres Caro y tratarlo como a un personaje central de la política, junto a Lourdes Flores y al presidente de Acción Popular.

¿Quién es Torres Caro, aparte de un amanerado rottweiller del oportunismo y de una insaciable Isabel II de la traición?

Bueno, aparte de eso es un tránsfuga de vértigo, un huachafo en pan dorado, un bolerista con cicatrices de liposucción y un desertor de todas las causas que pueda abrazar, excepto la causa criolla que lo mantiene freíble y la causa del billetón con la que tiene una relación que si no es erótica se le parece.

Oirlo alabando a esas dos damitas que lo escoltaban para su martirio y sintiéndose importante por eso de la junta preparatoria, que no es otra cosa que un comité de señoras que le da la bienvenida al presidente, era como asistir al resumen de todos nuestros males: el mal gusto maricueco, la peluquería del cuento, la escuela de la señorita susana y el matatirulá de los abogados ceremoniosos.

Aparte de todo, el señor Torres Caro, que ahora se acosa a sí mismo para que todo quede en casa, es un congresista voluntariamente sin partido, un Napoleón Solo porque quiso y un puñalero por detrás al que no le tiembla, en este caso, la mano manicurada y asesina.

Y a este traidor de seis peniques lo recibe, con prensa y todo, el presidente que ha jurado cambiar y que, en efecto, parece estar haciendo esfuerzos enormes para matar al loco que todos tenemos dentro y que en su caso ( el del loco) dio un golpe de estado freudiano en mayo de 1987.

Pues bien, señor presidente electo y esperanza de miles: piense bien con quién se luce, a quién le da la mano, a quiénes la espalda y a quiénes su confianza: doscientos mil remigios, 124,000 wong (el del polvorín de Mesa Redonda) tocarán su puerta otra vez. Y el loco que todos llevamos dentro no conoce el cansancio, señor presidente. Insistirá siempre.

Julio 15, 2006

La ciudad y los perros

Archivado en: Artículos — cesarhildebrandt @ 8:23 pm

(La Primera) La ciudad y los perros
Quieren matar a Lay Fun, que cumplió con su deber de policía privado a pesar de los cadenazos y las patadas. Lay Fun se enfrentó en la penumbra a un prontuariado drogadicto que, además, estaba borracho y que habría podido matarlo si hubiese tenido un revólver.

Como se sabe, los perros ven mal de noche y peor en las sombras.
Así que Lay Fun vio en su territorio un bulto borroso que lo golpeaba y a un intruso que, de haber ejecutado su tarea, le habría costado, a la mañana siguiente, una tunda de su amo “por ineficiente e inservible”.

Así que Lay Fun se jugó el empleo y la vida en el empeño.
Desde luego que el señor Lay no podía saber que el derecho penal habla de la proporcionalidad del castigo. Y tampoco podía saber que en el Perú no existe la pena de muerte y menos para delitos considerados menores como el robo de piezas de automóviles.

Pero nadie puede exigirle al señor Lay que lea códigos penales.
Y estoy seguro de que el señor Lay tampoco lee periódicos ni ve televisión, especie que los difamadores han esparcido. Hay un muerto que lamentar y un guardián, con maestría en disuasión, que comprender.

El señor Lay, que no conoce de cobardías y que igual se habría enfrentado a diez maleantes y perecido en el intento, merece respeto. Cumplió con su deber y eso es algo que muy pocos señores en el Perú pueden decir.

Mi perro sostiene que Lay debería ser condecorado, pero ya ustedes saben que mi perro, dignísimo en su vetustez, es un exagerado. Y él, que es andaluz y memorioso, me ha recordado el caso de Palomo, el famoso perro de la guerra de 1860 entre España y Marruecos.

Palomo tuvo que despedir a su amo, un combatiente español, en el puerto de Cartagena. No le habían permitido subir al barco porque ese era el reglamento del ejército colonial.

Semanas más tarde, sin embargo, Palomo se apareció ante su amo en pleno frente de guerra meneando la cola y saltando de alegría. Permaneció para siempre en el misterio el modo cómo llegó Palomo a cruzar el estrecho y cómo, sobre todo, pudo localizar a quien quería.

De resultas de todo ello, cuando la guerra terminó con el triunfo español, Palomo, adoptado oficialmente por el ejército, desfiló por las jubilosas calles de Madrid a la cabeza de su regimiento.

¿Y qué me dicen de Fea, la señorita perra de Alfonso II, que murió de tristeza debajo de la misma cama donde el nefasto monarca había expirado?

¿O de los 400 perros que acompañaron a las tropas del marqués de Pescara en la campaña de Pavia y de aquellos que estuvieron en la derrota del rey francés Francisco I?

En el libro de Ángel Cabrera Los animales familiares, citado por el Diccionario de Rarezas de Vicente Vega –de donde proceden los datos históricos aquí consignados–, se describe una tradición esquimal en Groenlandia: cuando se muere un niño debe acompañarle a la tumba una cabeza de perro, que habrá de guiarlo hasta el País de las Almas. Porque los esquimales también saben que un perro siempre hallará el camino señalado.

