(La Primera) La felicidad como tarea
Según una encuesta recientemente publicada el 51 por cien de limeños declara ser infeliz. La felicidad, como se sabe, es un invento de los griegos.
Antes que ellos, antes que Tales o Aristipo, nadie se había puesto a pensar en eso de la felicidad ni mucho menos en trazarse como destino llegar a ella o considerarla como un deber.
Aristipo sostuvo que la felicidad era un sistema de placeres, es decir, un hedonismo padre que había que buscar cotidianamente.
Pero entonces llegó Platón y mandó parar la fiesta. Platón pensaba que la felicidad no era el placer sino la virtud, sobre todo la justicia y la templanza. Para mí que Platón fundó el sentimiento de culpa y la demagogia interpersonal que más tarde cristianos e islámicos convertirían en sablazos y decapitaciones. Porque no hay intolerancia más asesina que la de la virtud.
El señor Aristóteles admitió, por lo menos, que los factores exteriores (o los logros sociales en suma) algo tenían que ver con el contento pero insistió en que la única fortuna duradera era la que podía guardar el espíritu.
Cuando la cosa parecía equilibrarse llegaron los estoicos y la terminaron de embarrar: sólo los sabios podían ser felices porque sólo ellos podían ser autosuficientes y porque sólo ellos podían aceptar las asperezas del mundo desde su fortaleza interior.
No se habló durante siglos de la felicidad. Cuando las brujas crepitaban y los inquisidores programaban sus parrilladas al aire libre la palabra felicidad estaba prohibida si no se entendía como la aceptación del terror y la superstición. Y eso duró siglos e impregnó al occidente de ese halo sombrío que hasta hoy le dura.
En el pensamiento moderno fue Kant quien definió la felicidad como inalcanzable en la medida en que el deseo es insaciable y superará siempre la oferta de placeres y realizaciones.
Y fue la filosofía inglesa la que, con Hume a la cabeza, acarreó la idea de la felicidad a las masas y habló de sociedades que debían aspirar a la felicidad.
Por supuesto que ni Hume ni Stuart Mill pensaron en los indios que la cabellería inglesa se tenía que cargar de vez en cuando para que ellos pudieran pensar en la felicidad del Reino Unido.
En el colmo de la ironía, el acta fundacional de los Estados Unidos habla de la felicidad del pueblo, aunque esa generosidad estuvo reservada sólo a la inmigración blanca y no al mundo aborigen aniquilado brutalmente o a los negros importados como bestias de carga y tratados como raza inferior hasta 1963.
En fin, cuando los limeños dicen que son infelices siento que están culpando exclusivamente a terceros de su triste condición.
Porque tampoco se puede ser feliz si uno apuesta por la ignorancia, el salivazo en la vereda, la TV como fuente de información, la cervecita como única expansión y la sacada de vuelta como hábito de todas nuestras acciones.
La felicidad es una señora que verás poco y que jamás se quedará a dormir. Lo demás es un poco de grisura, sal gruesa, serenidad ante la adversidad y ejercicio sistemático del cerebro, esa bola de grasa que para la mayoría de nuestros compatriotas existe sólo cuando requiere de una aspirina.
Lo demás es no resignarse, pelear con armas limpias, tener un ideal, tener sentido del honor, saber que la vida no tiene segunda vuelta.
Cada uno podrá tener una idea de la felicidad pero sigo pensando que la flecha de Sartre dio en el blanco cuando dijo que la felicidad no consiste en hacer lo que uno quiere sino en querer siempre lo que uno hace.
Un amigo me dice que eso lo dijo antes Tolstoi y puede ser verdad, pero lo importante es que es cierto.
Y quizás allí esté la clave de la encuesta que comento. Cuando veo a las chicas en el banco contando dinero y a los mozos tuteados por los atorrantes y a los albañiles sin arneses y a los que se quedan dormidos cuidando fábricas que les malpagan digo para mí: ese secuestro injusto en una actividad que odias, eso es el infierno aquí y ahora.
Si el Perú fuese un país de menores desigualdades sociales y de relativa semejanza de oportunidades uno podría decir que esa gente se merece ese remedo de destino.
Pero no es así.
Y uno se pregunta cuántos de estos jóvenes de sueldos mínimos quisieron ir a la universidad pero no pudieron porque el padre acababa de perder el empleo, o porque la madre abandonada perdió el suyo, o porque el hermano padece una enfermedad de tratamiento costoso. O, sencillamente, porque del círculo de la miseria es casi imposible salir cuando el sistema está hecho para perennizarlo.
