César Hildebrandt Blog

Julio 21, 2006

La novia fugitiva

Archivado en: Artículos — cesarhildebrandt @ 2:31 pm

(La Primera) La novia fugitiva
La fuga de la señora Karp es una calumnia. Porque ella jamás estuvo entre nosotros.

Es más, fue su copia borrosa la que se casó electoralmente con Toledo, la que le hizo la vida imposible durante todo su gobierno y la que apareció, escapada del fuego que castigaba a las hechiceras, chamuscadita ella, cenicienta y braseada ella, la que apareció, digo, en una cabina de radio diciendo la única verdad que salió de su boca en estos últimos cinco años: “no necesito la nacionalidad peruana, gracias”.

Pobre Toledo. Complejos ancestrales adquiridos en una sociedad racista lo obligaron a permitirle al facsímil de la señora Karp lo que ningún jefe de Estado hubiese permitido: que le pateasen el tablero de la política cada vez que el susodicho remedo padecía del síndrome de Amberes, la peste negra de Bruselas y el baile de San Vito de Brujas, que fue allí donde nació hace 348 años aproximadamente.

La señora Karp copiandanga miraba a Toledo por encima del hombro, lo que no es difícil porque él es parte del club, a sus colaboradores desde la cima de esa Sissi atropellada por un tractor que ella creía ser y al presupuesto como una vaca lechera de esas que pastorean por las verdes praderas del país de los Leopoldos, negreros de oficio y genocidas marfileños de amplio prontuario en el Congo.

El avión presidencial era su taxi aéreo, el presidente su copiloto, los viajes una manera de sentir nostalgia por la escoba, Torre Tagle su recámara en la que le gritaba a los pobres diablos qué hacer por la causa de Sharon y sus líos con Ivcher una cuestión de soles más o soles menos, como deben ser las disputas ideológicas entre enemigos que son la misma cosa.

Después estaba la indiada. ¡Ah, los indios! ¡Cómo los quería! Claro que era mejor tenerlos lejitos para la pituitaria y cercanos para la foto y decorativos para la juramentación y anuentes para el aplauso cuando recibían lo que merecían por derecho.

Pero los mejores indios eran esos envueltos en bellos trajes que el tiempo había lastimado un poco, esos casi contemporáneos suyos que se embalaban como momias para que la señora de Bush, que de indios sólo sabía lo que le dijo John Wayne a su suegro, pusiese esa cara de éxtasis académico que tan bien le venía.

Los indios muertos eran su pasaporte a todos los museos y todos los quirinales del mundo. Chirac los miraba embobado, la señora Blair atarantada y el rey Juan Carlos más Borbón que nunca. Y, además, esos indios de antes en cuclillas no replicaban, viajaban en la bodega como si fuera primera y no pedían viáticos como los zánganos que la acompañaban.

La señora Karp sustituta nos ha dejado. El señor Toledo, que hoy parece el tío de Juanita, volará tras ella. Pero ella jamás volverá a cometer el error de creerle a los apus. Ni a los apus ni a los indios que hablan inglés.

Ni a los países suburbanos que jamás saldrán de su subdesarrollo mental, su inferioridad casi africana, sus cerros culebreantes, sus partiduchos desahuciados y esa incapacidad para apreciar lo que podría hacer por todos la bruja que acabó con la conjura de Merlín, qué te has creído.

4 comentarios »

  1. Excelente idea, el mejor periodista ha visto nuevamente el exilio intelectual en esta vereda tan ingrata, pero siempre estará en el ruedo. Saludos a Cesar

    Comentario por Ibrahim — Julio 21, 2006 @ 5:03 pm | Responder

  2. Es bueno tenerte de nuevo opinando entre nosotros.

    Comentario por Danza Invisible — Julio 22, 2006 @ 2:05 am | Responder

  3. Saludos, colega, la verdad que esto de los blogs nos permite muchas cosas antes inimaginables.
    La libertad para expresarse no tiene precio.

    Comentario por María Isabel Guerra — Julio 22, 2006 @ 2:06 am | Responder

  4. buena suerte, buena estrella para César

    Comentario por Ibrahim — Julio 23, 2006 @ 12:58 am | Responder


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