Julio 14, 2006

Varios Garcías

Archivado en: Artículos — cesarhildebrandt @ 3:57 pm

(La Primera) Varios Garcías

Alan García dijo en Colombia que Hugo Chávez no era su enemigo y que patatín patatán. Entonces el Bolívar de Maracaibo le tendió la mano y dijo que cómo no, que se reuniría con García como éste lo había insinuado y que era hora de “olvidar agravios”.

Horas más tarde, sin embargo, la televisión chilena mostró a un Alan García muy distinto y a cientos de kilómetros respecto de aquel de Bogotá.

El Alan García de Santiago dijo que Hugo Chávez era un dictador aislacionista y que no duraría demasiado.

Entonces el Bolívar de Maracaibo, estupefacto, tuvo que desandar lo caminado y tragarse lo dicho y las cosas volvieron al barrio de broncas de donde salieron.
¿Cómo puede haber un Alan García de Bogotá y otro Alan García de Santiago, ocupando estas dos identidades la misma masa corpórea?

¡Por supuesto que es posible! Y apuesto a que hay un Alan de Washington, uno de México D.F., uno de Baja California, uno de La Habana, uno de Tokio y hasta uno con pasaporte en blanco listo a llenarse de acuerdo al olor que traiga el viento.
Así es el APRA. Así fue Haya de la Torre.

¿Domicilio ideológico? En el centro de la nada, para servirlo. Por eso hay un discurso para la CGTP, otro para la Confiep, otro para los empleados públicos, uno con besito de despedida para sus militantes, otro con abrazo del oso para los amigos de la banca y los mineros.

Por eso el APRA no sabe si es socialdemocracia a la europea, peronismo de tumulto y frases, frente o lucha de clases, marxismo ancestral u oportunismo de toda la vida, Cachorro Seoane o Ramiro Prialé, insurrección o pacto con Odría, muerte de Graña o cuchipanda con Ravines, populismo con recetas liberales o liberalismo con balconazos populistas.

Esto no es culpa de Alan García sino de la matriz camaleónica del APRA, que tras ensayar la revolución de Trujillo terminó, al final de un camino de persecución, aliada de los barones del azúcar.

García no puede depender del APRA porque esta sólo es una maquinaria electoral que reúne la confusión y la angurria.

García debería apostar, a nuestro modesto entender, por la socialdemocracia moderna, que pasa por el mercado sin olvidar la justicia y por la redistribución de la renta atenuando sin pausa el abismo social que siempre fue nuestro talón de Aquiles.

Y debería recordar todos los días que el deber de la socialdemocracia es crear riqueza y empleo, no producir pobreza en un marco de demagogia regalona y deficitaria.

El APRA nunca tuvo su XX Congreso, como lo tuvo el PCUS. Y la idolatría pagana por Haya aplazó la tarea de modernizar el partido.

La hora para hacerlo ha llegado. Quizás esta sea la última oportunidad. De García depende.

Julio 13, 2006

Fianza en el anteojo

Archivado en: Artículos — cesarhildebrandt @ 2:55 pm

(La Primera) Fianza en el anteojo
Alfredo Jalilie firmaba todo lo que se le presentaba y decía chicheñó como si fuese Mahoma y no Montesinos el que se lo decía.

Firmó, como tesorero de la mafia estatal a la que sirvió, decretos urgentes, secretos, de tinta invisible, de 9 ceros, partidas con nombres clave, ampliaciones presupuestales, muertos y heridos en papel sello quinto, cadáveres de la PCM y de la gran P, váucheres a sola firma, letras a 9 días, pagarés sin calzón, avales trafas, tasaciones mágicas, amortizaciones del carajo, empréstitos de a mango con devoluciones de trillón, vistosbuenos putísimos, compras de tractores marca Tiananmen y de hojalata, reparaciones al vuelo para la flota que se cayó entera en el Cenepa, overjoles chechenios, magia blanca, pertrechos para el narco-avión presidencial, giros de barras de oro rumbo a Malasia, items de boca chiquita, más tractores, medicinas de herbolario asesino, sobregiros con el sello Joyguay y el lacre real, remesas de la cumbiamba, normas venales, giros que ni Zidane, garabatos que implicaban millones de dólares en cutra, más tractores.

Firmó todo eso durante toda la dinastía de Chang-Chó, firmó sin chistar, sin conocer la palabra renuncia, sin murmurar siquiera la frase “esto es asqueroso”, sin poder decir no a la jauría de perros chinos que le despedazaban la reputación, firmó y calló en castellano y en mozárabe-andaluz, pero… ¡es inocente! Quizá lo sea leguleyescamente.

¿Pero no existe una responsabilidad moral? Pues no. Así lo ha “decretado” la derecha-huevera, la que compite con la izquierda caviar en quién es más hipócrita y desvergonzada.

El señor Kuczynski, o sea el espía de Bush en esta sucursal perruna que es el Perú, dice que Jalilie es un hombre ejemplar.

La señora Blume, que es la Madeleine Albright de la caja chica, dice que el señor Jalilie es un virtuoso incomprendido.

El funcionarado entero de la derecha-huevera, que trabaja desde el Estado para destruirlo y que cobra en el Banco de la Nación que dinamitaría, dice que el señor Jalilie es inocente.

La Sombra, el que hace sociales en el Expreso, también lo dice. El fantasma de Walt Disney lo dijo el otro día a la hora del té y en casa de Cucuchi. La China Tudela y la Maripi dicen lo mismo.

La derecha de Cayo Mierda y el banquero perplejo, los papás de Zavalita, los pares de Jaimito, los nietos del Juez Montenegro, la vocecita del mariscal Benavides, todos a la vez, en coro de ángeles, proclaman la inocencia de Jalilie.

Toledo, que se autosecuestraba cuando se iba de putas y narices en el “Melody”, dice que Jalilie es inocente. Y no sólo lo dice sino que lo libera de una patada jurisdiccional.

Y luego se va a Washington a arrodillarse, una vez más, ante el lobby judío del Congreso para que el TLC salga sí o sí, cómo no, de inmediato, antes de que vengan los que dudan.

Sin ruleros

Archivado en: Artículos, Críticas — cesarhildebrandt @ 6:09 am

(La Primera) Sin ruleros
Dennis Falvy cantaba “Sácate los ruleros” en público pero en privado gruñía “te voy a sacar el alma”. Era el defensor del consumidor de más decibeles pero le susurraba a su ex que la consumiría a fuego lento y en olla de barro.

¿Cómo puede un hombre caer a esos abismos? Es el amor, compadre, maldito consejero. El amor que un día tropieza con el matrimonio y luego con los hijos y mañana con el bostezo a dúo y a veces, muchas veces, con el odio hecho de días clonados y de malos alientos viceversos.

Es el amor que hierve y que lo quiere todo y que por eso termina perdiéndolo todo.
Por eso es que el amor no debe llegar al punto de la combustión ni al filo de la navaja. Los amores pálidos duran más y son más creíbles. Nunca terminan en el vocerío.

¿Qué le pasó a Falvy?
Su caso, convertido en desgracia pública, es no sólo amor atravesado sino muchas otras cosas que exceden al individuo.

Se trata del poder mal entendido y de la ilusión del poder convertida en chaveta. Falvy solía merodear por los programas políticos con sus expedientes en el sobaco y esa cara de neón que lo hacía socio involuntario de “Los Jardines de la Paz”.
Se hizo conocido lanzando desafíos que nadie recogió pero mantuvo una imagen de hombre generoso preocupado por los demás.

No sé qué tipo de favores financieros y tributarios hizo en Frecuencia Latina, pero los imagino. La cuestión es que, a la edad de la jubilación, le dieron por fin el programa soñado (que ahora ya sabemos por qué se llamaba No Negociable).

Y, de pronto, ese hombre que cogió con suerte el último tranvía se sintió poderoso. La tetuda tele, la gratificación del reconocimiento facial, los halagos en falsete, le hicieron creer que era omnipotente y que estaba más allá del bien y del mal.

¡Socorro! El veneno de la tele en dosis altas puede hacer de una buena persona un saco infecto de viscosidades. Y si la persona no es tan buena, pues la tele le da una maestría en forajidez, vanidad a lo bestia y sensación de inimputabilidad.

Allí está el reportero Ortiz, que en su reinado llegó a ser el sádico de la pantalla más perfecto que el tubo electrónico haya parido. O la reportera ayer izquierdosa e idealista que hoy chorrea arribismo y paporretas de teleprónter. La tele te puede sacar el alma, si te dejas, como promete hacer Falvy con la madre de su hijo.

Y sales allí con cara de diácono mientras eres un monstruo de entrecasa. Claro que el catalizador de la tele sólo funciona con buena materia prima. Hay que tener la patología del cuentero para que la tele te catapulte a la falsa gloria y para que las endorfinas de la vaina te hagan creer Batman o Gatúbela.

Hay que no haber leído demasiado para que te la creas y le menees la cola a Ivcher. Hay que carecer de personalidad para crear el personaje que terminarás siendo si sigues el libreto de la tele.

Porque la tele es el atajo hacia la felicidad para todos los egos lisiados, la vagina plástica para los solitarios de corazón y el premio de la consolación para las damas con inteligencia de mascota.

Hello world!

Archivado en: Uncategorized — cesarhildebrandt @ 3:22 am

Este es el blog no oficial de César Hildebrandt. En este espacio podrán encontrar todo los artículos, comentarios e intervenciones de César en los diferentes medios.
El único objetivo de este blog, es hacer eco de los comentarios de un excelente periodista que fue censurado más de 14 veces los diferentes medios de comunicación.

Finalmente, este blog espera dar un empujoncito a César para formar parte de la blogosfera, y por supuesto entregarle este espacio si él así lo decide.

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